Revista de filosofía

COVID-19 y la administración de la muerte

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TOMADA DE LIBRE MERCADO

 

Desde la escuela de la guerra de la vida:

lo que no me mata me hace más fuerte.

Nietzsche

 

Resumen

En este artículo se reflexiona sobre la epidemia a la luz de las aportaciones siempre vigentes del pensamiento foucaultiano. Nos encontramos ahora sitiados por un enemigo invisible, un virus que nos aísla para, a su vez, situarnos en la borrasca de la guerra civil sanitaria y económica. Es evidente que el pólemos que recorre al neoliberalismo y que acecha la vida permanentemente, ahora nos confronta con la enfermedad como instrumento de gobierno que racializa y precariza al sujeto. La singularidad de esta epidemia y las formas de enfermedad derivadas de la misma, estriba en que el organismo vivo acechado será administrado y gestionado en el vivir y en el morir, no como individuos, no como súbditos, sino como población jerarquizada por una economía epidémica.

Palabras clave: biopolítica, enfermedad, racialización, precariedad, gobierno.

 

Abstract

This article reflects on the epidemic in light of the ever-current contributions of Foucauldian thought. We are now besieged by an invisible enemy, a virus that isolates us to, in turn, place us in the storm of the economic and health civil war. It is evident that the pollen that runs through neoliberalism and that permanently haunts life, now confronts us with disease, such an instrument of government that racializes and makes the subject precarious. The uniqueness of this epidemic and the forms of disease derived from it, lies in the fact that the living organism lurking will be administered and managed in living and dying, not as individuals, not as subjects, but as a population hierarchized by an epidemic economy.

Keywords: biopolitics, disease, racialization, precariousness, government.

 

Los pasos políticos de una epidemia  

La sonora condición que nos envuelve y que ha sido colocada en la palestra como la epidemia excepcional del siglo XXI, es la continuación de las compañías incesantes de la humanidad: las guerras y las enfermedades. Seguido de esta apreciación, nuevamente la premisa de maximizar la vida se renueva críticamente en la realidad social neoliberal porque la promesa de muerte se instala frente a la nuda vida como si fuera una novedad histórica.

Sin duda alguna, presenciamos un momento de gran riesgo por los desfases neoliberales que esta epidemia evidencia en los ámbitos de la atención y la fabricación del cuerpo “enfermo”, informados de las formas preventivas necesarias para evitarla se coaccionan las conductas y se fortalece las condiciones de posibilidad elaboradas previamente para tal efecto. Sin embargo, el serio cuestionamiento de análisis de la propia epidemia biológica es la biopolítica de la enfermedad.

Es decir, el mecanismo de gobierno que elabora los cuerpos diferenciados mediante los discursos, las técnicas de comportamiento y la cesura propia del mundo de los riesgos y los cálculos, de la inseguridad y las amenazas para conformar el sentido histórico de las técnicas del poder que gestionarán: ¿quiénes están destinados a vivir y quiénes a morir?

Esta pregunta se elabora desde la atmósfera de las nuevas subjetividades prefiguradas a partir de las actuales guerras civiles (de género, raciales, migrantes, indígenas). Estas nuevas guerras internas o no convencionales son instrumentos del gobierno neoliberal que interrumpen la solidaridad y se anidan en la defensa de los Estados-nación.

Se alimentan de la multiplicación del capital financiero, incluso ante enemigos invisibles y rápidamente constituyentes de los súbditos sacrificables de la deuda a pagar con la muerte interminable e infinitesimal como ha sido desde nuestra herencia colonial y poscolonial y que se materializa ahora en la epidemia del COVID-19.

Con la epidemia, asistimos al reavivamiento de los sentidos soberanos de la vigilancia y la excepción, además de la presencia nebulosa de la guerra que nunca se ha disipado con sus intereses por administrar la vida y la muerte como tarea directriz de las rutas neoliberales.

El COVID-19 da muestra de la:

[…] reorganización espacial de lo territorial [que propicia la aparición] de ‘microsistemas de poder relativamente autónomos’ […] en los cuales la administración de la vida y la muerte se da bajo ‘soberanías locales’ impuestas por los Estados […] a través de territorios controlados por redes político-sanitarias y pequeños grupos que operan con altas dosis de arbitrariedad y crueldad […], así como la presencia de redes asociadas a fracciones del Estado.[1]

Facultando con ello acciones de diferenciación como los criterios establecidos por Trump, quien anuncia la búsqueda de una vacuna y de medicamentos que respondan a las fronteras de la preferencia y mediante la racialización[2] de la enfermedad, salvar al pueblo americano.

