Revista de filosofía

El problema de la identidad nacional. Recordando a Bolívar Echeverría

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El problema de la identidad nacional. Recordando a Bolívar Echeverría

Mi relación con Bolívar, así le decíamos todo un grupo de sus estudiantes, algunos discípulos, en el sentido doctrinario, y entre ellos me cuento yo, siempre fue bastante externa, aunque supongo que hasta el final gocé de una opinión de aprecio intelectual por su parte, a pesar de nuestro desacuerdo respecto del Peje, ya en 2006, el cuál luego llegaría a ser presidente de México, porque él era pejista, mientras que yo sigo siendo crítico radical del Peje. Bolívar – así lo interpelaba yo cuando hablábamos privadamente y después regresaré a esto – tenía, por supuesto una gran cantidad de “fans”, lo cual resulta normal porque en el ambiente radicalizado de los 80, cuando fui su alumno discípulo, él presentaba una notable doble ventaja para todo joven estudiante ansioso de derrumbar al capitalismo, así fuera solo en México. La primera ventaja era una lectura muy sistemática y profunda de El Capital, de Marx. La segunda era un conocimiento muy amplio del marxismo más sofisticado.

 

 

Dejando de lado múltiples aproximaciones muy suyas y brillantes al texto de El capital, señalaré solamente cuatro de ellas. La primera era una lectura muy cuidadosa y sofisticada de la teoría del valor trabajo, que se expresaba sobre todo en su distinción de los tipos de plusvalor, en especial del plusvalor relativo, cosa en la que no me detendré aquí. La segunda era el acento en la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso. Esta diferencia ha servido para que discípulos destacados de Bolívar desarrollen amplios discursos en términos de “crítica de la economía política” y de la “enajenación capitalista”, expresiones ambas que remiten a un tercer aspecto central en la exégesis bolivariana de El capital y que, están en el centro de la posterior teoría del propio Bolívar sobre el múltiple ethos de la modernidad en su relación con el capitalismo, asunto que tampoco desarrollaré aquí. El cuarto aspecto que me interesa subrayar en la aproximación de Bolívar a El capital es el de la ley general de la acumulación capitalista, hacia el final del primer tomo de la obra, capítulo 23. Justamente tal ley general de la acumulación capitalista, prediciendo la caída final del sistema económico y social del mismo nombre, junto con la teoría de la enajenación y la noción de crítica de la economía política, le servían a Bolívar para establecer un puente entre Marx y una pléyade de teóricos marxistas de primer orden. Sin dudan en primer lugar hay que mencionar al Georg Luckács (enajenación) y a Karl Korsch (crítica de la economía política), a continuación podemos nombrar a Henrik Grossman (Ley de la acumulación y del derrumbe del sistema), a Natalia Moskowska y a Paul Mattick.

 

En otras palabras, Bolívar era otra dimensión respecto de lo que se suele llamar el marxismo vulgar, de inspiración soviética, trotskista, maoísta o castro guevarista. Todo el que en esos años quisiera estudiar marxismo en México tenía que ir a los cursos de Bolívar, los cuales eran, entonces, algo entre centro de culto teórico y de peregrinaje de discípulos avispados. Claro, Bolívar incluía entre sus referencias a muchos otros autores, como Freud o bien el lingüista Roman Jakobson (entre otros lingüistas), a Sartre y, en particular, hacia el final de mis años de discipulado con él, al para mí entonces más que misterioso Martin Heidegger. De hecho, me enteré de la existencia de tal figura justamente por Bolívar, en arcanas y crípticas referencias hacia el sujeto llenas de profundo respeto por parte de Bolívar.

 

Sin ser en principio nada especial entre los muchos y brillantes “fans” de Bolívar resultó que hice con él mi tesis de maestría en economía sobre la “Teoría marxista del desarrollo capitalista”, en la cual la teoría de los tipos de plusvalía, de la relación entre valor de cambio y valor de uso y la le ley general de la acumulación capitalista tuvieron un papel central. Dado que hace ya años que dejé de ser marxista y que no he vuelto a esos lares discursivos más que muy, muy tangencialmente y a desgano, no me acuerdo realmente qué era lo novedoso pero sí recuerdo que hice gran uso con pretensiones innovadoras de la diferencia entre valor de uso y valor de cambio: el desarrollo capitalista era, en síntesis, el proceso global y omniabarcante de la subsunción real del valor de uso al valor de cambio que empezaba con la manufactura capitalista y la expulsión del campesinado de la tierra feudal en Europa. Relato esto porque tal tesis contribuyó a generar una buena relación de maestro a alumno entre Bolívar y yo, lo cual fue central para que Bolívar me facilitara el contacto con una gran personalidad del movimiento estudiantil alemán del 68, al cual Bolívar estuvo ligado en sus años berlineses. Se trata del aún activo Bernd Rabehl, quien desde más o menos 1998 derivó al nacionalismo germano y hoy se le tacha de ser parte de la “ultraderecha” alemana. En cualquier caso, Bernd, con quien conservo mi amistad y a la sazón fue uno de los sinodales de mi tesis de doctorado presentada en la FU-Berlin en 1994, fue la segunda figura del muy radical movimiento estudiantil alemán del 68 al lado de la figura máxima, Rudi Dutschke, quien sufrió un atentado a balazos en abril del mismo 1968 y a consecuencia tardía del cual moriría 11 años después.

