Revista de filosofía

COVID-19, la crisis que vino a develar

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TOMADA DE MXCITY

 

Resumen

Los días de coronavirus vienen a mostrarnos una situación particular, frente a lo cotidiano, de nosotros, los seres humanos. En tanto que crisis, el nuevo virus nos pone en un ejercicio de pensar. Podríamos decir que estamos en medio del pensar cuando recuperamos, en estos momentos, a los pensadores y su decir. Sin embargo, sólo una emergencia viene a hacer patente el periodo para pensar y, una vez aprendiendo a con-vivir con ella, en donde ésta, si bien sigue siendo una amenaza, pero ya está controlada, el ser humano vuelve a encubrir el pensar. Este es el fin del presente trabajo, el de mostrar cómo está ocurriendo lo anterior.

Palabras clave: coronavirus, COVID-19, virus, México, filosofía, pensar.

 

Abstract

The coronavirus days come to show us a particular situation, compared to the everyday, of us human beings. As a crisis, the new virus puts us in an exercise to think. We could say that we are in the midst of thinking when we recover, at the moment, the thinkers and their saying. However, only an emergency comes to make clear the period to think and, once learning to live with it, where it, although it is still a threat, but is already controlled, the human being covers up thinking again. This is the purpose of this work, to show how the above is happening.

Keywords: coronavirus, COVID-19, virus, Mexico, philosophy, think.

 

El ser humano vive, se envuelve y des-envuelve en una constante crisis. Sin embargo, sucede que es sólo por momentos que éste se da cuenta de ella. Es propio de nosotros que, ante una situación de emergencia, en donde se hace patente la manera de vivir bajo tal estado, como lo está siendo el nuevo virus, recuperemos lo que no siempre hacemos: pensar. Cuando la crisis se hace patente, vamos a los pensadores para saber qué quieren decirnos. Esta acción garantiza el tiempo cíclico de la historia; esto es, repetimos los patrones para que el pensamiento emerja, pero también repetimos las condiciones para que éste y la verdad se vuelvan a ocultar.

El caso de Sócrates, quien fue un auténtico filósofo, nos muestra cómo se vive en crisis, cómo surge el pensar con éste pero, además, nos muestra la tragedia que puede devenir de vivir en tal estado. La muerte del filósofo se dio, en parte, por la crisis en la que se vio Atenas.

¿Acaso el darle muerte al filósofo no conllevaba también ocultar lo verdadero? El amante de la sabiduría es el que, con su constante búsqueda, quiere des-ocultar la verdad. La vida del filósofo es una constante investigación, con miras a revelar lo verdadero. La muerte se presentaba a los acusadores del pensador como solución para que el filósofo interrumpiera su búsqueda y, en ese sentido, no sólo se terminaba con la vida de un hombre, sino que la verdad nuevamente se encubría.

Ahora bien, si el tiempo es repetición y, por ende, es garantía de que lo pasado nuevamente vuelva a traerse de vuelta, ¿cómo podría presentarse, en nuestros días de COVID-19, el tiempo de crisis? Este es el hilo conductor de este trabajo, el cual recupera lo sucedido con Sócrates para contrastarlo con nuestros días, en específico en México, pues lo cierto es que vino a revelarnos una situación preocupante.

Sin embargo, considero necesario aclarar la situación a la que me voy a atener en este trabajo, pues como el COVID-19 es una amenaza a nivel mundial, también ha afectado a distintos campos del conocimiento y del quehacer humano. Por ello, la situación de este virus se puede abordar desde distintos campos, aspecto que, reconozco, no están al alcance de un servidor. Hay que ir con cuidado, con el fin de no caer en la opinión sin sustento, ante la envergadura de la situación. Creo que, atendiendo la crisis de la verdad, nos arrojamos ya al campo del pensar y nos mantenemos indagando sus confines; además, atendiendo la situación del país, hará que seamos concretos y no apuntemos hacia lo que desconocemos.