Estas prácticas diferenciadoras y jerárquicas permiten definir que la ruta analítica de la epidemia se apega a la directriz foucaultiana de la caja de herramientas,[3] es decir al análisis crítico de la singularidad tanto política como territorial y sus variantes históricas, así como los efectos que la precariedad y la racialización provocan como expresión de la gubernamentalidad neoliberal y sus procedimientos actuales del hacer vivir y dejar morir.

Podemos advertir que desde la aparición de la epidemia se estableció una economía epidémica que acentuó el criterio de la vida y la muerte con valor de mercado. Sus criterios han consumado individualidades y sujetos consumidores aislados bajo criterios mercantiles de la validación disciplinaria para vivir y morir en las condiciones de posibilidad que esta guerra invisible configura.

Un Pólemos sigue su recorrido por el siglo XXI, se encuentra entre nosotros y los otros. No es una línea profética, sino una continua presencia entre la guerra y el Estado que jamás se ha dirimido. La guerra no está alejada, ni se separa nuca de la política. O en términos de Foucault la política no abandona la guerra aun cuando los enemigos sean invisibles. La política se basa en la revelación de las formas de dominación que persiguen el orden pese al costo de vidas otras.

La política y la guerra siempre luchan en contradicción como afirma Nadezhna. En este punto, la presencia del COVID-19, convoca a la reflexión crítica sobre la vida y la muerte de la población, no de personas sino del conjunto de procesos donde actúa la biopolítica como racionalidad política concreta y “arte de gobernar” sobre tales procesos.[4]

De esta manera asistimos a la comprensión de un refinamiento de la biopolítica ahora en el contexto de los dispositivos de seguridad sanitarios, un paso perfeccionado del hacer vivir como cálculos y tácticas para entrar a la política como gobierno de Estado (gubernamentalidad). El hacer vivir y dejar morir en el neoliberalismo específico de la sociedad mexicana podrá observarse con una epidemia de la racialización de la población que va a ser administrada en su vivir para y en su cómo morir.

 

La enfermedad a la luz del poder

Mirar la epidemia desde la gubernamentalidad es atender a la positividad de la actuación sobre la acción, el poder que actúa a distancia desde un individuo a otro individuo y define un “medio” o un “marco” o un “medio ambiente” característico de las sociedades neoliberales contemporáneas.

En este sentido, la vinculación de la guerra con los procesos de fabricación de la enfermedad, como asevera Lazzarato,[5] se “[…] declara por el Estado y por tanto la situación nacional y mundial se analiza y comprende”. Así entonces, la reflexión sobre la vida, la muerte, el sujeto, el cuerpo y el gobierno se problematiza con la siguiente precisión metodológicamente foucaultiana: “[…] la población, entre contagiados y sanos, no pueden ser vistos como sujeto o individuos sino como enraizamiento de la especie hasta la superficie de captura ofrecida a través del público” donde la epidemia cobra sus matices diferenciadores al connotarse como enfermedad y el poder político realiza la ficcionalización del sujeto enfermo.

La enfermedad representa un más allá del correspondiente deterioro de la llamada salud –ese equilibrio sistémico-discursivo que hay en el organismo vivo–, es la fabricación diferenciada del sujeto con el otro. El COVID-19 nos coloca nuevamente ante el enemigo y nos convoca al partisano actuar de la guerra. “La guerra civil es el libre juego de las formas-de-vida, el principio de su co-existencia [de estas guerras] exterior y, en el interior, no ignoran la disciplinarización autoritaria de los cuerpos”.[6]

Bajo la estela del poder la epidemia es potencialmente la expresión de la gubernamentalización del Estado, las formas de gobierno vinculadas a la vida y la muerte de la población. De esta manera, el análisis de los mecanismos de seguridad obedece a tecnologías que requieren para su operación securitaria de la muerte y la violencia:

La gubernamentalidad no solo significa incertidumbre económica, sino precisamente incertidumbre en el modo de vida y, por ende, en los cuerpos y en los modos de subjetivación de frente a la enfermedad [que racializa y precariza] bajo los efecto de una serie de mecanismos propios de las políticas públicas del Estado, por lo general políticas de desarrollo social neoliberal y de seguridad.[7]

