Revista de filosofía

Kafka y la lucha por el intersticio

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Kafka y la lucha por el intersticio

LUIS SCAFATI, “DRÁCULA”, ILUSTRACIÓN

 

Resumen

 En las presentes líneas se expone una lectura política de Kafka. La novela El castillo permite reconocer la importancia que tiene para Kafka el movimiento y el espacio intersticial. Esta lectura presenta una forma activa donde los personajes transforman las relaciones de poder desde las márgenes del espacio. En este texto se presenta a Kafka como un escritor que esboza líneas para pensar lo político en relación al poder.

 Palabras Clave: Kafka, El castillo, reconocer, intersticio, poder, político.

 

Abstract

 A political reading of Kafka is presented in these lines. The Castle is a novel that makes possible to recognize the importance of movement and interstitial space for Kafka. This reading presents an active form where characters transform power relationships from the margins of space. This text presents Kafka as a writer who outlines lines to think about the political in relation to the power.

 Keywords: Kafka, The castle, recognize, interstitial, space, power, politic.

 

A corta distancia, a la vista; sin embargo, imposible de alcanzar. Si intentase llegar a él, el viajero, el extranjero, se perderían; sin embargo, no son sendas garabateadas o intransitables las que hacen inviable pasar bajo su dintel o llegar a sus márgenes. La dificultad no está, propiamente, en la mala señalización de los caminos ni en barreras humanas o naturales, sino en el “talante” propio de ese lugar. Las sendas, para el protagonista, se alargan; su paso se vuelve lento por la mezcla de barro y nieve, la neblina lo confunde; empero, ello parece pasarle solo a él (otras personas pueden ir y venir sin mayor dificultad). Todo en ese pueblo ficticio es farragoso, ello se filtra en varios niveles de la existencia: en las relaciones sociales, en el amor pero, sobre todo, en el gobierno. Como si este aspecto ominoso se insuflara a la novela entera, esta queda en puntos suspensivos (detenida sin resolución ni llegada) ¿Acaso esa distancia, imposible de zanjar entre punto A y punto B, ese intersticio, es el verdadero tema de la novela? Podríamos decir más ¿no es ese espacio un nudo problemático en la obra, algo que, digamos, marca la propia vida del autor praguense?[1]

 

El castillo, obra cumbre e inconclusa de Franz Kafka, sitúa al lector en un pueblo sin nombre, gestionado por burócratas inaccesibles que, quizá por descuido, quizá por simple traspapeleo, o quizá aun, por capricho, han contratado a un agrimensor de nombre K a hacer la medición de espacios, trazar límites, elaborar mapas y planos, tareas de un agrimensor. Paradójicamente, este personaje ni tiene terrenos que medir en ese pueblo ni él mismo tiene un espacio o lugar para habitar. Lo percibimos a lo largo de la novela: el señor K, como el gato de Schrödinger, existe y no existe. Autorizado y desautorizado para estar en cualquier lugar, ni puede irse ni puede quedarse.

 

Sin labor alguna asignada, el señor K se desplaza de un lugar a otro, transita de casa en casa, de posada en posada, luego, cuando logra acomodarse en una escuela se va mudando de salón en salón. Pese a su continuo desplazamiento, paradójicamente, nunca logra ascender por el camino que lleva al castillo, donde se encuentran el, o los personajes, que justifican su llegada al pueblo. K espera (siempre espera) a que alguien, arriba, se entere de su presencia o requiera emplearlo. Su itinerancia, sin embargo, no es indiferente a los otros, pues trastoca las relaciones del pueblo: remueve jerarquías, encumbra relegados, incomoda funcionarios.