 

 

En algún momento por ahí de 1978 o 79 decidí que quería yo ir a Berlín a estudiar filosofía para para fundamentar más sólidamente mi marxismo, obviamente siguiendo los pasos de mi maestro Bolívar. Por interpósita persona, Bolívar me consiguió el contacto con Bernd Rabehl y en 1984 conseguí una beca mixta – también le decían “sándwich” – del DAAD (Deutscher Akademischer Austauschsdienst) y me fui a Berlín a estudiar economía bajo la dirección conjunta de Bolívar y del sociólogo Bernd Rabehl, lo cual, claro, presentaba diferentes problemas formales porque yo quería doctorarme ya no en economía sino en filosofía, pero fueron dificultades que pude vencer gracias a la generosidad y liberalidad de Bernd, quien me apoyó sin reserva alguna hasta que conseguí, 5 años después, inscribirme como estudiante de filosofía en el Philosophisches Institut de la Freie Universität – Berlin (a partir de ahora FU-Berlin).

 

La beca mixta era por un año, es decir, cubría solamente los semestres de verano de 1985 y de invierno 1986, y en ese año Bolívar fue a Berlín – todo pagado por el DAAD – a cubrir su parte de asesoría de mi trabajo a Berlín. Ahí le informé que el proyecto de tesis en economía – yo tenía mi maestría con Bolívar en economía – en realidad estaba durmiendo el sueño de los justos y, con la aprobación de Bernd, yo había empezado el verano de ese año a estudiar nada menos que al obscuro, arcano y cuasi divino Heidegger, y que pensaba hacer mi tesis de doctorado en filosofía sobre él, lo cual impresionó muy profundamente a Bolívar. Para empezar se trataba de Heidegger, nada menos que del cuasi gurú universal Heidegger, de hecho, hace muy poco me enteré con cierta sorpresa de que Bolívar inició su experiencia germana yendo a Freiburg como jovenzuelo precoz deseoso de estudiar con Heidegger, pero al llegar se encontró con que el sujeto ya estaba completamente retirado y apenas después de eso Bolívar migró a Berlín. Nótese, entonces, que yo, y nunca lo supe hasta hace apenas semanas, estaba cumpliendo en mi persona algo conexo con el sueño juvenil de Bolívar de estudiar con Heidegger. Por supuesto, cuando yo me empecé a asistir al Philosophisches Institut de la FU-Berlin, Heidegger ya no solo estaba retirado sino en la tumba desde unos años antes, pero el arreglo astral fue el siguiente.

 

Yo llegué deseoso de estudiar marxismo y filosofía que tuviera que ver con el marxismo, claro, Hegel y por lo menos también Kant. Sin embargo, para mi sorpresa como decidido subversor del orden social capitalista – nadie se ría, en mi haber tenía una militancia política dura, con un par de huelgas obreras históricas en México y con trabajo como obrero en una fábrica metalúrgica –, al llegar a Berlín y buscar cursos me di cuenta de que no solo en Berlín sino prácticamente en toda Alemania, a punto menos que nadie le interesaba el marxismo. Piénsese que, contrastantemente, en ese entonces en la Facultad de economía de la UNAM, donde yo mismo di clases sobre El capital varios semestres, había no solo los cursos de El Capital del 1 al 7 sino mucho más marxismo, era en gran parte la facultad de marxonomía y ahí se incluían los cursos de mi admirado maestro Bolívar. Solamente a un obscuro y dictatorial profesor en Berlín llamado Wolfgang Fritz Haug le interesaba el marxismo en Alemania, el cual, en la primera y única sesión suya a la que asistí, y dejando de lado su abierto autoritarismo, me pareció muy inferior a Bolívar, por lo que nunca volvía a pisar uno de sus seminarios o lecturas. No había luchado varios años por obtener la beca alemana y empeñádome en estudiar alemán para dejar a Bolívar e ir a estudiar con alguien claramente inferior a él.

 

Sin embargo, en medio de mis desorientación se dio la casualidad de que en ese mismo mi primer semestre en la FU-Berlin nada menos que el profesor Michael Theunissen, una de las dos estrellas filosóficas de dicha universidad ofrecía un curso sobre nada menos que la obra cumbre de Heidegger, El ser y el tiempo, un curso prometedor porque estaba anunciado para todo el año, es decir, cubriría dos semestres y, además, además, el famoso Theunissen era discípulo directo de Heidegger. Así, la situación era que no había marxismo y mi maestro Bolívar tenía un profundo respeto por Heidegger, pero sí que había un curso sobre el mero mole heideggeriano, El ser y el tiempo, e impartido por un destacado discípulo heideggeriano, peso pesado en el universo filosófico alemán del momento y, junto a Ernst Tugendhat, uno de los dos rock stars filosóficos berlineses. Al informarme de todo eso pensé para mi: Nichts wie hin! (¡nada como ir ahí!). La lectura de Theunissen —Vorlesung, no seminario—, en uno de los auditorios magnos de la FU, estaba concurrida de bote en bote, como dice la cumbia del santo y el cavernario. Me sentía yo reconfortado de ir a algo “grande”, con un grande, y guiado por el respeto de mi gran profesor Bolívar … definitivamente estaba yo bien. Por fin estudiaría a ese misterioso sujeto al que Bolívar le tenía un respeto reverencial.