 

Hacia el problema

Hemos visto en hechos recientes que, sea por un atentado, sea por un terremoto, el ser humano es llamado a hacer una introspección para indagar sobre una posible explicación, y una reacción, ante tales sucesos. El hombre, frente a estos hechos trágicos, se siente en la necesidad de arrojarse al pensar. El acto de ir hacia los pensadores, en medio de una crisis, no es propio de nosotros, los modernos. De hecho, la filosofía, como afirma Eduardo Nicol, nació a partir de una crisis,[1] y, a la postre, le tocará convivir con ella. Lo que parece es que más bien es la razón, por naturaleza o por necesidad, demanda dar respuestas a las preguntas que surgen a partir de vivir en tal estado. Si bien tal estado trágico en el que se encuentra el ser humano, sea por un hecho tangible o no, repercute a nivel económico, social y político, la misma razón también padece este hecho; la crisis le alcanza al ser humano a cuestionar incluso hasta su mismo ser.

Ahora bien, si el pensamiento deviene de un estado de crisis, y si confiamos en que la filosofía se originó en Grecia propiamente, como afirman algunos estudiosos que es con Platón que ella nace, además de que nosotros en estos días nos hemos visto en la necesidad de volvernos a pensar, por medio de ese acto de ir hacia los pensadores para saber qué nos tienen que decir —lo que conlleva la aceptación de surcar una crisis—, entonces ¿cómo es que en nuestros días la historia se vuelve a repetir, a partir del virus que se nos muestra amenazante? ¿Cuál es la relación entre esta crisis con la de aquellos antiguos? Este es el problema que corresponde indagar. Es también una cuestión sincera al pensamiento, pues lo cierto es que el COVID-19 vino a arremeter, a nivel global, los distintos campos del saber. Ante un mundo ya muy especializado, estas preguntas nos mantienen al margen de lo que al pensar le corresponde; no pretendemos ir más allá de éste, porque hablar de lo que nos es desconocido es también un síntoma de la crisis, como lo veremos a continuación.

 

Del resultado de la crisis en Atenas

Eduardo Nicol señala que la verdad es crisis.[2] Esto quiere decir que la verdad aparece ante una situación como la anterior y, una vez acontecido esto, lo verdadero tendrá que convivir con tal estado. De hecho, en su obra La idea del hombre, Nicol señala que el proceso que vivió Sócrates, el cual orilló al filósofo a un desenlace trágico de su vida, es producto de esta misma crisis en la que se vio la política griega.[3] Es incluso curioso que Atenas, viniendo de un apogeo cultural, haya velado tal crisis que, a la postre, hizo que el Estado condenara a muerte a un filósofo. Pero de este aspecto “curioso” lo que podemos decir es que parece ser que, estando en tal estado en el que se encontró la polis griega, previo al juicio a Sócrates, es que el ser humano se puede dejar establecer en una situación de comodidad, en donde las circunstancias, como lo fue el gran apogeo cultural griego, le hacen creer al hombre que ya no hay algo que revisar, que ya no hay algo qué preguntar; se cae, pues, en un des-cuido.

¿Qué descuida el hombre? El griego entendía la verdad como alétheia. Etimológicamente la palabra alude, por su a negativa, al no olvido y al cuidado. En su significado de la palabra podemos ver ya qué es eso lo que descuida el ser humano: la verdad. Sin embargo, ¿cómo podemos entender este descuido en la Grecia Antigua?

Para atender la anterior pregunta, es menester que recurramos a Platón; en específico, es necesario que vayamos a la Apología de Sócrates, pues con esta obra podremos encontrar cómo es que Grecia se desenvolvió en tal crisis, además de que también ahí veremos las consecuencias que tuvo tal estado en la polis griega.

La Apología es la defensa que hizo Sócrates ante una serie de acusaciones que se le hicieron en torno a su figura. En su defensa, nos relata el filósofo, el odio que le tuvieron sus adversarios se derivó debido a una investigación en la que se incursionó, con miras a entender al dios que está en Delfos. Ante el deceso de su amigo Querefonte, Sócrates tiene como testigo al hermano de éste para que su relato, en donde expone el origen de su investigación, se muestre fidedigno a los demás.

Relata el filósofo ateniense que su amigo Querefonte fue a consultar al oráculo de Delfos para saber quién era el hombre más sabio; el dios, quien hace señales, como muy bien dice Heráclito en uno de sus fragmentos, señaló que Sócrates era el hombre más sabio.[4] Ello hizo adentrarse al filósofo a una investigación, pues a pesar de que él, nos cuenta, no se tenía como sabio, al dios no le es lícito mentir.[5] ¿Qué quería decir, entonces, el dios al poner a Sócrates como el hombre más sabio?

