Revista de filosofía

La filosofía ante la epidemia

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La filosofía ante la epidemia

TOMADA DE LOBOSUELTO.COM

Trad.  Carlotta Pala

 

¿Cómo puede ayudarnos la filosofía frente a la emergencia sanitaria que el mundo está enfrentando? ¿Cómo cambiará el coronavirus nuestra manera de ver al mundo? Este será el tema de esta edición especial de PourParler, la columna filosófica del Festival Sophia. En esta ocasión dialogamos con el filósofo Roberto Esposito.[1]

 

¿Cómo vive la emergencia?

 

Vivo este momento, ciertamente no favorable, como cualquier persona. Me quedo en casa, principalmente leyendo, escribiendo, estudiando, es decir, lo que hacía regularmente cuando no daba clases en Pisa. Así que, respecto a mis actividades cotidianas, nada parece haber cambiado. Pero en realidad todo cambió, porque, desde luego, una cosa es que esto suceda bajo una decisión libre, según una inspiración momentánea, y otra cosa es que eso ocurra a partir de una constricción, como en este caso. A esto se acompaña la ansiedad, la preocupación y también el dolor por tanta pérdida de vidas humanas. Es un momento particular en el cual parece que estamos cruzando un umbral y no sabemos todavía a dónde llegaremos. Estamos entonces a la espera de algo, de un evento nuevo.

 

¿Después de esta emergencia el mundo cambiará?

 

Para empezar, hay que pensar un punto fundamental, que es la manera como se comunica. Comunicar a distancia no es obviamente lo mismo que comunicar a voz, estando cerca, mirándonos a los ojos. La comunicación no es simplemente un flujo de palabras que se transmite del uno al otro, sino que es también un caudal de gestos, emociones, miradas, afectos. Esta forma de comunicar cambia también lo que se comunica, es decir, el objeto de la comunicación. En este cuadro y después de un evento similar, casi todo resulta modificado y cambian inevitablemente la manera de pensar el mundo y las categorías mismas del pensamiento. Desde luego, yo también siento la exigencia de un cambio. Ya no es posible hacer las cosas como en los meses pasados, trabajar de la misma manera, sobre los mismos temas, con la misma intensidad. Hubo un choque, un terremoto psicológico que va a determinar cambios. En mi caso específico, algunos grandes temas, como el de la vida, de la relación entre vida y muerte, la cuestión de la inmunización, ya estaban presentes en mi agenda y en mi trabajo pasado. Aun así, está muy claro que un evento como este modifica radicalmente la manera de enfrentarse a estas temáticas.

 

¿También la política cambiará después de esta emergencia?

 

Yo creo que sí. En tanto, hay que indicar otro punto con respecto al cambio en general: todas las crisis pandémicas cambiaron la historia del mundo. Con la peste negra, tomando como data simbólica el 1300, termina la edad media, nace la época moderna y se crean las condiciones y la necesidad para la construcción de los estados modernos, capaces de defender a la población del riesgo, del temor, etc.; también, en este caso, la pandemia cambiará la política tal como la conocemos. Esto porque ésta [la pandemia] constituye un golpe a la globalización. Hay que destacar que el evento ante el cual nos encontramos se revela contradictorio, ya que, por un lado, el coronavirus nace de la globalización, es decir, que esta consintió y provocó una circulación rapidísima y global del virus; pero por otro lado es indudable el hecho de que la situación actual representa una ruptura en el romance del globalismo o, por lo menos, en la belle époque de la globalización. Nos encontramos en una fase en la cual las posturas se abren y se dividen: por una parte, vuelve con insistencia el relato soberanista, y por otra parte encontramos aquellos que sostienen que el espíritu globalista no tiene que abandonarse. En lo personal, pienso que, a pesar de todo, es difícil que haya un retorno a la identidad de los estados en función soberanista, ya que la nueva emergencia requiere una conexión y una articulación de las políticas sanitarias, económicas, sociales e institucionales. No se puede, entonces, volver a las viejas identidades estatales. Ahora es evidente que para nosotros [los italianos] la Unión Europea tendrá un papel determinante. Con respecto a esto, Europa se juega todo en esta crisis: o nos acercaremos a un colapso total de su función y de su rol, o necesariamente ésta deberá relanzarse según las medidas y las formas que todos nos esperamos y que hemos solicitado. En todo caso, difícilmente tanto la política externa (es decir la geopolítica), tanto la política interna, seguirán siendo las de antes. Sin embargo, si la humanidad tiene una tendencia inercial a retomar sus propios pasos, también es cierto que esta tiene un hueso antropológico que no cambia ni tan rápidamente ni de forma absoluta. Dicho esto, los temas que han ocupado el escenario político italiano en estos años están destinados a cambiar radicalmente, ya que una desatención hacia los problemas actuales comportaría la intolerabilidad de dichos discursos.