 

—Usted no pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia, sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta superfluo y siempre está en camino, uno por quien siempre se producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a las criadas, cuyas intenciones son desconocidas…[2]

 

De esta manera, la dislocación del agrimensor, pese a ser circunstancial, le empodera. Su sola llegada a la posada hace movilizar a un burócrata, hijo de alguien que trabaja, a su vez, para alguien más; si toma la escuela, se apropia de un cómodo salón en lugar de la covacha asignada, arruinando los horarios de clase; si se instala en un hostal impide la libre salida y entrada de los personajes importantes que, por motivos desconocidos, no se quieren (o pueden) “cruzar” con él; si llega a una casa y hace amistades con esa familia, ofende a personajes que les son antagónicos.

 

¿Qué es el personaje K en El Castillo? El lector se lo pregunta frecuentemente: ¿Es acaso un error, una astucia de la administración o un intrincado acierto? Imposible saberlo pues, pese a que los pueblerinos ven su presencia como una inconveniencia, se sabe (todos lo saben) que al gobierno nada se le escapa, que este calcula con anticipada previsión y meticulosidad los acontecimientos, que tiene agudos burócratas que vigilan y autorizan todo. Esta ambigüedad suscita una incertidumbre en el lector que jamás queda convencido de la ignorancia del gobierno o de la eficiencia de la administración.

 

En resumen, el señor K se mueve en los intersticios, los bloquea, los toma y domina, haciendo que los otros retrocedan. En su nimiedad, en su ser nadie, detiene los flujos del poder, los trastoca, dejando al pueblo y a la administración, en cada lance, derrotados. Ni dudarlo: acá hay un juego de poder definido por los desplazamientos y los espacios.

 

Pero ¿quién está detrás de esto?, ¿es acaso una exquisitez de algún gobernante para burlarse del pueblo? Lo que es más, ¿quién manda en el castillo? Todo hace suponer que un Noble; sin embargo, jamás se menciona. Únicamente sabemos del gobernante por ciertos burócratas, uno más nimio que otro, pero, al mismo tiempo, más importante que cualquiera; sobre todo, más importante que el mismo señor K. Burócratas que, sin embargo, le rehúyen, que pierden a sus amantes en los brazos de K, que desesperan por él.

 

En el universo de Kafka es posible enterarse que un don nadie es, en la lógica administrativa, alguien. En El proceso, por ejemplo, un alguien sin importancia puede influir de manera positiva o negativa en el juicio del protagonista (otro señor K); en sentido inverso, de la presencia de los jueces o sobre los nombres de aquellos que lo acusan, nada se sabe.

 

En El castillo los burócratas que están en lugar de otro personaje más encumbrado forman parte de un juego de representaciones recurrente en Kafka. En Ante la ley un campesino se presenta frente a un guardián que le impide la entrada a la casa de la Ley. El guardián le señala que “por ahora no puede dejarlo entrar”, el campesino pregunta si acaso más tarde se lo permitirán, el fiero centinela responde: “Tal vez, pero no por ahora”. El campesino no ceja en su empeño y espía la puerta de la Ley que se encuentra abierta como de costumbre. El guardián que lo observa, se sonríe y le señala:

 

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.[3]

 

Resumiendo: el guardián guarda el vano, el intersticio entre la ley y el campesino, pero él es, en el fondo, nadie, respecto al tercero. Pasan diez años, hasta que el campesino, envejecido, vive sus últimos momentos, es entonces que el campesino pregunta al guardián:

 

—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.[4]

 

De la ley, solo tenemos la representación de la representación: un guardián. Cada guardián es un subrogado de otro, de aquel del que nunca tenemos más que la sospecha. El guardián es la representación de otro guardián, más fuerte y más fiero (¿tiene sentido que se mencione a otro guardián cuando, de hecho, el campesino no podría vencer al primero?). Cada guardián es representante de otro; desplazamientos, separaciones de una ley a la cual nunca se llega y, hasta podemos sospechar, quizá no exista. Sin duda, Kafka es hijo de su tiempo, heredero de una época que tuvo a la Representación como principio articulador de sentido.[5]

 