Debemos advertir que en las formas de guerra no convencional, guerras biológicas aún no provocadas, otros brotes virales son igualmente imposibles de prevenir como derivas de la cesura que la epidemia ocasiona. En este tenor hablamos, de la precarización en tanto gubernamentalidad que permite problematizar las complejas interacciones de un instrumento de gobierno con las relaciones económicas insistentes en la explotación de esas vidas que deben vivir hasta el límite de su propia capacidad, así como con los modos de subjetivación en sus ambivalencias entre sumisión y empoderamiento.[8]

Estos elementos de problematización entre epidemia y precarización son posibles en las nuevas guerras internas dado que actúan eficazmente sobre las desigualdades al dejar morir, mediante políticas de muerte atravesadas por el dispositivo del miedo y las desigualdades fabricadas y necesarias para la imposición del orden.

La administración de la vida y la muerte en esta crisis sanitaria configuran el acontecimiento desde el que tal expresión no es sólo la de su dimensión biológica sino desde los posibles elementos aleatorios que las conducen de acuerdo al imperativo de la forma mercado-competencia en medio de la amenaza. Es decir, de la acción política del poder que determina los cuerpos como poblaciones elegidas.

En este sentido, podríamos incorporar el elemento reflexivo que hace de la guerra más que una amenaza al Estado es un proceder, una tecnología de gobierno que decide sobre la vida y la muerte mediante la intervención de lo diferenciable.

TOMADA DE IZQUIERDA DIARIO

Esta intervención se prefigura por el poder de definir las formas de gobierno securitario así como las instancias de atención al hecho social que son “[…] parte constitutiva de las fuerzas de control social”[9] que despliegan las instituciones diversas permitiendo el análisis histórico desde la singularidad de las vidas y las muertes en el entorno específico neoliberal.

La guerra y las enfermedades son el ámbito de la acción en la muerte sobre los individuos, sobre la acción del individuo, y no directamente sobre el individuo, atendiendo a que la acción no es reductible al mismo, no es éste el origen absoluto de su posible contagio, enfermedad y muerte. Por tanto los dispositivos actúan “sobre las reglas del juego, no sobre el juego mismo”: ¿Cuál es la regla del juego de esta enfermedad?

Esto hace posible apreciar el continuum de los dispositivos de maximización de la vida (biopolítica) y del lado oscuro de la misma como la potenciación de la muerte (prácticas de gobierno necropolíticas) propios de la soberanía. Este conjunto de técnicas ejercidas por las instituciones operando diferenciación y clasificación refieren a la centralidad del arte de gobernar en el tiempo neoliberal como forma de gobierno de los hombres por otros hombres. Una intervención permanente sobre la conducta a través de la guerra sanitaria que implica “relaciones de poder, racionalización y centralización”.[10] He ahí las reglas entre la vida y el mercado dadas por la guerra como forma de gobierno.

La gubernamentalidad neoliberal en el ámbito de la epidemia y la guerra[11] es una respuesta a las formas de mercado-competencia donde la libertad forma parte de las condiciones de posibilidad generada desde los dispositivos de vigilancia para hacer de ésta un entorno a la vez de control y diferenciable en los criterios de cálculo y riesgo de acuerdo a los individuos.

Siguiendo el hilo de Katzer,[12] se pueden apreciar en la “trama textual/narrativa y organizacional” de la guerra contra los virus dimensiones de la gubernamentalidad bajo la economización del poder y la ampliación de tecnologías de gobierno que representan la matriz moderna de la individualización como forma de poder pastoral.

En el ámbito de reflexiones de Isabell Lorey, podemos dar cuenta que la expresión de poder pastoral en la presente epidemia es la expresión de gobierno con matices de precarización, es decir la vida y la muerte sigue el proceso de diferenciación posible con la manifiesta potenciación de la incertidumbre y exposición al peligro, y que abarca la totalidad de la existencia, los cuerpos, los modos de subjetivación.

Sin distanciarnos de Lorey, este poder neoliberal de la epidemia se materializa en la amenaza y la constricción, donde la precarización significa vivir con lo imprevisible, con la contingencia de una enfermedad que marca las diferencias. La enfermedad es la construcción discursiva del cuerpo políticamente definido.