 

Más o menos al mes y medio del curso de Theunissen, al que asistía yo con avidez cuasi revolucionaria, sin tener al principio ni la más mínima idea sobre el sujeto Heidegger, me convencí de que la famosa ontología heideggeriana del ser ahí (Dasein) no tenía nada que ver con el ser humano y sí con un germanismo profundo, con un sesgo cultural para mi muy extraño, que me dejaba ver que yo como mexicano no me reconocía en lo absoluto en la ontología del ser ahí. Bueno, el chiste es que Heidegger me resultó tan insoportable que decidí que quería hacer mi tesis de doctorado criticando la ontología heideggeriana del Dasein.

 

 

Justamente todo lo anterior fue lo que informé a Bolívar cuando se apersonó en Berlín a dirigirme. Por supuesto, yo estaba muy necesitado de orientación y muy deseoso de que Bolívar me explicara qué con Heidegger. Lo cierto es que en realidad no me dijo nada relevante, pero sí quedó muy impresionado con que estuviera yo estudiando a Heidegger con Theunissen. No sé qué pensó en ese momento sobre mi intensión crítica contra Heidegger como representante de un particularismo germano radical, pero sí sé que el asunto le interesó mucho. Ahora bien, es importante saber cuál es el vínculo de todo lo anterior con las enseñanzas de Bolívar en México. Se trata de un vínculo no meramente tangencial con una parte de la teoría marxista de Bolívar que hasta donde sé, no ha sido retomada por ninguno de sus discípulos o estudiosos, a saber, el asunto de la cuestión nacional, una en la que los alemanes han sido expertos vitales sobresalientes por lo menos desde el idealismo alemán, incluyendo a las tres figuras centrales, Hegel, Schelling y Fichte, pero que se retrotrae hasta los estudios filológicos de Hamann y literarios de Herder.

 

Ocurrió que en uno de sus seminarios con “temas escogidos del marxismo”, ya no sobre El capital, sino sobre los autores marxistas arriba señalados, entre otros, un día Bolívar planteó el tema de la cuestión nacional, el cual me impresionó profundamente. Como buen grillo y agitador marxista, en mi “organización” estudiaba mucho a Lenin. En particular yo mismo le había dedicado gran atención al opúsculo de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo. Como otras obras de Lenin, la tenía yo subrayada y con anotaciones por todos lados. El texto era un artículo de fe que explicaba lo terrorífico, lo simplemente terrorífico sin más, a saber, que el gran proletariado europeo, ese formado bajo la férula de Marx y Engels en la primera y la segunda Internacional socialistas, que se había formado durante varias generaciones a partir de la revolución democrática de 1848 en Alemania, ese proletariado europeo global, de hecho con la guía moral y el ejemplo práctico del proletariado alemán, que había recibido el famoso Programa de Gotha y al que, de una manera u otra seguían y emulaban los demás proletariados europeos, el francés, el inglés, como los más maduros, pero también el ruso, el austrohúngaro, el serbio, el italiano, etc., ese proletariado que había crecido, desarrollando su conciencia de clase, que se había organizado de manera ejemplar, ese proletariado, en vez de darle el golpe fatal al capitalismo europeo, un capitalismo maduro, desarrollado plenamente, se lanzó alegremente a la degollina mutua en la Primera guerra mundial. Los polos de la confrontación de clases eran el capitalismo europeo y los grandes, poderosos y organizados proletariados europeos, con poderosísimos partidos obreros y sindicatos, pero hete aquí que en vez de al asalto final contra los bastiones capitalistas, los proletarios se lanzaron unos contra los otros, especialmente el alemán, el proletariado modélico, con gran entusiasmo y germana determinación. Merece mención especial el entusiasmo bélico en Alemania cuando estalló la Primera guerra —Bolívar no lo tocó en esas sesiones para mi luminosas, lo averigüé yo ya en Alemania estudiando el fenómeno Heidegger—, donde las novias y las familias iban a despedir a los soldados que se dirigían al frente con flores y bandas musicales, como si fueran niñas fifí mexicanas de hace décadas en su viaje de 15 años a Europa. No podemos aquí dedicar atención a tal entusiasmo germano con la guerra y sus raíces que se remontaba a la historia de la constitución nacional alemana no en revoluciones sino en guerras, nada menos que guerras nacionales y no otra cosa, contra Dinamarca, contra Austria y contra Francia. Alemania se lanzó alegremente a la Primera guerra mundial con el a priori —marco cognitivo— de la constitución del pueblo alemán en la guerra.