Como se sabe, en ese deseo por esclarecer lo que quiso decir el oráculo, Sócrates va a interrogar al político, al artesano y al poeta. No es inocente que Platón haya puesto en este Diálogo a tales figuras; sin embargo, la razón no está en esta misma obra, sino que tendremos que recurrir a otros medios para saber cuál era el objetivo del creador de la Academia para rescatar a estos tres personajes, para involucrarlos en la averiguación del ateniense acusado.

En primer lugar, hemos de señalar que Sócrates no va a interrogar a cualquier político, a cualquier artesano y a cualquier poeta, sino que fue hacia los que sobresalían, de entre los demás, en su quehacer; acudió, pues, con los hombres excelentes de estas vocaciones. A partir de aquí, el trabajo de Gerardo Ramírez Vidal, El sofista y el filósofo, es esclarecedor sobre el objetivo que tuvo Platón para poner a dialogar al político, al poeta y al artesano con el filósofo, pues en cierta parte los tres tienen algo que ver con la sabiduría, con el ser-sabio.

Ramírez Vidal rastrea el significado que tuvo la palabra griega sophós desde Homero hasta Platón. Nos dice que, para el siglo VI a. C., la palabra “[…] se utilizó para calificar como «hábil», «experto» o «ingenioso» a quien realizaba con destreza oficios o actividades manuales, como la carpintería”.[6] Esto quiere decir que el artesano, en algún tiempo, entró dentro de la definición del ser-sabio, debido a que su vocación se atiene a lo manual. Lo que podemos ver ya desde aquí es que Sócrates fue hacia los hombres que se dedicaban este quehacer porque ellos, en este primer significado de la palabra, compartían algo de la sabiduría.

Siguiendo a Ramírez Vidal, ya para el siglo V, la palabra griega que designaba a los hombres sobresalientes ahora apunta no sólo a aquellos a los que se dedicaban a hacer creaciones manuales, sino también ya son sabios los que se dedicaban a las actividades intelectuales.[7] La palabra sophós ya puede abarcar en su significado al poeta y al político, misma razón, al igual que con el artesano, por la que el filósofo recurre a estos dos personajes en su deseo por entender al dios. Así es como Platón apuntó e interpeló a la tradición mediante el resignificado de la palabra que designa la excelencia humana. Es a partir de Platón, pues, que la figura del sabio se equiparará con la del filósofo; esto sin antes determinar en qué se distingue el filósofo, con respecto a las tres anteriores figuras. Veamos esto a continuación.

TOMADA DE ANINOTICIAS

En el Diálogo, dice Sócrates que él no se concebía como un sabio. Lo anterior lo llevó hacia los que, como ya hemos repasado, la tradición concebía como los sobresalientes de entre los demás hombres. El error de estos tres, nos dice el filósofo, es que confiados en ser excelentes dentro de su vocación, creían que podían hablar correctamente de todo. Dice el pensador: “[…] por el hecho de que realizaban adecuadamente su arte, cada uno de ellos estimaba que era muy sabio también respecto a las demás cosas, incluso de las más importantes, y ese error velaba su sabiduría”.[8] Las palabras de Sócrates ahora cobran sentido, sin embargo, ¿qué son esas cosas “más importantes”? ¿No será que es a partir de aquí que el filósofo, con respecto a la idea tradicional del ser-sabio, se distingue de las anteriores vocaciones? El mismo Diálogo responde estas preguntas.

Antes de entrar al relato en donde nos dice que Sócrates es el hombre más sabio, el acusado arroja palabras, de suma importancia, para saber en qué consiste su sabiduría. Sócrates dice que:

[…] yo no he adquirido este renombre por otra razón que por cierta sabiduría. ¿Qué sabiduría es esa? La que, tal vez, es sabiduría propia del hombre, pues en realidad es probable que yo sea sabio con respecto a ésta. Éstos, de los que hablaba hace un momento, quizá sean sabios respecto a una sabiduría mayor que la propia de un hombre o no sé cómo calificarla. Hablo así, porque yo no conozco esa sabiduría, y el que lo afirme, miente y habla en favor de mi falsa reputación.[9]