 

¿La filosofía puede ayudarnos ante este contexto histórico?

 

Si, naturalmente. Un evento como este no puede pasar inobservado por la filosofía y así mismo, no puede no causar que la filosofía no cambie frente a eso. No se puede pensar algo similar sin ubicarlo en un horizonte filosófico, teórico o de un pensamiento capaz de pensar más allá de los elementos inmediatamente contingentes. ¿Qué puede decir la filosofía al respecto? ¿Qué es lo que el coronavirus dice a la filosofía? Todavía nos encontramos en el epicentro de este acontecimiento y debemos entonces esperar para entender a dónde vamos y a dónde nos estamos dirigiendo. Pero podemos ya decir algo con respecto al tema: sin duda, la pandemia lleva a la filosofía a enfrentarse una vez más con el tema del negativo. Hubo una temporada, durante varias décadas, en la cual prevaleció una noción optimistica: imaginamos la historia como ya cumplida, creímos que la democracia había logrado expandirse en todo el mundo sin ninguna repercusión y que el desarrollo económico había resuelto los grandes problemas de la desocupación, de la recesión, de la desigualdad absoluta de algunas zonas del mundo. Pensábamos que la ciencia, la técnica, eran de por sí suficientes para resolver los grandes problemas de la humanidad. Pues nos encontramos en frente de una rectificación, es decir, ante la evidencia de que todo eso fue una gran ilusión.

 

Considero que son tres los eventos que nos han despertado de este sueño. El primero, representado por los acontecimientos del 11 de septiembre, que rompieron la fase inaugurada por el ’89 y la caída del muro de Berlín y que llevaban la violencia una vez más en el centro de la historia. Posteriormente la crisis económica del 2007-2008, en la que explosión de los bancos americanos mutó radicalmente el orden económico mundial; aunque dicha crisis no llevó al derrumbe total del capitalismo, representó una profundísima crisis, desatendiendo varias esperanzas presentes en los automatismos de la economía. Y luego este tercer elemento, tal vez aún más grave que los precedentes, que modificó profundamente la escena mundial y nos desvela que la negación, el negativo, el “mal” está siempre ante nosotros y que debemos entonces enfrentarlo a cada paso, sin ignorarlo, ya que cuando se intenta remover el negativo, tiende a volver de forma más fantasmática y espectral. Algo nos dice Freud al respecto: la remoción o sublimación no significa la cancelación del mal y del negativo, al contrario, implica frecuentemente su inesperado regreso, tal cual como ha sido el retorno de la pandemia.

 

¿Cuáles son los conceptos principales de su texto Immunitas?

 

El nombre latino immunitas ha sido pensado en una relación contrastante con otro término de la lengua latina que es el de communitas. Las dos expresiones comparten una partícula interna que es la palabra munus que significa “don”, pero también “ley” o “cura” hacia el otro. La distancia entre communitas e immunitas consta en que si los componentes de la communitas son, por lo menos en el sentido originario de la palabra, ligados por esta “ley del don”, así como por la necesidad del cuidado reciproco (compartiendo el riesgo de estar juntos), al contrario, quien es inmune, quien tiene la inmunidad, en ámbito jurídico o médico, es una persona que no tiene ni responsabilidades ni participa a los riesgos comunes. Por ejemplo, en el campo jurídico- político, quien tiene la inmunidad parlamentaria o diplomática es aquel que no está obligado a respetar las leyes de la comunidad. En un plan biológico-medico es inmune aquel que está protegido respecto a la posibilidad de enfermarse. Entonces la inmunidad es principalmente un mecanismo de protección, individual o social.