 

En algunas sesiones del seminario discutimos la explicación de Lenin, a saber, que el proletariado en efecto tenía una gran madurez y una gran fuerza, pero que el imperialismo había hecho una rapiña monstruosa del mundo entero y que con eso había acumulado ganancias inmensas, tan inmensas que le daban para comprar, nada menos ni nada más, que para comprar a lo que Lenin denunciaba como la aristocracia obrera. Los líderes obreros sindicales y partidarios en toda Europa y en los Estados Unidos se habían alineado con los intereses burgueses y, en los casos correspondientes, habían votado los créditos de guerra nada menos y nada más porque habían sido comprados literalmente por la burguesía imperialista y, con ello traicionado al proletariado y este, engañado o algo así —no puedo revisar el opúsculo porque ya ni siquiera lo tengo—, había perdido de vista sus intereses de clase y había asumido los burgueses yéndose a la guerra proletariamente fratricida. Ese era el Kindermärchen, el cuento infantil, que inventó Lenin para explicar el estallido de la Primera guerra mundial en vez del gran y último asalto del proletariado europeo contra el capitalismo. Es decir, business as usual: cuando la revolución no ocurre es porque el proletariado bueno ha sido engañado, pero de que sigue siendo bueno, el bueno de la historia, en tanto enemigo mortal de la burguesía, de eso, no queda duda.

 

Hasta ahí la explicación comunista oficial, asumida por supuesto por la Tercera internacional, ahora ya no como Internacional socialista sino como Internacional comunista, Comnintern, de la gran desgracia de la ocurrencia de la Primera guerra en vez de la tan ansiada y esperada revolución europea para la que el proletariado se habría preparado durante unos 60 años. Pues bien, así las cosas y revisando a Lenin, Bolívar nos dijo que tal explicación no se sostenía, por varias razones pero sobre todo, ahora lo digo yo así, ya no sé si Bolívar dijo también eso, pero por lo menos la idea de Bolívar se puede resumir así: resultó que los proletarios si tenían algo más que perder que sus cadenas, a saber, su identidad nacional, dicho modificando la frase final famosa del Manifiesto del Partido comunista de Marx y Engels. No fueron a la guerra por sus burguesías sino por su identidad como alemanes, franceses, ingleses, austriacos, rusos, serbios, turcos, montenegrinos, etc., etc. Lo alemán, lo francés, etc., cualquier cosa que eso fuera y sea, los unía a sus respectivas burguesías, ellos y ellas eran, a final de cuentas, la misma nación puesta en peligro por otras naciones. Dicho de otra manera, el marxismo había dejado de lado como si no fuera una realidad el problema capital de la identidad nacional. Los obreros alemanes se reconocían como obreros, pero antes que eso como alemanes, y lo análogo resultó cierto para todos los demás obreros. Bolívar lo explicó de varías maneras y a mi me resultó meridianamente claro el simplismo falaz de la pseudo explicación leninista. Como todos sabemos, el antiimperialismo latinoamericano es antes que nada nacionalismo, para empezar, para ya no hablar del comunismo mexicano guadalupano degenerado ahora como morenismo alusivo a “la virgencita”. Nunca escuché a Bolívar decir nada sobre el gran teórico del derecho fascista Carl Schmit, a quien admiro profundamente, pero la guerra generó la constelación schmitiana amigo – enemigo, donde el enemigo es aquel que pone en peligro mi ser, mi ser irrenunciable, mi ser alemán, ni ser francés, mi ser inglés, etc. No es nada personal, pero es el enemigo con el que estoy dispuesto a luchar a muerte porque no quiero renunciar a mi ser.

 

Por supuesto, Bolívar colocó en ese marco, de guerra nacional a muerte, la lucha entre la Alemania hitleriana y la Rusia —que no la URSS— estalinista. No lucharon como fascistas y comunistas sino como alemanes y rusos, a muerte, verdaderamente a muerte, en un enfrentamiento identitario de proporciones cataclísmicas, el más grande de la historia. Por eso Stalin apeló no al comunismo sino a la “madrecita Rusia”. Más claro, ni el agua. En la práctica, la Segunda guerra mundial repitió el horror proletario fratricida de la Primera. Nuevamente los proletariados alemán, inglés, francés, etc., no asaltaron el poder burgués, sino se degollaron identitaria y fieramente entre sí en conflagraciones nacionales que, por supuesto, arrastraron a la “patria del proletariado mundial”, la URSS. El asunto de la capa mental identitaria nacional es tan grave o, sin dramatizar, tan serio, que el gran proletariado alemán, a pesar de la pléyade de grandes teóricos socialistas y comunistas, que empezando nada menos que con Marx y Engels, pero incluyendo a Bruno Bauer, a Rosa Luxemburgo, a Karl Korsch, Henrik Grossman, etc., etc., supuestamente lo nutrieron, acabó básicamente de populacho fascista. El gran proletariado modelo pasó de entusiasta belicista alemán en la Primera guerra mundial a entusiasta fascista del Deutschland über alles, alles in der Welt, en la segunda. El problema, pues, no fue solamente la Primera guerra mundial, se repitió sin más en la segunda, haciendo añicos la ilusión del internacionalismo proletario.