Siguiendo con el juego de representaciones: se puede estar tentado a pensar, siendo consecuente con lo que hasta entonces le había acontecido al agrimensor, que detrás de las puertas del castillo, en su edificio burocrático, no se encontraría sino la misma confusión que reina en el pueblo respecto a la autoridad, pues las oficinas, probablemente (como los burócratas), son infinitas e iguales. De oídas, apenas, llegan rumores de la apariencia de la administración:

 

[…] ¿son las oficinas el castillo? Y aun cuando las oficinas pertenezcan al castillo, ¿son las oficinas el lugar donde Barnabás puede entrar? Él entra en oficinas, pero sólo son una parte de todas ellas, después hay barreras y detrás hay más oficinas […] Puede entrar en una oficina, pero ni siquiera parece una oficina, más bien una antesala de las oficinas, quizá ni siquiera eso, quizá se trate de una habitación donde se tiene que mantener a todos aquellos que no pueden entrar en las oficinas.[6]

 

Se ha dicho, con acierto, que Mario Levrero tiene un estilo kafkiano, aquel que lea El lugar puede intuir una cierta continuidad en la experiencia que habría diseñado Kafka para su lector si el personaje K hubiese avanzado hacia el castillo: atravesar una puerta que lleva a una habitación que, a su vez, tiene dos puertas, una de entrada (por la que no se puede regresar) y otra de salida (que  conduce a otra habitación casi idéntica). Puertas infinitas que llevan a habitaciones infinitas, cada una un poco más derruida que la anterior; sin embargo, idénticas, como ese reflejo siniestro que resulta de poner frente a un espejo, otro de iguales dimensiones.

 

Pese a esta imposibilidad, el señor K permanece en movimiento, evocando aquellos primeros nómadas que habitaron la tierra, cuando esta no tenía dueño, cuando los espacios no estaban delimitados, cuando no existían las fronteras. K ha llegado a un espacio “cuadriculado”, su pretensión no es luchar por un metro de tierra, se conforma con un movimiento errático, ello lo vuelve en un guerrillero de los pliegues, de los hiatos, de los intersticios.

 

Qué duda cabe, en El Castillo, aunque se puede afirmar, en la obra de Kafka, el intersticio se vuelve un tema político. En El fogonero, un joven es expulsado de la casa paterna y enviado a otro país en barco del que nunca logra descender, allá lo identifica un familiar cercano que “como un padre” lo toma bajo su tutela, podemos decir que su libertad dura solo mientras estuvo viajando de un punto a otro; en El proceso, el personaje K va en busca de sus ignotos acusadores y sus jueces, los encuentra ocultos en buhardillas asfixiantes y departamentos ruinosos, él irrumpe en esos espacios, contraviniendo el orden burocrático, camina entre pasillos donde se encuentra en una posición indefinida entre los jueces y los acusados; finalmente, aunque la lista podría ampliarse, Gregorio Samsa, en La metamorfosis, confinado desde su transformación a su habitación, escucha a su hermana tocar el violín, apenas se mueve al pasillo de la casa, convulsiona las relaciones familiares con los inquilinos.

 

A diferencia del personaje de Melville, Bartleby, que tras su eterna frase “preferiría no hacerlo” (I would prefer not to), secuestra, poco a poco, el espacio en torno a él;[7] en Kafka el movimiento entre los intersticios siempre genera estragos, tanto para el personaje como para aquellos que le rodean. El intersticio, en Kafka, se vuelve un lugar del afuera que es imposible domeñar. Recordemos un fragmento de La construcción del la muralla china:

 

