Revista de filosofía

De regreso al pasado: de colonizaciones, organismos y terraformaciones

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De regreso al pasado: de colonizaciones, organismos y terraformaciones

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Resumen

Este texto aborda un término de la ciencia ficción de los años 40 y retomado por la literatura de no ficción en los 80: Marte. Entendemos terraformación como el empleo de ciertos métodos para adaptar las características ambientales de un planeta para hacerlo apto para la vida humana. Nuestro objetivo último no es pensar una eventual terraformación de Marte, sino en las implicaciones políticas, biológicas y ontológicas de la idea de adaptar entornos a ciertas características. La producción contemporánea de discurso sobre la terraformación de Marte, que pareciera situarse en el futuro es un eco del pasado que nos transmite imágenes de la destrucción de ciertos entornos en nombre de ideas terraformadoras atravesadas por el antropocentrismo, el eurocentrismo y el colonialismo.

 Palabras clave: ficción, terraformación, colonialismo, Marte, Tierra, antropocentrismo.

 

Abstract

This article deals with a term originated in 1940’s science fiction and rekindled by 1980s non-fiction, terraforming: Mars. We understand terraforming as the use of certain methods to adapt the environment of a planet in order to make it apt for human life, although our goal here is not to consider Mars’ eventual terraforming, but rather the political, biological, and ontological implications of the idea of adapting an environment according to certain characteristics. The contemporary production of discourse about Mars´ terraforming, which seems located in the future, is rather an echo of the past, which transmits images of the destruction of certain environments in the name of terraforming ideas crossed by anthropocentrism, eurocentrism and colonialism.

 Keywords: fiction, terraforming, colonialism, Mars, Earth, anthropocentrism.

 

De Marte a la Tierra

 

Ningún otro planeta del sistema solar ha capturado la imaginación humana como Marte. A partir de las observaciones de este planeta por parte del astrónomo italiano Giovanni Schiparelli, quien publicó un mapa en 1877 que mostraba océanos y canales. Seguida de la novela de Camille Flammarion Uranie[1] y su ensayo La planete Mars et ses conditions´habitabilité,[2] emerge con fuerza la idea de vida inteligente en Marte. Esta se vería reforzada con la publicación de la trilogía de Marte del astrónomo norteamericano Percival Lowell, quien postulaba la existencia de canales y oasis artificiales, contribuyendo a arraigar la idea de una extinta civilización marciana, víctima de un cataclismo natural.[3] Si bien la idea de canales artificiales y, por ende, de vida marciana inteligente, se descartó a principios del siglo XX como producto de las limitaciones de los instrumentos empleados, entre otros factores, el impacto en el público resultó duradero.

 

Así, durante la primera mitad del siglo XX, sería la ciencia ficción la encargada de llenar los vacíos en la historia marciana, donde predominaron las narrativas utópicas y las amenazas provenientes del planeta rojo en la tradición de La guerra de los mundos de H.G. Wells,[4] cuya difusión radial en 1938 produjo pánico entre los oyentes que creyeron que, efectivamente, había una invasión alienígena en curso, así como los recuentos sobre la colonización humana de Marte. Este último tema en particular es terreno fértil para pensar las posibilidades presentes en ese encuentro, largamente imaginado, con un entorno no apto para los seres humanos. Marte, por lo demás, resulta atractivo al ser “[…] posiblemente el más hospitalario de todos los planetas”,[5] similar a los desiertos terrestres, si bien es más frío, con una atmósfera más tenue y menor gravedad que la Tierra.[6] Estas condiciones adversas implicarían emprender un proceso de terraformación que debería terminar por hacer Marte semejante a nuestro planeta. Si bien el término es ya de uso común en el ámbito científico, curiosamente, aparece mencionado por primera vez en el artículo “Collision Orbit”[7] del autor de ciencia ficción Jack Williamson, y es retomado por autores bien conocidos del género como Robert Heinlein, Arthur C. Clarke e Isaac Asimov en los años 50, para incursionar finalmente en la literatura de no ficción en los años 80 con el libro New Earths. Transforming Other Planets for Humanity[8]  de James Oberg, donde se defiende, desde una perspectiva científica, la posibilidad de adaptar otros planetas (no solo Marte), para la vida humana.[9]

 

La terraformación implica métodos para modificar el clima, la atmósfera, la topología y la ecología de un planeta y puede incluirlo por completo —terraformación planetológica— o parcialmente —terraformación habitable—, lo que requeriría de un mantenimiento constante.[10] Así entendida, la terraformación, en su acepción más amplia, podría incluir también a la Tierra, que ha sido fuertemente transformada, de manera tanto accidental como deliberada, para soportar una población humana creciente, donde algunas de esas transformaciones han significado graves riesgos para las sociedades humanas y la integridad del medio ambiente.[11]