La sabiduría del filósofo, pues, es aquella a que se atiene a lo que el ser humano puede conocer, distinguiéndose de los otros “sabios” que arremetían contra la razón humana, cuando pretendían hablar correctamente de las cosas más importantes. Pues a partir de este momento, el único digno en hablar bien de esas cosas, en contraste con la naturaleza del ser humano, será el dios:

Es probable, atenienses, que el dios sea en realidad sabio y que, en este oráculo, diga que la sabiduría humana es digna de poco o de nada. Y parece que éste habla de Sócrates, se sirve de mi nombre poniéndome como ejemplo, como si dijera: «Es el más sabio, el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto de la sabiduría».[10]

Según Martin Heidegger, la doctrina de un pensador es lo que no dice en su decir.[11] La Apología, más allá de presentarnos la defensa que hizo Sócrates ante las acusaciones de sus adversarios, se nos mostró como el origen de una reforma hecha por Platón, a la idea del ser-sabio. Esta reforma nace a partir de una autocrítica del hombre, para saber en qué consiste, auténticamente, la sabiduría humana.

Pero después de haber interpelado parte de la tradición en la Apología, Platón se batió frente a un obstáculo aún más complejo: al sofista. La dificultad con este personaje, a diferencia de los que aparecen en la obra de la defensa de Sócrates, se muestra con los varios Diálogos que dedicó el filósofo para confrontar las ideas del sofista con las del auténtico filósofo.

Si el artesano, el poeta y el político velaban su error en ese deseo de querer hablar correctamente, más allá de lo que su vocación les permitía, el sofista parece que sí logra hablar bien sobre cualquier cosa, pues esa habilidad que tiene con el discurso y la contradicción puede dar la impresión de ser un auténtico conocedor de todo. Porque estas características, como dice el Extranjero: “¿la técnica de contradecir no parece ser, acaso, en resumidas cuentas, una cierta capacidad orientada al cuestionamiento de todas las cosas?”[12]

La razón de que Platón se haya visto en un gran camino a recorrer, para desenmascarar al sofista de esa imagen del ser-sabio, radica en que, como señala Nicol: “[…] la sofística es filosofía porque es una enfermedad de la filosofía”;[13] de ahí que, distinguir al filósofo del sofista sea como saber diferenciar al lobo del perro.[14] La sofistica es parte de la filosofía y por eso, en un Diálogo dedicado a definir a este personaje, el Extranjero y Teeteto terminan encontrando también al filósofo. Sin embargo, con el sofista: ¿en dónde podemos ver la crisis griega?

El error de los personajes que aparecen en la Apología, como hemos ya visto, fue que se sentían con la autoridad de hablar correctamente sobre todas las cosas; el error del sofista, entre otros aspectos, yace en el saber que predica. Protágoras, por ejemplo, señalaba que el ser de las cosas radicaba en las impresiones de los hombres, bajo la afirmación de que “[…] el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son”.[15] Pero si traemos de nueva cuenta lo que se encuentra en Apología, vemos que el filósofo se distingue también de este personaje porque el primero se ha dado cuenta de cuál es su lugar, con respecto al saber, tomando a consideración de que la razón humana no se equipara a la divina. En ese sentido, el filósofo entiende que hay una razón, un logos que no es el de su razón particular, que rige y da orden al mundo. Al momento de que Sócrates percibe que la sabiduría es digna de poco frente a la del dios, ve que el mundo es orden, en donde éste no depende del hombre, sino que, en palabras de Nicol, “[…] cuando en la filosofía reaparece la noción de lo divino, ésta no será un eco de las creencias religiosas, sino más bien la figura del lenguaje con la cual se representan una garantía racional de la estabilidad y regularidad necesarias en el devenir”.[16]

La crisis de la verdad se ve reflejada en el pensamiento del sofista cuando éste “autoriza” a la razón particular de cada hombre, de determinar la verdad de cada cosa. En cambio, el filósofo pide, como lo hace Heráclito, que no lo escuchen a él sino al logos, porque el amante de la sabiduría no “crea” verdades, no predica su verdad, sino que se atiene al orden ya establecido del cosmos. En este sentido, la sofística fracasa cuando quiere dar la impresión de que, por medio de su técnica, se puede conocer todo; de ahí que Platón, en el Sofista, lo haya definido, en parte, como el hombre que imita, sin conocer realmente, lo que es sabio.[17]