Hoy, frente a la epidemia de un virus como enemigo, lo precario se desarrolla y se centra en el concepto de «gobierno». Esta aportación de Michel Foucault muestra que las prácticas «occidentales» de gobernar pueden remontarse genealógicamente al poder pastoral cristiano. Con la epidemia se erige el «arte de gobernar» en la gubernamentalidad moderna que remite a las técnicas sobre los seres humanos, y no sobre las cosas o sobre los territorios.

Asistimos a demandas de seguridad solicitadas por los mismos individuos que ante la inseguridad y formas de individualización específicas se aceptan en una trama de libertad conjurada frente al otro cuya vigilancia ya no tiene límites. El peligro de morir, de abandonar nuestro cuerpo, permite y configura una individualización que con el aislamiento demanda sujetos a lograr arreglos por relaciones imaginarias consigo mismos, con el «propio» interior, y, sólo en un segundo lugar y en menor medida, con arreglo a relaciones con los demás, apunta Lorey.[13]

Sin embargo, esa interioridad, esa autorreferencialidad, no es ninguna expresión de independencia, sino el elemento decisivo de la relación de obediencia pastoral. Lorey, siguiendo a Foucault, nos permite entender que en esta condición pandémica el poder pastoral experimenta una transformación fundamental: “[…] las leyes a las que uno debía someterse […] son las leyes dictadas a sí mismo por el otro”.

Sin abandonar a Lorey:

Es posible afirmar que la obediencia exige modalidades de subjetivación colocadas en la ambivalencia entre autodeterminación y sometimiento, entre autoformación y obediencia, entre libertad y servidumbre. Para el ciudadano moderno rige lo siguiente: en la medida en que las circunstancias sociales y políticas, así como la propia vida, son percibidas como maleables e influenciables por las propias (co)decisiones, los ciudadanos ―al creer en la soberanía, la autonomía y la libertad colectivas y, por ende, también en la propia― se someten voluntariamente a las circunstancias sociales como el encierro, la individualización [y la diferenciación de los enfermos como mecanismos de racialización].[14]

Como se afirma, en este singular entorno la trama de análisis es posible desde la racialización y la precarización como dispositivos de gobierno en el seno de la epidemia, en la que las razas (no como categoría biológica, sino como categoría política) en enfrentamiento aluden a la supraraza, la “Nación” y la subraza, las expresiones heterogéneas de la población a las que hay que administrar mediante la interminable muerte de las epidemias por venir. Mediante la máquina de guerra.

Es decir, la vida como muerte incesante en la competencia de la guerra es la sobrevivencia infinita, el constante “se muere” que Blanchot, Foucault y Deleuze advierten como principio de control y orden de la vida de la población. Es decir, no es una guerra entre microbios, virus y seres humanos, es una guerra contra el pueblo en su diferenciación para la vida y la muerte.

 

La guerra: no solo es muerte, administra la muerte.

Los medios han ejercido el papel preponderante del anuncio del porvenir, las redes son el criterio incuestionable de la dirección de las acciones de los individuos, tales voces que claman en el desierto han asumido su vocería como verdades que engrandecen sus finanzas y en medio de la epidemia los contagios entre ellos son de riqueza y control social. Califican de atinadas las formas de control y aislamiento social, y califican de desatinadas las medidas de reducciones económicas y continúas pérdidas bursátiles.

TOMADA DE EL INDEPENDIENTE

Como afirma Nadezhna, si bien la decisión política implica que hay un enemigo, la existencia del enemigo supone una situación polémica en la medida en que puede matarme y; sin embargo, estoy en condiciones de hacer (o no) la guerra, es absolutamente imposible hablar de política sin hablar de guerra, donde la imposibilidad de pensar en política sin llamar a la guerra es tan obvia.[15]

Esta posición de tintes innegablemente schmittianos es punto de partida para una epidemia en que la muerte y el enemigo son uno, aunque no para todos y por todos.

En consonancia podemos advertir que el control de la epidemia es mediante prácticas de diferenciación, con técnicas de gobierno racializadas mediante las cuales se administra la vida y la muerte de estas subjetividades subalternas, para retomar la connotación de Spivak.[16] Estos mecanismos de gobierno dan como respuesta el afrontamiento del afuera mediante lo que Deleuze “[…] denomina los pliegues, esas invaginaciones que la población de contagiados, enfermos y destinados a morir hacen para enfrentar el espacio de lo irrespirable y lograr las posibles bocanadas de aire”[17] de los ventiladores que tienen rostros y nombres identificados.