 

Como muestra este breve recuento, la terraformación revela complejos tránsitos entre ciencia, historia y ficción con implicaciones ambientales, sociales, políticas y éticas. Estas ideas sobre la transformación de otros mundos terminaron por devolvernos una imagen de la agencia humana en nuestro propio mundo. Marte no es otra cosa que el reflejo de la Tierra. La terraformación del planeta Tierra, en particular, parece entonces afín a las discusiones en torno al Antropoceno,[12] es decir, la nueva era geológica donde la actividad humana[13] es el principal factor de cambio ambiental.[14] En ambos casos, surgen preguntas cruciales sobre la agencia humana en el entorno y la(s) historia(s) de la terraformación en nuestro propio planeta y su impacto. Esta resulta, aparentemente, una historia circular, un reflejo. Las historias de colonizaciones futuras de otros mundos y su eventual terraformación se encuentran en directa relación con las terraformaciones pasadas. El futuro refiere así, no a un tiempo por venir, sino a acciones y acontecimientos del pasado.

 

Podríamos evocar, por ejemplo, un singular proceso de terraformación iniciado en el siglo XV tras la expansión europea hacia África, Asia y América. Dicho proceso consistió en la transformación de ambientes salvajes y tierras incultas en lugares con condiciones similares a aquellas presentes en Europa: las llamadas neoeuropas, según las describe Alfred Crosby.[15] Dichos territorios, aunque distantes, compartían una condición singular: presencia de temperaturas similares a las europeas donde la fauna y flora pudieron prosperar debido a una competición tenue y desigual con las especies nativas.[16] Mejor dicho, las especies importadas terminaron por imponerse sobre la fauna y flora endémicas: el caballo desplazó a la llama en Sudamérica, el ganado vacuno al búfalo en América del Norte y el diente de león y los gatos dominaron Australia, por poner tan solo algunos ejemplos.[17] En el marco de dicha expansión, la fauna y flora nativas se transformaron en amenazas y plagas, y gran parte de los esfuerzos de los neoeuropeos se orientaron a su mitigación, su aislamiento y, finalmente, su desaparición. Manifestaciones de lo anterior son la tala y la caza en tiempos coloniales y la fumigación con agrotóxicos en tiempos recientes.

 

Junto a la agresiva imposición biológica hecha en el marco del imperialismo ecológico que enuncia Crosby, hubo también un proceso de apropiación de especies nativas útiles que se hicieron fundamentales para el desarrollo económico y cultural europeo: el algodón, el azúcar, el tabaco, el té, el caucho, la quina, el cacao, sin contar los metales, minerales y demás materias primas, sin cuya presencia las distintas revoluciones industriales se habrían visto menguadas. Este singular proceso de terraformación encarnó otro bastante agresivo de apropiación. Podríamos aventurar entonces que ninguna terraformación ha sido -o será-pacífica, ni la de la expansión y ocupación europea en el siglo XV ni la contemporánea adecuación de tierras para la producción de alimentos y posiblemente tampoco una eventual terraformación de Marte.

 

(Re)pensando la terraformación: algunas cuestiones

 

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Ahora bien, ¿qué cuestiones implica —y no explicita— un proceso tal de terraformación? ¿A qué se refiere, en el fondo, la noción de terraformación? Más allá de la mera transformación de las condiciones geológicas y ambientales de un planeta, o un territorio, podríamos señalar algunas cuestiones generales: se trata de la implantación de un modelo singular y hegemónico de existencia que considera el entorno en términos de paisaje, así como de recursos; se fundamenta en la jerarquización vertical y utilitaria de los órdenes ontológicos de las existencias; procede a través de la apropiación y ocupación del espacio como una extensión de valores éticos y morales fundamentados en costumbres transgeneracionales, y con la certeza de poseer un destino manifiesto: una superioridad radical ante la naturaleza, y su consecuente diferenciación y separación respecto de esta. Se trata, en este sentido, de un modo de existencia que evidencia una clara incapacidad de experimentar empatía hacia la alteridad. En suma, no se trata solamente de (re)producir las condiciones consideradas físicas y químicas necesarias para la vida biológica, sino también refiere una expansión de las maneras en que dicha vida es concebida, en otras palabras, se trata de una ontología radicalmente terrícola. Esto resulta muy problemático si tenemos en cuenta la multiplicidad de nociones de naturaleza, por ejemplo, donde humanos y no humanos son considerados seres vivos e interactúan constantemente. Estas nociones de lo humano, por lo demás, varían culturalmente para incluir, por ejemplo, objetos y seres; para extender la noción de humano a todos los seres; para extender la noción de no humano a lo humano, o bien se trata de interacciones que se encuentran en permanente transformación.[18] Además de esto, vale la pena señalar que las relaciones con estas naturalezas implican una visión territorial y una dimensión política ya que involucran el uso, acceso y control, así como los derechos y la toma de decisiones de seres humanos y no humanos en tales territorios. Implican, asimismo, formas de relacionarse (reciprocidad, protección, depredación, etc.), de clasificar y representar dichas naturalezas. Estos modos de relación, finalmente, responden a prácticas económicas atravesadas por desigualdades de clase, género, etnicidad y locación, entre otras.[19]