Evidentemente, la revelación del filósofo, en torno a lo que consiste la auténtica sabiduría, desencadenaría el odio de los hombres que fueron interpelados. Y es que no hay hombre en la tierra que no se tenga por sabio. Esa crisis, entonces, vino a mostrar que puede tener como efecto la condena de un Estado hacia uno de sus integrantes; en este caso fue Sócrates, el cual adquiere particularidad porque a quien se le había dado muerte era a un hombre dedicado al conocimiento. El caso de Sócrates viene a presentarnos la vida en crisis en la que se desenvuelve la filosofía; aunado a esto anterior, también ilustra el desenlace trágico que puede vivir el filósofo.[18] Se vive, pues, en constante crisis, cuando se vuelve a ocultar la verdad revelada que, con Sócrates, el ocultamiento se dio dándole muerte al hombre que busca des-ocultarla.

 

COVID-19, México y crisis

Como hemos ya planteado, Atenas atravesó un periodo de crisis el cual, entre otras cosas, repercutió en el conocimiento. Uno de esos efectos de la crisis fue darle muerte a Sócrates, quien dedicó su vida a conocerse a sí mismo, en tanto que hombre. Sin embargo, ¿cómo es que tal situación, acontecida en Grecia, viene nuevamente a presentarse? ¿Por qué decimos que lo pasado viene nuevamente a presentarnos, ahora con un virus?

Antes de adentrarnos al desarrollo de esta parte, hemos de hacer la siguiente aclaración. Vivir en crisis no quiere decir, ni mucho menos garantiza, que ella venga a traer a un nuevo Sócrates; de hecho, no se ha presentado. Como señala Heidegger, todavía estamos lejos de pensar.[19] Con respecto a la crisis que vino a develar el COVID-19, afortunadamente no se le ha dado muerte a alguien que venga a interpelar la situación, pero no estamos lejos de este hecho. Aún se pueden llegar a ver estragos que ya se vivieron en aquellos días del juicio a un filósofo; por ejemplo, en nuestro país se ha llegado a arremeter a quien ostenta el saber, y ha empeñado su vida en éste, del sector de la salud. Todas estas series de afirmaciones serán el propósito a indagar en este apartado, de la mano a contestar las anteriores preguntas.

El virus vino a revelar una crisis, con respecto al conocimiento, en nuestro país. Esto se puede ver en la desconfianza, que hasta el día de hoy aún existe, en un sector de la población. Esa desconfianza es producto de una serie de hechos que hemos vivido en nuestra nación. Sobre la base de tal acto de desconfiar está la idea de si no será una táctica más para distraer la atención.

Omitir la historia, nuestra historia, para pensar en torno a la situación por la que atraviesa el país, es un aspecto que puede dejar al pensar sin fundamento. Así como el pensador que se ha incursionado a una investigación sobre el ser, no puede prescindir de los griegos, nosotros, que queremos ver qué pasa con México, no podemos dejar pasar de largo la Conquista, la Independencia, ni la Revolución.

Puede ser que en estos periodos históricos por los que ha atravesado nuestra nación, aporten a la crisis con la que hemos estado conviviendo. Estas tres etapas no se diferencian de la que atravesó Atenas, previo a la muerte de Sócrates, pues en tanto que luchas armadas, México y la Antigua Grecia encuentran su común en que, como señala Platón en su Carta VII: “[…] en aquella situación [en la que los Treinta se instauraron en el poder], por tratarse de una época turbulenta, ocurrían muchas cosas indignantes, y no es nada extraño que, en medio de una revolución, algunas personas se tomaran venganzas excesivas de sus enemigos”.[20] Así, con Platón podemos ver los estragos que una guerra puede acarrear dentro de una nación, como lo fue la muerte del filósofo, que ocurrió tras esta lucha por el poder.