Un hilo de vida siempre escapa y se convierte en una posibilidad otra. El clivaje es el refinamiento del poder que no abandonará la soberanía y la disciplina, pero que destacará cómo el peligro estará en el interior de la sociedad. Es la mirada de una guerra que no es entre naciones sino hacia la seguridad de una sociedad amenazada desde su interior por una presencia peligrosa, una presencia de posibles contagiados y de contagios racializados y confinados a geografías racializadas desde la noción de la peligrosidad.

Por tanto, esta racialización a la vista de la genealogía del racismo; que ya Michel Foucault venía desarrollando y que se aprecia claramente en su trabajo sobre “la psiquiatría, los anormales y las purificaciones étnicas”,[18] es posible construirla como ruta de análisis entre los infectados del COVID-19.

Así entonces, la racialización y la salud, desde la lectura foucaultiana, funcionan como dispositivos que tienen la “[…] característica de constituirse al interior de un juego de relaciones de poder, […] consiste en responder a una urgencia histórica concreta, por ello, frente a un determinado problema, potencia o bloquea relaciones de fuerza con claros efectos en el orden del saber”.[19]

De tal manera que las formas de administración de la vida y la muerte, implican escrutar sobre los cuerpos de quiénes mueren y cómo mueren vinculados a los criterios epidemiológicos de la viglancia y la diferenciación. Desde Alliez y Lazzarato podemos sugerir que “[…] la guerra [y la enfermedad] se entrelazan al develar que vivimos instalados en una serie de guerras continuas de clase, raza, sexo y género; de guerras del medio ambiente contra la civilización y de guerras de subjetividades que fragmentan a la población”.

Sostienen que:

La guerra no es un acontecimiento periférico o residual, sino que constituye el motor secreto de la gobernanza neoliberal […]. La paz y la guerra se disuelven así en un continuum en el que la forma de la violencia cambia, pero el impacto de su ingeniería social se multiplica al articularse en un diseño integral de sometimiento y explotación. De este modo, muta el concepto de guerra, también el concepto de política en esta época de alta tolerancia a la muerte y la violencia. Alliez y Lazzarato plantean releer la historia del capital a través de la guerra en sus manifestaciones múltiples y plurales, y se interrogan por el rol del arte en estas nuevas batallas.[20]

Así, entonces, es posible que las guerras sanitarias se manifiesten también bajo criterios de racialización, como nos indica Mora, al comprender que en este sentido las acciones de dichas formas de gobierno neoliberal se manifiestan con mayor profundidad en las condiciones sociales detrás no solo de eventos dramáticos […] sino de eventos cotidianos menos visibles, forman parte de prácticas estatales. La racialización es el efecto de una serie de mecanismos que se encuentran en las políticas públicas del Estado, por lo general políticas de desarrollo social neoliberal y de seguridad, que engendran cuerpos devaluados y deshumanizados […] formas racializadas de gobernanza que operan sobre geografías concretas cuya población es a su vez construida, en potencia, como desechable.

La epidemia tiene su existencia en el matar, el virus es invisible como enemigo y se hace visible a partir de la muerte de los otros, no desde mi muerte. El contagio opera en condiciones diferenciadas, lo que en México puede ser observable en las geografías racializadas, por consecuencia su existencia organiza la cesura entre los sujetos. Esta organización y administración se hace mediante la enfermedad sintomática, es ésta la que configura amigos y enemigos visibles en el seno de la guerra epidemiológica.

En este sentido, el enemigo puedo ser, soy yo mismo, son mis manos, son mis ojos, es mi boca, es el potencial de mi propia muerte y la potencia de mi propia vida condicionada al aislamiento de mi propio ser. La condición de amigo, la existencia del otro, solo es palpable desde la “sana” distancia, su existencia óntica en un radio de 1.5 metros. La amistad se convierte en el riesgo a dominar y solo existe en el mecanismo de los unos contra los otros.

La enfermedad producto del COVID-19 es una operación de guerra sobre las formas de vida y sobre los modos de existencia. Es la técnica que fragmenta no solo desde la necropolítica como muerte de los cuerpos, es una muerte más profunda, supera la dimensión orgánica, va hacia la muerte de las ideas, de los sentimientos, de las posibilidades de mundos otros, de la muerte de puntos de vista, de modos de vida que se exterminan antes de la forma misma del desequilibrio orgánico.