 

Si nos centramos en los aspectos biológicos, el asunto resulta aun más complejo. Podríamos decir, siguiendo a De Landa, que la terraformación se fundamenta en un “chauvinismo orgánico” que establece a la vida en la tierra como un fenómeno único y particular, y que “nos puede conducir a subestimar la vitalidad de los procesos de autoorganización en otras esferas de la realidad”.[20] El hecho de privilegiar solo algunas formas de vida sobre otras aquellas útiles y fundamentales para la existencia humana respecto de aquellas otras innecesarias– no hace más que desconocer un hecho central: “[…] criaturas vivas y su contraparte inorgánica comparten una dependencia básica de flujos de materia y energía. Esta circulación es, en muchos aspectos, lo que verdaderamente importa, no las formas particulares que ésta puede hacer emerger”.[21] A fin de cuentas, como observa Donna Haraway, “[…] las bacterias y sus parientes fueron, y aún son, los mayores de todos los terraformadores (y reformadores planetarios)”.[22] La cuestión de fondo es que son, precisamente, esas determinaciones ontológicas -aquellas que privilegian y establecen un tipo singular de existencia y de humanidad- las que determinan los contenidos de esa terraformación.

 

En su novela El fin de la muerte,[23] Cixin Liu nos habla de un grupo de humanos que se sumergió en el vacío interestelar por miles de años en una nave. El encuentro entre estos humanos —aquellos que dejaron de serlo, o que empezaron a serlo de otra manera— y los terrícolas, termina siendo complejo y atroz, al punto de no reconocerse los unos en los otros. Y no solo se trata de una cuestión cultural, sus cuerpos se han transformado a nivel molecular y orgánico y, a pesar de que en su apariencia externa son iguales, lo que hay por dentro es radicalmente diferente: su ADN ha mutado, creando una distancia evolutiva no evidente.

 

Si bien los términos en que Cixin describe estos encuentros son imaginarios y se dan en términos de una relativa equivalencia de especie —humano terrícola/humano interestelar— y de una cierta teleología humana, De Landa nos propone una cuestión radical al concebir la vida en términos de flujos —energéticos y materiales— y procesos de sucesiones que no tienen el estado de clímax —la producción de una forma de vida determinada— como su principal fin. Dicho clímax, en términos de aquella ontología terrícola mencionada, sería el sostenimiento de la vida humana. No obstante, De Landa se pregunta por la manera en que los ecosistemas se conforman como embonajes autoorganizados en los cuales las especies están interconectadas por sus complementariedades funcionales: depredador y presa, huésped y parásito.[24] Pero, más allá de aquella ontología terrícola, ¿qué es un ser humano? Para De Landa se trata también de un huésped, un vehículo y un reservorio a través del cual circulan flujos de energía y materiales. Somos biomasa de microdepredadores, agentes infecciosos que consumen nuestra biomasa humana desde su interior, proceso que, en ocasiones, alcanza picos donde estos microdepredadores consumen todo su combustible humano —nos matan— o se estabilizan, alcanzando un estado endémico susceptible a pasar a otros huéspedes. Desde esta perspectiva, ¿quién, o qué, terraformaría y colonizaría Marte?