Ahora bien, Carlos Fuentes escribía que con el descubrimiento de América, los españoles creyeron que habían llegado al paraíso; pero pronto esa idea se iba desechando y ahora:

[…] el paraíso terrenal fue destruido y los buenos salvajes de la víspera fueron vistos como «buenos para les mandar y les hazer trabajar y sembrar y hazer todo lo que otro que fuera menester». Desde entonces, el continente americano ha vivido entre el sueño y la realidad, ha vivido el divorcio entre la buena sociedad que deseamos y la sociedad imperfecta en la que realmente vivimos.[21]

La fundación de las sociedades, de este lado del mundo, tuvieron su origen en la ilusión. Lo no verdadero encontraba una tierra fértil para instaurarse. Y ahora, “[…] no es extraño, por lo tanto, que buena parte de nuestras ideas políticas sigan siendo palabras destinadas a ocultar y oprimir nuestro verdadero ser”.[22]

¿Cuál es ese ser que hemos estado oprimiendo, en tanto que mexicanos? La pregunta aún no tiene respuesta. Pero sucede que nos movemos en la mentira con naturalidad, desde que ésta se instaló en la política, como dice Paz.[23] De ahí la desconfianza que hay sobre si el virus es real o es una táctica más. Con esto, pasa que los mexicanos, desde nuestro origen, estamos arrojados en ese juego del ocultamiento y el desocultamiento de la verdad. Vivimos, como aquellos griegos, en el devenir de la crisis.

Sin embargo, todavía las palabras de Heidegger resuenan: aún no pensamos, o estamos lejos de pensar. Con ello, parece que aún no hay alguien que, como Sócrates, se haya atenido a lo verdadero. Nuestro ímpetu por traer de nueva cuenta lo que los pensadores han querido decir, en los días en los se nos ha hecho patente la crisis, cesa y se vuelve a ocultar cuando nos vemos en la necesidad de instaurarnos, nuevamente, en la cotidianidad. La viruela, por ejemplo, no fue impedimento para que en América no se haya instaurado el pensamiento del mercado, y que ahora éste sea el que rija la vida en las tierras conquistadas, y adquiera un carácter de normalidad; los atentados cobran importancia cuando suceden, pero a los pocos días nos volvemos a sumergir en lo que la normalidad ha asignado como lo que hay que atender por necesidad, por ejemplo, en un trabajo que enajena; el sismo del 19 de septiembre del 2017, si bien este fue un hecho tangible que llamó la atención de todos los mexicanos, al día de hoy sólo es de importancia para aquellos que perdieron algo, o, desafortunadamente, todo, y están en pie de lucha para que se atiendan sus necesidades. Los hechos anteriores ya pasaron y se vieron, pero ahora estamos bajo una amenaza en la que, por su condición de ser invisible, abre la oportunidad de dudar si es real o no.

Lo verdadero se nos sigue ocultado, a pesar de que el conocimiento, aparentemente, se halla con mayor facilidad: sólo basta con acceder a los dispositivos que son capaces de conectarse a la red de redes, para saber qué está pasando, qué se tiene que hacer, cómo prevenir el contagio. Sin embargo, acostumbrados en lo no verdadero, se duda hasta de ello. Nuestra duda, a diferencia de la del pensador que la emplea para conocer, encubre.

Se funda la crisis de lo verdadero, en nuestro país, después de que la constante repetición de la mentira tenga como resultado la desconfianza. ¿Qué es lo auténtico? Hoy nos preguntamos ante la mucha información sobre el tema del coronavirus. Aún nos batimos en la distinción común entre el mito y la verdad.[24] Aludimos todavía al primero para aglomerar las ideas no fundamentadas bajo el saber técnico; para reunir, en un mero acto de des-cuido, todo lo que no es científico y, en ese sentido, no verdadero.[25] Puede ser que hoy leamos, escuchamos, veamos lo que se tenga que hacer para prevenir, pero al poco tiempo ya nos encontramos con otra fuente que contradiga la anterior información. Se asemeja este aspecto al sofista el cual, por atener su ser al cambio, a Platón le costó trabajo encontrarlo.

La información que cambia y que se llega a contradecir, así como con la mentira, es a lo que nos hemos atenido. Nuestro auténtico ser se oprime y nos presentamos bajo máscaras. La dificultad de hallarnos converge en este aspecto, pues preferimos diversas identidades. Simulamos, dijo Octavio Paz, y “[…] el simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia delante siempre entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden”.[26]