 

Bibliografía

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Notas

[1] Calveiro, P., Resistir al Neoliberalismo. Comunidades y autonomías, ed. cit.
[2] Es menester interrogar la forma en que la guerra contra las epidemias se configura como problema social. Por consecuencia la vida, la muerte, la guerra, la precariedad y la racialización son manifestaciones de un conjunto de “prácticas discursivas (o no discursivas) que hacen que algo entre en el juego de lo verdadero y de lo falso y lo constituye como objeto para el pensamiento (reflexión moral, conocimiento científico, análisis político, etc.)”. Foucault, M., Estética, Ética y Hermenéutica, ed. cit., p. 371.
[3] “El pensamiento se presta a múltiples controversias, y en estas se configuran posturas foucaultianas […] Foucault caracteriza su trabajo como Caja de herramientas. Entender la teoría como una caja de herramientas quiere decir: que no se trata de construir un sistema sino un instrumento, una lógica propia a las relaciones de poder y a las luchas que se comprometen alrededor de ellas; que esta búsqueda no puede hacerse más que poco a poco, a partir de una reflexión (necesariamente histórica en algunas de sus dimensiones) sobre situaciones dadas”. Cruz, J. I., “El pensamiento de Michel Foucault como caja de herramientas”, en: Discusiones Filosóficas, Año 7 Nº 10, Enero–Diciembre, 2006. pp. 183–198.
[4] Castro-Gómez, Historia de la gubernamentalidad I. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault, ed. cit., p. 63.
[5] Lazzarato, M., Políticas del acontecimiento, ed. cit.
[6] https://tiqqunim.blogspot. com/2013/03/introduccion-la-guerra-civil.html
[7] Mora, M., “Racismo y criminalización en México. Reflexiones críticas desde la montaña de Guerrero”, ed. cit., p. 276.
[8] Lorey, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, ed. cit.
[9] Domínguez, R., H. NACIÓN CRIMINAL. Narrativas del crimen organizado y el Estado mexicano, ed. cit., p. 8.
[10] Katzer, M. M. L., “Colonialidad/modernidad como matriz de subjetivación étnica: lecturas desde la crítica biopolítica, el pensamiento de la comunidad y la deconstrucción”, ed. cit., p. 163.
[11] Éric Alliez y Maurizio Lazzarato, precisan que la máquina de guerra del capital que, al inicio de los años setentas, ha definitivamente integrado al Estado, la guerra, la ciencia y la tecnología, enuncia claramente la estrategia de la mundialización contemporánea […] atacando por todas partes y por todos los medios las condiciones de realidad de la relación de fuerzas que esté le había impuesto. Una infernal creatividad será desplegada por el Proyecto político neoliberal para fingir dotar al “mercado” de cualidades sobrehumanas de information processing: el mercado como ciborg último. Alliez E., y Lazzarato, M., Wars and Capital, ed. cit. pp. 27-28.
[12] Katzer, M. M. L., “Colonialidad/modernidad como matriz de subjetivación étnica: lecturas desde la crítica biopolítica, el pensamiento de la comunidad y la deconstrucción”, ed. cit.
[13] Lorey, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, ed. cit.
[14] Lorey, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, ed. cit.
[15] Nadezhna, T. M., “La politique, la guerre et la mort” en https://www.academia.edu/21849682/
[16] Spivak hace referencia al status del sujeto subalterno quien, si bien físicamente puede hablar, no goza de una posibilidad de expresarse y ser escuchado. El término de subalterno se refiere específicamente a los grupos oprimidos y sin voz; el proletariado, las mujeres, los campesinos, aquellos que pertenecen a grupos tribales […] el sujeto subalterno no puede hablar porque no tiene un lugar de enunciación que lo permita. Esto sucede también con los enfermos en el sentido descripto en el presente texto. Giraldo, S., “¿Puede hablar el subalterno? Gayatri Chakravorty Spivak,” Nota Introductoria, en Revista Colombiana de Antropología, ed. cit., p. 337.
[17] Deleuze, G., La subjetivación: Curso sobre Foucault III, ed. cit., p. 23.
[18] Díaz, S., Foucault y Veyne: Los usos del “acontecimiento” en la práctica histórica, ed. cit., p. 234.
[19] Vega, G., “El concepto de dispositivo en M. Foucault. Su relación con la ‘microfísica’ y el tratamiento de la multiplicidad”, ed. cit., p. 140.
[20] https://www.museoreinasofia.es/actividades/eric-alliez-maurizio-lazzarato-guerras-capital