 

De hecho, también la sociedad tiene sus sistemas inmunitarios. Es el caso del derecho y de las leyes que protegen a la humanidad del conflicto. Así mismo, en el caso del cuerpo individual, nadie podría vivir sin un sistema inmunológico. Sin embargo, el discurso que quise profundizar en el libro [Immunitas] es que hay un límite, un umbral, más allá de lo cual esta protección pude volverse una negación de la vida. Esto ocurre en ámbito médico-biológico con las enfermedades autoinmunes., las cuales son debidas al hecho de que el sistema inmunológico llega a una intensidad, en su función defensiva, que involucra y afecta el mismo cuerpo que debería proteger. También en el caso del coronavirus tenemos experiencia de que una excesiva respuesta inmunológica debilitó las defensas internas, provocando dificultades respiratorias cuando no unas graves complicaciones pulmonares. Ahora bien, la inmunidad biológica, social pero también informática –pensamos a los virus de las computadoras y a la presencia de un sinfín de programas que intentan controlarlos– tiene este doble aspecto: si por un lado nos protege, por el otro nos expone a un riesgo que, en el caso de la sociedad, sería representado por la pérdida de libertad. En este momento, todos nos estamos protegiendo con mecanismos de desocialización y de distanciamiento social, que por cierto representan una medida inevitable y positiva; sin embargo, está muy claro que si el distanciamiento llegara a comprometer la relación social, si por absurdo no hubiera ni siquiera contactos telefónicos o telemáticos y se llegara a una situación de aislamiento absoluto, esto provocaría el fracaso del cuerpo social. La cuestión entonces se juega en el equilibrio entre las formas comunes de socialización y la forma inmunitaria del distanciamiento social.

 

¿Cuán importante es retomar el concepto de inmunidad?

 

Varias personas me comentaron que el libro anticipó problemáticas muy actuales. Yo siempre entendí la filosofía como la definió Foucault: una “ontología de la actualidad”. La filosofía no es una reflexión hacia sí misma y su propia historia, es, al contrario, un pensamiento sobre el mundo dirigido hacia el exterior. En particular, la filosofía italiana siempre tuvo la tendencia a contaminarse con la política, con las cuestiones sociales, con la antropología y también con la biología. Esta última, hoy en día, tiene una muy fuerte influencia en el mundo, que tal vez supera hasta la física en cuanto a relevancia e interés. Por lo mismo, la filosofía no puede no tener un resguardo sobre estas cuestiones. Con respecto a la categoría de inmunidad esta nos permite pasar de un lenguaje a otro, vislumbrando su unidad; es una categoría que vincula política, teología, medicina, biología, derecho. Cuando empecé a analizarla no tenía la percepción de su capacidad de entender la realidad de nuestro tiempo, solamente ahora empiezo a tomar conciencia de esto. Por cierto, dicha categoría es también una praxis y como tal tiene que ser practicada con cuidado, distinguiendo entre los conceptos de inmunidad natural e inmunidad inducida. La primera se da cuando un cuerpo adquiere naturalmente los anticuerpos para una enfermedad, resultando inmune; la segunda es la que se produce a través de la vacuna: se inserta un fragmento “sostenible” del “mal” y esto provoca, por parte del cuerpo, un impedimento a un retorno de un mal más fuerte e insostenible.

En este momento se está hablando también de la inmunidad de rebaño. En el Reino Unido y en otros países anglosajones, hay quien opina que hay que crear la inmunidad de grupo, rompiendo el aislamiento y provocando, si bien en baja intensidad, una circulación del virus. Esta metodología que en un muy largo plazo podría comprobarse eficaz, comporta, sin embargo, un riesgo y un precio altísimo en términos de vidas humanas.

Hay entonces que usar cautela en trabajar con el concepto y con la práctica de inmunidad. Se trata de un concepto negativo que consiste en negar el mal absoluto en virtud de un mal menor. Esto es naturalmente un tema de la filosofía y de la teología: para frenar la venida de un mal absoluto se puede recurrir a un mal menor o de menor intensidad. Como cada categoría negativa, también tiene que ser proporcionada y ponderada respecto al contexto de la situación y al mal que se debe abordar. El mismo distanciamiento social no es un bien de por sí, pero es un mal proporcionado al efecto que se quiere obtener. El objetivo en este caso fue detener el colapso sanitario que hubiera podido ocurrir si la personas se hubieran presentado en los hospitales todas al mismo tiempo, y la sensación es que, por lo menos en Italia (en donde las cosas empezaron antes), al haberse ganado ese tiempo se reveló como una medida eficaz.