¿De quiénes debía protegernos la gran muralla? De los pueblos del norte. Soy de la China sudoriental. Ningún pueblo del norte puede amenazarnos aquí. Leemos acerca de ellos en los libros de los antiguos; y bajo nuestras plácidas glorietas los horrores que cometen nos hacen gemir. En los cuadros de los artistas, fieles a la realidad, vemos estos rostros de maldición, desmesuradamente abiertas las fauces, los dientes prontos a desgarrar y a triturar; los ojos ya bizqueando hacia el botín. Si los niños se portan mal, les mostramos estas figuras; llorosos se nos arrojan al cuello. Pero eso es todo cuanto sabemos de los nórdicos. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos jamás, por más que fustiguen sus salvajes caballos y corran a nuestro encuentro… El país es demasiado extenso y no los dejaran llegar… Por más que corran se perderán en el aire.[8]

 

La muralla se erige contra el polvo, contra una idea, contra el miedo; es una edificación que pretende salir al paso, ocupar, de alguna manera, un espacio inconmensurable con la intención de atajar a un enemigo innumerable y nómada. El esfuerzo es absurdo, pero su edificación tranquiliza la imaginación de un imperio que, pese a su inmenso poder, no puede contener la totalidad del mundo.

 

Esos intersticios que el poder, los gobiernos, vanamente tratan de llenar, controlar, domesticar representan en la obra de Kafka y, especialmente, en El castillo, espacios en los cuales se juega el empoderamiento. En su momentánea ocupación, por parte de K. se transita a la redefinición de una relación política pues, en su aparente nimiedad, menoscaba los pilares del poder.

 

ILUSTRACIÓN DE LUIS SCAFATI PARA ‘LA PESTE ESCARLATA’ DE JACK LONDON

 

Una interpretación política de Kafka, ¿no es eso un abuso? De ninguna manera, de hecho, la interpretación tradicional, harto conocida, tiene un guiño político pues, recordemos, plantea la indefensión del individuo ante la ley. Fue ello, la experiencia burocrática (las largas filas que solo conducen a otras filas, documentos vanos para tramitar más documentos, la sensación de desamparo ante las solicitudes irracionales de la autoridad) lo que definió lo kafkiano. Lo anterior hablaba ya de una interpretación política, esta, sin embargo, se encontraba centrada en la pasividad de los personajes, en su impotencia ante la ley. La segunda, que acá se ha procurado, es una lectura productiva ¿De dónde le viene lo productivo? De intentar mostrar un ejercicio político en los personajes. En esta lectura se subraya que los protagonistas, en su errar, desarticulan el campo de distribución del poder; interpretación que plantea el Afuera, en la etimología rastreada por Agamben: a las puertas.[9] Ese “a las puertas” que en El castillo es literal, supone una resistencia desde los intersticios, ahí donde el poder no se ha desplegado porque es la frontera de su propio límite.

 

¿Qué luz en torno a lo político aporta esta lectura de Kafka? Que, en todo espacio ordenado, gestionado, cuadriculado, se encuentran estos lugares en los que el ejercicio del poder se diluye. Ahí donde deja de disponerse un orden “cuadriculado” del espacio, en ese hiato o grieta el personaje de Kafka rebosa. Esto es más que ficción, ¿no es acaso que los espacios intersticiales son, en toda sociedad, abundantes? Aquellos espacios ordenados (dirían Guilles Deleuze y Félix Guattari, estriados)[10] tienen, sin embargo, esos lugares internos e intersticiales desde los cuales se juega también lo político.

Cazadores de intersticios, habitantes de espacios desterritorializados, ¿puede ser ello la apuesta política a un mundo que, parece, ha cerrado toda posibilidad a otros mundos posibles? Si tal es la postura política parece ello una friolera, sin embargo, ¿no representan esas nimias grietas la oportunidad de un ejercicio necesario de prácticas de libertad?