Pero el ser humano demanda la verdad, la necesita. En ese acto de ir hacia los pensadores, en tiempos de crisis, se repite la manera en que nació de la filosofía. Pero pasa que, ante la carencia de una formación que le dé al ser humano actos de mesura, se arremete y se agrede a quienes ponen su empeño para atender estos hechos de emergencia; son la amenaza y representan la otredad. “El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido”.[27] Hoy estamos ante una amenaza desconocida que viene de lejos; arremetemos por miedo. A nivel del saber, los “otros” son lo que todavía no somos; así como en aquel tiempo en el que, quienes enjuiciaron a Sócrates, no estaban formados bajo los más estrictos estándares del saber crítico, en donde los acusadores del filósofo vieron la necesidad de darle muerte, ante la amenaza que conllevaba el despertar de la conciencia ética de los ciudadanos.[28] Puede ser que aquí encontremos la razón de que Platón haya hecho el llamado de que los males no cesarán hasta que el filósofo gobierne. Pero esto no quiere decir que el filósofo vaya a tomar el papel del político, sino que el político tendría que incursionarse en el saber filosófico, entre otras cosas, para no cometer actos de injusticia.[29]

TOMADA DE NOTICARIBE

Nuestra situación, con respecto a la que dio origen a la filosofía, no es diferente. Sin embargo, aún estamos lejos de las condiciones para que, después de haber evadido la crisis sanitaria, nos mantengamos en el pensar. Reitero que la historia nos ha mostrado que, una vez arrojándonos nuevamente a lo cotidiano, nos olvidamos de la irrupción que provocó el acontecimiento para rescatar a los pensadores del olvido. Pudiera ser que, como dicen algunos especialistas, a partir de esta crisis, las relaciones cambien; sin embargo, ¿acaso esto incluye que los mexicanos, ahora sí, nos entreguemos a la constante búsqueda de lo verdadero, con miras a enfrentar los fantasmas de nuestro pasado? Lo que encontramos en la historia, al menos, no está de nuestro lado. Quizás esas relaciones que se vean modificadas sean entre nosotros con respecto al mercado, el cual rige nuestra vida cotidiana. Estaremos, entonces, a la intemperie de que el pensar nuevamente se nos oculte, cuando sepamos con-vivir con la enfermedad.

Hemos visto que nuestro problema no es ajeno al que funda la filosofía. La crisis, entre la Antigüedad y la actual, en el país, tiene similitudes pero, a su vez, también tiene sus diferencias. No es extraño que el pensar surja a partir de acontecimientos como el de ahora. La filosofía se originó en tiempos de crisis y convive con este estado.

Partiendo de la crítica que hizo Platón a la tradición en Apología, interpelando a las figuras que habían sido designadas como sabias; además de que el sofista sólo aparenta ser sabio, compartimos la idea de Nicol de que es con el proceso de Sócrates que podemos ver la crisis en Atenas. La defensa que hace el filósofo es un intento por mantener lo verdadero a la luz, pero los acusadores querían quitarse a la figura del filósofo y no se dieron cuenta de que, dándole muerte, nuevamente se ocultaba lo verdadero. Eso verdadero era la humildad que tenía que ejercer el hombre, con respecto al saber. La crisis de la verdad, en parte, consiste en ese encubrimiento de lo que Sócrates había entendido, a partir de la afirmación hecha por el dios.

Nosotros vivimos una crisis similar a aquella. Somos el artesano, el político y el poeta cuando pretendemos hablar más allá de lo que nuestra vocación nos permite. En ese sentido, todavía no entendemos hasta qué punto, sobre el COVID-19, podemos decir algo verdadero a partir de una justificación certera. También somos el sofista cuando, del mar de información, no sabemos qué es lo verdadero, pues podemos dar con información que se atenga a lo auténtico, pero, más tarde, encontramos otra que la contradice; y esto, más allá de aportar, más allá de decir que vivimos en el goce de la abundancia de información, nos sigue orillando a vivir en esa duda que encubre lo verdadero cuando aparece. Somos escépticos.

Pero nos distinguimos del griego porque, si bien nosotros, mexicanos, estamos envueltos en el juego del encubrimiento y des-cubrimiento desde nuestro origen, nos cuesta acercamos a la vocación que, por excelencia, aborda este proceder: la filosofía. Habitamos la constante crisis, y nada más. Sólo cuando el hombre es llamado a pensar, entiéndase esto en un vivir en el estado al que nos hemos estado remitiendo constantemente en este trabajo, recupera a quienes han dedicado su vida al amor a la sabiduría; sin embargo, regresando nuevamente a la comodidad de lo cotidiano, como lo fue con el caso de Sócrates, los volvemos a encubrir. Si bien el coronavirus vino a traer un momento para dedicarnos al pensamiento, lo preocupante será, como lo hemos encontrado en la historia, cuando sepamos, nuevamente, con-vivir con esta nueva emergencia sanitaria y no pensar.