 

¿La percepción del riesgo influyó en la emergencia?

 

La percepción del riesgo influye siempre. No existe el riesgo como dato objetivo, este pasa siempre por la percepción que se tiene de él. Si queremos tomar un ejemplo sencillo, hay que pensar en cómo funcionan los seguros. Estos aseguran de un riesgo que puede ser el de la muerte, de un incendio, de un robo. ¿Ahora bien, cómo se pagan las aseguradoras? ¿Cuál es el precio de la póliza? Este está definido por el mismo riesgo. Por ejemplo, yo soy napolitano y sé que en Nápoles asegurar un coche es mucho más caro respecto a otros lugares –y con razón, ¡ya que en mi experiencia me han robado tres! Pero todo esto significa que las aseguradoras tienen todo el interés para aumentar la percepción del riesgo para poder levantar el precio de la póliza. Esta es una modalidad que también viene siendo utilizada en la política cuando líderes, partidos y personajes políticos usan dicha percepción para sus propios beneficios. Es decir, que elevar la idea del riesgo significa también incrementar el umbral de la protección necesaria, entonces todos aquellos que aseguran cierta protección, o por lo menos declaran poder hacerlo, ven así mismo un crecimiento en su consenso que, de alguna manera, equivale a la póliza que se pagaría a una aseguradora.

Por cierto, al origen de la política y de la creación del estado –según las tesis del filósofo Hobbes–, los hombres se juntan para hacer un acuerdo, constituyendo un estado leviatán que pueda protegerlos; a este estado pagan un precio que consta en la delegación de todos sus derechos. Se determina entonces un pacto entre la protección, por parte del leviatán, y la obediencia, por parte de los súbditos.  Por lo tanto la política, de alguna forma, juega siempre sobre la impresión del riesgo, en virtud de su voluntad de proteger sus propios ciudadanos tanto de amenazas e invasores externos, como de los peligros internos, como puede ser justamente una pandemia. La relación entre el riesgo y su percepción es por lo tanto constitutiva. Todas las estadísticas, por ejemplo, dicen que en Italia los datos con respecto a robos, asaltos y homicidios han disminuido, pero aun así la sensación es que estos fenómenos delictuosos son los mismos o que incluso se han incrementado. En fin, la relación entre riesgo y percepción es una variable decisiva en la agenda política. Frente a este fenómeno, o por ejemplo, frente al fenómeno similar de las fake news, tenemos que adecuar, lo más que sea posible, nuestra sensación al riesgo efectivo, para no tener una visión desequilibrada de la amenaza frente al peligro real, aunque estos elementos nunca coincidirán de forma absoluta.

 

¿Cuáles lecturas nos aconseja para estos días?

 

Entre mis publicaciones puedo hacer referencia a mi último libro Pensiero Istituente [Pensamiento instituyente] en ediciones Einaudi: una reflexión sobre el tema de las instituciones hoy en día y en particular sobre lo que significa “instituir”. Con respecto a mis lecturas personales estoy leyendo los clásicos, precisamente aquellos que inauguraron una nueva mirada en el mundo, es el caso de San Pablo y Agustín en el ámbito teológico; Maquiavelo y Hobbes en la política; Freud en el psicoanálisis. Todos son autores que reflexionaron detenidamente sobre el tema de la vida en su relación con la muerte. Creo que hoy más que nunca estas lecturas y reflexiones son actuales y nos convocan.

 

Notas

[1] La versión original de la entrevista, en lengua italiana, fue emitida por PourParler, la Columna filosófica del Festival Sophia – La filosofia in festa. En: https://www.youtube.com/channel/UCcMFYqxOEm0eGnGrXQXsahg.  Todos los créditos para la asociación RossoCarminio. Las palabras que aparecen entre corchetes son adiciones o precisiones de la traductora. [N. de la T.]. Se agradece David Antonio Pérez Nava por a revisión final del texto.