 

 

Eso, el identitarismo, fue el marco que descubrí en poco tiempo en el seminario de Theunissen sobre El ser y el tiempo. Lo que transpiraba Heidegger era un conjunto de categorías y de actitudes mentales que no tenían nada de universales sino que eran, son, tributarias de elementos culturales alemanes muy profundos, en especial de la experiencia de la constitución alemana en la guerra nacional. Eso fue lo que le dije a Bolívar en Berlín, lo cual lo impresionó profundamente. Uno de sus alumnos de primera mano, conocedor de su teoría del la identidad nacional como algo desatendido de manera más o menos sistemática por la izquierda, venía a hacer un puente entre su teoría y Heidegger, su propio gurú ignoto, planteando la tesis de que Heidegger era un representante filosófico, tan radical como profundo y sofisticado, de la identidad nacional germana.

 

Eso fue en el primer semestre de 1986. Bolívar regresó a México, por supuesto, y volvió un par de veces a Berlín por razones diversas y siempre me encontré con él y mantenía un gran interés en mi trabajo de tesis de doctorado. Ya para 1990 logré que el otro filósofo rock star de la FU-Berlin, como Theunissen peso pesado en el ambiente filosófico alemán y gran amigo del propio Theunissen —de hecho, entre los dos controlaban dirigían el Philosophisches Institut de la FU—, fuera mi director de tesis sobre Heidegger. Desde el seminario de Theunissen sobre El ser y el tiempo, habían pasado cinco años, en los que yo me había dedicado a Heidegger así que, de una u otra manera ya tenía yo idea fundamentada sobre el asunto, cuando ahora Tugendhat por su parte ofreció una nueva lectura (Vorlesung) sobre El ser y el tiempo, insisto, cinco años después de la de Theunissen. Por supuesto, se trató de otro gran evento como aquel y necesitó también de otro auditorio máximo de la FU. A las dos o tres sesiones Tugendhat abordó el concepto de Dasein y yo intervine criticando su explicación. Como esperaba, en el breve intercambio verbal Tugendhat no entendió claramente mi posición, expuesta de manera insuficiente, pero yo llevaba, “casualmente”, digamos, cuatro o cinco cuartillitas con mi idea, se las ofrecí a Tugendhat al final de la sesión diciéndole que eso era lo que yo había intentado plantear, Tugendhat se las llevó y a la sesión siguiente al preguntarle si las había leído me dijo que sí, me preguntó para qué quería yo eso y le dije que para una tesis de doctorado sobre Heidegger, me preguntó quién era mi asesor, le dije que no tenía y acto seguido me ofreció dirigirme, a pesar de que en ese momento Tugendhat ya tenía cerrada la aceptación de doctorantes por saturación, dado que su retiro estaba cercano.[1]

 

En ese momento acabó prácticamente mi existencia paria en Berlín, trabajando sobre Heidegger sin asesor y sin ser doctorante en filosofía reconocido. Los colegas doctorantes hispanoamericanos con los que me reunía en la Mensa (el comedor universitario) me preguntaban qué hacía yo, les contestaba que una tesis criticando a Heidegger, ante tal desmesura, me preguntaban quién era mi asesor, les contestaba que no tenía, entonces me preguntaban dónde había yo estudiado filosofía, les contestaba que no había estudiado filosofía sino matemáticas y luego economía, entonces ponían una expresión rara pero callaban discretamente. Obviamente pensaban que estaba yo bastante loco. Sin embargo, Tugendhat me aceptó y a los pocos días, con su firma, pasé a ser formalmente alumno del Philosophisches Institut. Mientras tanto había yo vivido en una existencia dudosa en Berlín, porque oficialmente yo hacía un doctorado en economía, no en filosofía. Había logrado lo poco probable, que era un segundo y definitivo año de la beca mixta del DAAD, y como yo sabía que dicha beca terminaría pronto y yo apenas estaba en los inicios de mi insensato proyecto de criticar al monstruo Heidegger, había buscado otra beca y con el apoyo decidido de Bernd Rabehl la había conseguido, la de la Fundación Friedrich Ebert, del Partido socialdemócrata alemán, y en el momento en que Tugendhat me ofreció dirigirme se acababa mi tercer año de beca de la Friedrich Ebert. Lo importante de todo esto es que, como Theunissen, también Tugendhat había sido discípulo directo de Heidegger y, como aquel, tenía con Heidegger una relación crítica, más bien tortuosa, según el título de un texto famoso de Habermas, “con Heidegger contra Heidegger”.[2] En palabras llanas, ambos tenían una relación, quebrada, de amor y odio con Heidegger, pero el caso de Tugendhat era especialmente importante porque en sus años casi infantiles él y su familia judía huyeron del fascismo durante la guerra y se instalaron en Venezuela. Allá, la tía de Tugendhat, Helene Weiss, que había sido una de las varias judías estudiantes amantes de Heidegger, le había sorrajado en las manos a Tugendhat —así me lo dijo el propio Tugendhat— extensos manuscritos transcripción de numerosos seminarios de Heidegger del puño y letra de la tía. La buena de Helene había sido pues una de las numerosas fans de Heidegger del núcleo duro que se reunía después de los seminarios a completar y corregir los apuntes de las clases de Heidegger. Tugendhat me contó que al final de la guerra, a los 16 años había regresado a Alemania a estudiar con Heidegger, quién había perdido la venia legendi y por tanto no hacía más que eventos privados, a los que, reverencial, Tugendhat asistía y tenía la labor personal, encargada por el propio Heidegger, de poner los nombres de los concurrentes en los lugares correspondientes, lo cual llenaba de orgullo al joven aspirante heideggeriano de segunda generación. Tugendhat, pues, siguiendo los pasos de su tía, era un fan verdadero de Heidegger. Una de las razones por la que todo esto tiene importancia fue porque a poco de haber empezado yo a ser dirigido por Tugendhat, este me facilitó generosamente el acceso a los míticos manuscritos de la tía. Esto de míticos no es ninguna exageración. En esos años, inicios de los 90, estaba en proceso la edición de la obra completa de Heidegger, la famosa Gesamtausgabe, programada a algo así como 100 volúmenes, y los manuscritos de Helene Weiss junto con algunos otros, de otros de los fans directos presentes en los seminarios de Heidegger, eran una de las fuentes más importantes para la publicación.[3] En otras palabras, yo tuve acceso a textos que apenas al tiempo aparecerían publicados en la Gesamtausgabe. Por supuesto, tuve la oportunidad de informar de todo esto a Bolívar, cuya impresión por mi trabajo crecía. Si algo estaba ya claro es que mi visita a los dos semestres de Theunissen sobre El ser y el tiempo y mi estudio posterior para algo habían servido: nada menos que Tugendhat era mi primer Doktorvater y el factor de mi reconocimiento como estudiante de filosofía en Berlín, además de un pequeño trabajo como tutor en el instituto.