 

Bibliografía

  1. Fuentes, Carlos. El espejo enterrado, FCE, México, 2008.
  2. Heidegger, Martin, “La doctrina platónica de la verdad” en Hitos, Alianza, Madrid, 2014.
  3. Heidegger, Martin. ¿Qué significa pensar?, Trotta, Madrid, 2008.
  4. Horkheimer, Max y Adorno, Theodor W., Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 1998.
  5. Nicol, Eduardo, La idea del hombre, Fondo de Cultura Económica, México, 2013.
  6. Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, FCE, México, 2019.
  7. Platón, “Apología” en Platón, tomo I, Gredos, Madrid, 2010.
  8. Platón, “Carta VII” en Platón. Tomo III. Gredos RBA Coleccionables, Madrid, 2014.
  9. Platón, ”Teeteto” en Platón. Tomo II. Gredos/RBA Coleccionables, Madrid, 2014.
  10. Ramírez Vidal, Gerardo, “El sofista y el filósofo en Platón” en Revista de filosofía, vol. 46, número 117-118. Costa Rica, junio 1, 2008.

 

Notas

[1] Nicol, Eduardo, La idea del hombre, ed. cit., p. 287.
[2] Ibid., p. 287.
[3] Ibid., p. 351.
[4] Apología de Sócrates, 21a.
[5] Ibid., 21b.
[6] Ramírez Vida, Gerardo, El Sofista y el filósofo, ed. cit., p. 50.
[7] Idem.
[8] Apología de Sócrates, 22d.
[9] Ibid., 20d-e.
[10] Ibid., 23a-b.
[11] Heidegger, Martin, La doctrina platónica de la verdad, ed. cit., p. 173.
[12] Sofista, 232e.
[13] Nicol, Eduardo, La idea del hombre, ed. cit., p. 362. Aquí también podemos ver la razón de que Platón haga un llamado a purificar el alma. La sofística es una enfermedad de la filosofía, y si la sofística no puede alcanzar la verdad de las cosas, la filosofía es un ir con cuidado, investigando distintos caminos, para llegar a ella.
[14] Sofista, 231a.
[15] Platón, Teeteto, 152a.
[16] Nicol, Eduardo, La idea del hombre, ed. cit., p. 233.
[17] Sofista, 267c-268c.
[18] Tanto Martin Heidegger como Eduardo Nicol coinciden en que con Platón se muestra este aspecto del desenlace trágico del filósofo. Para Heidegger véase “La doctrina platónica de la verdad”, ed. cit., pp. 186-187 y Nicol, E., La idea del hombre, ed. cit., p. 291.
[19] Heidegger, Martin, ¿Qué significa pensar?, ed. cit., p. 15. Este es el hilo conductor de las lecciones del pensador alemán, en donde, en esta obra, aborda las condiciones por las cuales hemos olvidado pensar.
[20] Carta VII, 325-b.
[21] Fuentes, Carlos, El espejo enterrado, ed. cit., p. 7.
[22] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, ed. cit., p. 170.
[23] Ibid., p. 142.
[24] Algunos medios de comunicación han dedicado espacios que efectivamente sirven para “aclarar” qué es verdadero y qué es falso, aludiendo a está distinción, a partir de las dudas que manda el público.
[25] Adorno y Horkheimer, en Dialéctica de la Ilustración, se dan cuenta que la Ilustración no está alejada, en su modo de proceder con respecto al conocimiento, del mito. “Cuanto más domina el aparato crítico todo cuanto existe, tanto más ciegamente se limita a repetirlo. De este modo, la Ilustración recae en la mitología, de la que nunca supo escapar. Pues la mitología había reproducido en sus figuras la esencia de lo existente: ciclo, destino, dominio del mundo, como la verdad, y con ello había renunciado a la esperanza.” Horkheimer, Max y Adorno, Theodor W., Dialéctica de la Ilustración, ed. cit., p. 80.
[26] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, ed. cit., p. 48.
[27] Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración, ed. cit., p. 70.
[28] Nicol, Eduardo, La idea del hombre, ed. cit., p. 369.
[29] Ibid., p. 253.