 

Las empresas y consorcios privados y públicos se han volcado a la competencia por llegar primero a Marte. Esto implica que se trata de una empresa de conquista desarrollada bajo un esquema ya bastante conocido: un conjunto de inversores a la espera del retorno del capital invertido. Bajo ese esquema de desarrolló la expansión europea del siglo XV, y bajo ese mismo esquema se desarrolla en el presente la expansión espacial. Según Crosby, los viajeros europeos necesitaron en el siglo XV de cuatro condiciones para dar inicio a la conquista de los mares: embarcaciones suficientemente grandes, rápidas y maniobrables, equipamientos y técnicas capaces de encontrar caminos a través de los océanos en largos viajes, armamento suficientemente portátil para ser llevado a bordo, y finalmente, una fuente de energía para impulsar las embarcaciones.[25] Es en torno a esas mismas cuestiones que los científicos están trabajando, gracias a las inyecciones de capital de estos consorcios y empresas. Sin embargo, otros viajeros y otros equipajes aprontan sus alijos de viaje. Veremos lo que acontece con la Luna, que quizás, antes que Marte, se constituya en la experiencia pionera en donde naciones enteras hablen en nombre de la humanidad, mientras en su interior otros flujos procedan con procesos bastante diferentes.

 

Bibliografía

  1. Birch, Paul, “Terraforming Mars Quickly” Journal of the British Interplanetary Society, vol. 45, pp. 331-340, 1992.
  2. Crutzen, Paul, “Geology of Mankind”, Nature, vol. 415, 6867, 2002.
  3. Crosby, Alfred, O imperialismo ecológico. A expansão biológica da Europa 900-1900 Companhia das Letras, 2011
  4. De Landa, Manuel, Mil años de historia no lineal, Gedisa Editorial, Barcelona, 2010
  5. Haraway, Donna, “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chtuluceno: generando relaciones de parentesco” Revista Latinoamericana de Estudios Animales, año III, vol. 1, junio 2016, pp. 15-26.
  6. Liu, Cixin., El fin de la muerte, Penguin Random House, Madrid, 2019.
  7. Pak, Chris, Ecopolitical Transformations and Environmentalism in Science Fiction, Liverpool University Press, 2016.
  8. Scarpino, Philip, “Anthropocene World/Anthropocene Waters: A Historical Examination of Ideas and Agency”, Rivers of the Anthropocene, Kelly et al (ed.), University of California Press, 2018.
  9. Ulloa, Astrid, “Dinámicas ambientales y extractivas del siglo XXI: ¿es la época del Antropoceno o del Capitaloceno en América Latina?” Desacatos, núm. 54, mayo-agosto 2017, pp. 58-73.

 

Notas

[1] 1889.
[2] 1892.
[3] Mars, 1895; Mars and its Canals, 1906; y Mars as the Abode of Life, 1908.
[4] 1898.
[5] Paul Birch, Terraforming Mars Quickly, ed. cit., p. 331
[6] Ibidem.
[7] 1942.
[8] 1981.
[9] Chris Pak, Terraforming. Ecopolitical Transformations and Environmentalism in Science Fiction, ed. cit.
[10] Paul Birch, Terraforming Mars Quickly, ed. cit., p. 331
[11] Philip Scarpino, “Anthropocene World/Anthropocene Waters: A Historical Examination of Ideas and Agency, ed. cit.
[12] El término no está exento de problemas, como argumenta Donna Haraway. En este sentido, y como señala Astrid Ulloa, los procesos de cambio climático locales no podrían entenderse sin una consideración de las dinámicas coloniales de extracción instauradas desde la Conquista y la Colonia y que persisten en los procesos extractivistas contemporáneos, es decir, desde una perspectiva que implica tanto a la noción de Antropoceno, como a la Capitaloceno.
[13] Desde luego que no se trata solamente de “cambio ambiental” o “cambio climático”, sino también de la enorme carga de productos químicos tóxicos, de la minería, del agotamiento de recursos, de la simplificación de ecosistemas, de genocidios de humanos y de otros seres.  Donna, Haraway, “Antropoceno,Capitaloceno, Plantacionoceno, Chtuluceno: generando relaciones de parentesco”, ed. cit., pp. 16-17.
[14] Paul Crutzen “Geology of Mankind”, ed. cit.
[15] Alfred Crosby, O imperialismo ecológico. A expansão biológica da Europa 900-1900, ed. cit., p.7.
[16] Ibidem., p. 10.
[17] Ibidem., p. 11.
[18]Astrid Ulloa,“Dinámicas ambientales y extractivas del siglo XXI: ¿es la época del Antropoceno o del Capitaloceno en América Latina?”, ed. cit., p 62.
[19] Ibidem., p. 62.
[20] Manuel De Landa, Mil años de historia no lineal, ed. cit., p. 75.
[21] Ibidem., p. 75.
[22] Donna Haraway, “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chtuluceno: generando relaciones de parentesco,  ed. cit., p. 16
[23] 2009
[24] Manuel De Landa, Mil años de historia no lineal, ed. cit. p. 77
[25] Alfred Crosby, O imperialismo ecológico. A expansão biológica da Europa 900-1900, ed. cit., p. 64