 

Ernst Tugendhat

 

Lo realmente importante de todo eso es que mi proyecto de tesis de doctorado seguía siendo el mismo, la crítica de Heidegger a partir de la convicción de que era un representante filosófico destacado de las teorías de la identidad nacional alemana, más aún, defensor de una filosofía protofascista. Para ese entonces había ya circulado extensamente el libro de Víctor Farías, publicado en 16 idiomas, en donde se establecía múltiples nexos biográficos entre Heidegger y “el movimiento” —el fascismo, claro, así se le decía, algo así como la 4T—. Pero además, después de 5 años de tortuosos estudios en que había yo leído cuanto había de Heidegger y que había yo ido a sus fuentes, especialmente a Husserl, y de tres o cuatro versiones fracasadas de mi tesis de doctorado —en total hice 8 o 9, ya no recuerdo bien cuántas—, tenía clara una cosa. Si bien Kant había ofrecido un esquema transcendental universal, el marxismo había ofrecido uno clasista, es decir, la conciencia de clase era una especie de a priori cuasi kantiano para constituir los objetos de la experiencia, pero no universal sino clasista. Así como esto, Heidegger era uno de varios teóricos germanos que ofrecían la idea de un a priori cultural, en este caso germano. En especial me parecían sospechosos los “existenciarios” de la facticidad, del ser-ahí-con, del habla, de la libertad como resolución desde la muerte, pueblo y del destino, por no decir nada de la posterior fijación heideggeriana con el lenguaje ya como dialecto y con el pueblo histórico. Claro, en ese tiempo, 1990-93, digamos, todavía me quedaba mucho por aclarar en el rompecabezas heideggeriano. Pero lo importante es que Bolívar escuchó dos o tres veces en Berlín mis avances con gran interés y, ciertamente, impresionado. Sabía que ser discípulo de Tugendhat en ese proyecto era garantía de seriedad en la empresa. Pero el asunto se hizo aún más serio en el sentido de plausible y respetable cuando nada menos que Theunissen aceptó ser el segundo Doktorvater de mi trabajo a invitación de Tugendhat. Como ya lo mencioné, eran muy buenos amigos a pesar de ser filósofos totalmente diferentes. Los Doktorväter garantizaban que mi trabajo no era una puntadilla cualquiera, parecía un proyecto no solo ambicioso sino tal vez loco, pero algo tenía para que los dos rock stars filosóficos de Berlín, pesos pesados de la constelación filosófica alemana del momento, y además discípulos directos de Heidegger, estuvieran implicados en el proyecto.