Bibliografía

  1. Agamben, Gorgio, La comunidad que viene, Pre-textos, Valencia, 2006.
  2. Assoun, Paul-Laurent, Introducción a la epistemología freudiana, Siglo XXI, México, 2008.
  3. Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Pre-textos, Valencia, 2015.
  4. Kafka, Franz, El castillo, Alianza/emece, Madrid, 2017.
  5. Kafka, Franz, El proceso, Abraxas, Madrid, 2020.
  6. Kafka, Franz, La carta al padre, Ediciones LEA, Buenos Aires, 2012.
  7. Kafka, Franz, La condena, Alianza, Madrid, 2015.
  8. Kafka, Franz, La metamorfosis, Alianza, Madrid, 2017.
  9. Kafka, Franz, La muralla china: cuentos, relatos y otros escritos, Alianza, Madrid, 1999.

 

Notas

[1] Quedarse a las puertas de la resolución del conflicto, más que un leitmotiv, parece una maldición que trasciende su obra para convertirse en parte de la constitución existencial de Kafka. Como si la ficción se extendiera a la vida de Franz, se narra en la Carta al padre (obra autobiográfica que da cuenta de la relación con su padre), él tampoco entregará la carta señalada a su progenitor, guardando para sí las palabras que, quizá, le permitirían trascender su propio conflicto personal.
[2] Cfr. El castillo, P.91
[3] Cfr. El proceso, P.200.
[4] Ibíd.
[5] El tema de la Representación en Kafka se remonta a la influencia de Herbart (quién también influyera en Freud). Al respecto véase Paul-Laurent Assoun Introducción a la epistemología freudiana, pp. 129-135.
[6] Cfr. El castillo, p.250.
[7] En el artículo “Bartleby o la reescritura del espacio político” publicado en Reflexiones Marginales (2018), señalé cómo cada vez que esta conocida frase de Bartleby es expresada se nos presenta una conquista del espacio. La primera vez que es proferida, el amanuense permanece en su lugar: “[…]le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su lugar […]”. Que el espacio está en liza con la frase del amanuense queda manifiesto cuando, la solución para lidiar con ello es: “echarlo a puntapiés”. En las páginas siguientes vemos cómo se recrudece el conflicto, con su actitud pasiva, pero invasiva, Bartleby se va quedando con la oficina hasta vivir permanentemente en ella. Su frase, su actitud, desarman al abogado en cada intento por sacarlo, de tal suerte que termina expulsándolo de su propia oficina pues nunca logra lidiar con las inconveniencias y estragos que el amanuense genera. Si hasta aquí la cuestión del espacio es evidente, al final, se hará central pues, cierto día, esta fuerza perturbadora y disruptiva que representa Bartleby ha ocupado el edificio completo. El abogado se ve forzado por su antiguo casero para hablar con el amanuense, quien ahora vive sentado en los pasamanos de la escalera y durmiendo en la entrada. Dice el casero “Todos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto […]”. La presencia de Bartleby parece poder ocuparlo todo, contagiarlo todo, se ha convertido en una amenaza para la “correcta” distribución del espacio. Las opciones para que Bartleby abandone el edificio, sugeridas por el abogado, consisten en colocarlo en otra oficina o en tener un trabajo que le implique viajar, el amanuense rechaza todas y cada una de las propuestas, aunque, afirma, “no ser exigente”. El fracaso de las diligencias del abogado, aunada a la desesperación de los vecinos, provoca que Bartleby sea colocado finalmente en la cárcel. Curiosamente este no es propiamente encerrado, sino que vive en libertad dentro de la prisión, en los patios de esta. La muerte de Bartleby deja una última imagen: dentro de los muros que rodeaban la prisión, excluyéndola de todo ruido exterior, a los pies el abogado, crecía un suave césped “Era como si en el corazón de las eternas pirámides, por una extraña magia, hubiese brotado de las grutas una semilla arrojada por los pájaros”.
[8] Cfr. La muralla china: cuentos, relatos y otros escritos, ed., cit., p.28.
[9] Giorgio, Agamben, La comunidad que viene, ed., cit., pp. 57-58.
[10] La terminología de espacio lizo y espacio estrado se encuentra en “Tratado de nomadología: la máquina de guerra” en Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia, ed., cit., pp.359-422.