 

Por fin, en 1994 hice la defensa de mi tesis, sobre “El ser y el tiempo como fundamentación ontológica del particularismo político”, obteniendo la calificación de magna cum laude, con el incidente de que Theunissen y Tugendhat se dieron un agarrón ahí. Tugendhat mi propio primer Doktorvater quiso reprobarme, Theunissen, con quién yo había tenido un enfrentamiento serio en el segundo semestre del seminario de 1985-6, me defendió a muerte. Al final se votó y los otros tres sinodales, incluyendo a Bernd Rabehl y a Frau Prof. Dr. phil. Ursula Wolf, discípula nada menos que de Tugendhat, votaron con Theunissen contra Tugendhat y obtuve el grado de Doktor der Philosophie, magna cum laude, con votación dividida 4 a 1. Mi relación con Tugendhat se rompió y también la relación entre mis dos Doktorväter. Bolívar apareció al tiempo en Berlín y todo eso lo impresionó profundamente, le regalé un ejemplar de mi tesis pero nunca supe si la leyó, de todos modos no es una lectura de buró para nadie, ni para heideggerianos expertos, porque mi formación original es de matemático y en mi tesis formalicé la estructura de la “existencia” en algo así como 50 – 60 variables, desarrollada progresivamente en multitud de fórmulas cada vez más complejas de manera tal que para quien no esté acostumbrado al pensamiento formal, realmente formal, el asunto es impenetrable. En particular para heideggerianos puros que, con Heidegger, la traen contra la “imagen del mundo” y la calculabilidad matemática de la Technik. A esos, de plano, la matemática no solo no les gusta, sino que no se les da y, peor, los horroriza como Belcebú a un cristiano.

 

Todavía estuve algunos años en Berlín, en donde, entre otros, di yo mismo dos seminarios sobre El ser y el tiempo, el segundo de ellos en la misma aula máxima en que en 1990 Tugendhat había dado su lectura, ambos muy concurridos – alrededor de 60 u 80 asistentes – y exitosos. En 1997 me “fichó” la BUAP para su Maestría en Estética y Arte en proceso de formación, como coordinador, y ahí volví a encontrarme con Bolívar, pues yo fui nombrado coordinador del programa y Bolívar era nuestra adquisición profesoral más destacada como colaborador externo. El primer semestre estuvo con nosotros —después de 22 años yo sigo ahí— y tuvimos oportunidad de varios encuentros. Un día comíamos con la colega Ana María Martínez de la Escalera, en El colonial, y hablando sobre mi tiempo en Berlín le mostré una carta de Theunissen evaluando mi trabajo sobre Kierkegaard, dos artículos publicados, en donde Theunissen decía que mi trabajo sobre el danés estaba por encima de la media internacional, lo cual tiene relevancia no solo por haber sido Theunissen sino porque Theunissen se doctoró con una tesis sobre Kierkegaard, o sea, de que era un conocedor reconocido internacionalmente, lo era.[4] Al leer la carta, Bolívar dijo en broma pero casi con seriedad total que con esa carta ya tenía yo para llegar al panteón de los hombres ilustres. Esto viene a cuento porque Bolívar me reconocía como uno de sus alumnos más destacados, por lo menos con una carrera singular por haber logrado doctorarme sobre Heidegger con una tesis de 10 años con dos alemanes duros. De hecho, también hace muy poco me enteré de que Bolívar se doctoró en 1998 en la UNAM, cuatro años después que yo en Berlín. Eso me sorprendió mucho porque como su discípulo yo siempre partí de que Bolívar era doctor, pensé que su tesis la había presentado en Berlín y al buscarla, ya estando yo en Berlín, nunca la encontré. Como sabía que después de Berlín él se había ido a París, me quedé con la idea, inventada por mi, de que seguramente la había presentado en París.

 

Cuando fuimos colegas en Puebla o poco después, a más tardar en 1999, ocurrió que Bolívar estaba dando una conferencia, pero por alguna razón, ya no recuerdo cuál, tuvo que abandonar el recinto y dije que yo conocía su teoría de primera mano, que yo podía continuar la exposición, a lo que Bolívar asintió aliviado, no se si también gustoso, pero quiero suponer que sí. Un par de años después estuve entre los evaluadores del SNI de su obra y en la promoción resultante. Lo vi pocas veces más, la última en ocasión de un evento de filosofía política en la BUAP, en los primeros meses del 2006, donde comiendo en la Fonda Santa Clara discutimos, es decir, conversamos, ampliamente sobre el Peje y él me dijo que, sin duda, era un aventurero político, con lo cual yo estuve de acuerdo. Al final de la conversación le pregunté por quién votaría y, para mi sorpresa, me dijo que por el Peje. En esa misma comida, de manera personal, le informé extraoficialmente de su resultado positivo de la evaluación del SNI. Regresamos al evento, donde él tenía una conferencia magistral como clausura del mismo y mientras estábamos afuera esperando que se reuniera el público, llegó su mujer, Raquel, con la que nos habíamos visto juntos por lo menos una vez a mis regresos de Alemania en un desayuno entre nosotros, y por alguna razón Raquel me dijo sonriente y feliz que ella y sus hijos eran fanáticos del Peje, a mi lado izquierdo estaba Bolívar, a mi lado derecho ella y sus hijos, yo voltee a verla y secamente le dije que yo no lo soportaba. Raquel no pudo ocultar un gesto de sorpresa. Como fuera, Bolívar y yo quedamos de reunirnos alguna vez, pero ya nunca se dio.

 

En síntesis, yo debo parte fundamental de mi historia vital a la influencia de Bolívar. Si bien me alejé progresivamente del marxismo, en especial a partir de la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética, ambos en 1989-90, lo cierto es que fue su influencia, su modelo personal, lo que me llevó a Berlín a hacer mi doctorado, también fue su influencia lo que estuvo directamente en la base de que yo decidiera asistir al seminario de Theunissen sobre El ser y el tiempo en 85 – 86, central para mi historia intelectual. De la misma manera, el que Bolívar me sensibilizara para el problema de la identidad nacional no fue cosa menor para que yo captara el identitarismo protofascista de Heidegger, lo cual me llevó a mi tesis de doctorado en la que invertí 10 años. Lo cierto es que a pesar de mi alejamiento del marxismo y de la izquierda en su conjunto y mi giro hacia la derecha y el conservadurismo, Bolívar fue el factor decisivo en mi Werdegang, por lo cual le tengo un gran reconocimiento, además del respeto intelectual que siempre albergué hacia él. Finalmente, debo decir que en mi actual conservadurismo, la comprensión de los valores culturales, identitarios, como una magnitud real de la vida política y social toda, que la hace mucho más compleja de lo que la izquierda con su simplismo universalista o bien en su identitarismo oportunista de la “corrección política” se imagina, me ha llevado a revalorar el protofascismo de Heidegger como algo con mucho sentido filosófico. Tal comprensión de la cultura como magnitud real, se retrotrae a los días para mi gloriosos del seminario en que Bolívar criticó el simplismo de Lenin mostrando que los proletarios también tienen patria, si es que además tuvieran cadenas. A final de cuentas y dicho de manera simplificada, el a priori de la conciencia de clase[5] siempre palidece frente al a priori cultural y lingüístico sostenido por Heidegger, como lo muestra el auge actual de nativismo en Europa, Estados Unidos, Turquía, la India, etc. En caso de conflicto nacional, en el obrero chino uno puede ver al obrero, pero antes (a priori) ve en él al chino, en el empresario alemán uno puede ver al empresario, pero antes (a priori) escucha en él al alemán. Schmitiano heideggerianamente, a la hora del conflicto radical, el proletariado —y en general todo el mundo— resulta miembro de una identidad nativista lingüística antes que proletario o cualquier otra cosa. Como dice Heidegger en la página 384 de El ser y el tiempo en la edición de Niemeyer, en la lucha con base en la resolución para la muerte se revela el destino como (el acontecer de) el pueblo. Pueblo no mata carita, pero si mata proletario.[6] Heil Bolívar!

 

Notas

[1] Lo que ocurrió fue que previamente a su Vorlesung yo ya conocía algunas ideas de Tugendhat sobre Heidegger. En un una de sus lecciones Tugendhat explica que el Dasein es el hombre y muy atinadamente señala que ahí hay un salto semántico porque el hombre es un nombre con plural pero Dasein es un singulare tantum y no se puede substituir un término con una gramática por uno con otra. Ver Tugendhat, E., Selbstbewusstsein y Selbstbestimmung, 172, Suhrkamp, 1979. Yo ya conocía esa exposición de Tugendhat e incidí justamente ahí: Heidegger no tiene que ver con el hombre, con un universal, sino justamente con el particularismo del Dasein, excluyente, como lo señala el carácter exclusivo del adverbio ahí, uno de los muchos deícticos que Heidegger utiliza sistemáticamente para remitir en especial a la particularidad excluyente de la facticidad, como origen etnocultural. De humanismo, del hombre, nada. Esa observación donde yo ligué al Dasein con la exclusión de lo humano general fue lo que impresionó profundamente a Tugendhat, ya que él mismo fue el que señaló el argumento de la discordancia gramatical. Por supuesto, re, ligué mi objeción a que el Dasein fuera el hombre al “existenciario” de la Jemeinigkeit, que explícitamente prohíbe ver al Dasein “como ejemplar y caso de una especie” porque el Dasein, nos dice Heidegger, “(…) es este ente que en cada caso soy yo. (Sein und Zeit, 42, Niemeyer, Tübingen, 1976.) Todo esto lo explique en esas cuatro o cinco cuartillas ligándolo con otros existenciarios y le interesó profundamente a Tugendhat.
[2] Jürgen Habermas, Mit Heidegger gegen Heidegger denken. Zur Veröffentlichung von Vorlesungen aus dem Jahre 1935, in: Frankfurter Allgemeine Zeitung, 25. Juli 1953.
[3] https://oac.cdlib.org/findaid/ark:/13030/ft0h4n974f/ Añadiré que en algún momento Tugendhat me comentó que un fanático japonés de Heidegger le quería comprar algunos de esos manuscritos por miles de dólares, al final no supe si la transacción se realizó.
[4] https://www.amazon.com/-/es/Michael-Theunissen/dp/3495440305
[5] El habitus proletario, en el sentido de Pierre Bourdieu.
[6] La desarticulación de los imperios otomano y austrohúngaro, pero sobre todo de la URSS, de Checoeslovaquia y de Yugoslavia lo muestran palmariamente. Por encima de toda “hermandad” socialista o comunista, queda la comunidad etnolingüística y hasta religiosa. Lo mismo se muestra en Asia con la desintegración del Raj británico.