Revista de filosofía

La banalidad del mal en las especies animales

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La banalidad del mal en las especies animales

REY JUAN CARLOS I DE ESPAÑA

 

 Resumen

 Hannah Arendt define como “terroríficamente normales” aquellas personalidades que banalizan o menosprecian los efectos de un perjuicio completo entendido como mal. Su definición proviene del análisis sobre la figura de Adolf Eichmann y la respuesta insuficiente por su participación en el genocidio nazi. Este desinterés sistemático por la vida, visto con tranquilidad por el militar, ha estado presente en la vida humana como un hostis humani generis (enemigo de la especie humana), pero también como un hostis especies animalis (enemigo de las especies animales), ya que, a lo largo de la historia, la banalización del mal se ha mostrado como una actitud de menosprecio hacia la vida y los derechos de las especies animales en orden de satisfacer necesidades y rituales antropocentristas.

Palabras clave: banalización del mal, hostis especies animalis, hostis humani generis, crueldad animal, tráfico de marfil, zoogonía.

 

Abstract

Hannah Arendt defines as “terrifyingly normal” those personalities that banalize or disparage the effects of a whole harm undestood as evil. Her definition comes from the analysis made on Adolf Eichmann’s inadequate answer on his share in the nazi genocides. This systematic lack of interest for the life, quietly seen as normal by the soldier, has been present through the figure of the “hostis humani generis” (enemy of the human race), but also in the figure of the “hostis especies animalis” (enemy of the animal species), because, all along history, the banalizatión of evil has been shown as a disparagement attitude agaisnt the life and the rights of the animal species in order to satisfy needings and rituals of anthropocentric nature.

Keywords: banalization of evil, hostis especies animalis, hostis humani generis, animal cruelty, ivory traffic, zoogony.

 

En su brillante ensayo Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt realiza una de las más desgarradoras observaciones sobre la psicología humana en la sombría normalidad del hostis humani generis, el enemigo del género humano, cuyos calificativos principales se resumen en una incapacidad reflexiva para valorar los márgenes morales de sus actos, así como la omisión de un marco de criterios destinados al análisis de los mismos: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombre no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”.[1]

 

La normalidad señalada por Arendt es el estado displicente, la indiferencia frente a aquello que por acuerdo común o por razonamiento propio se considera como una acción nociva, así que la banalidad del mal refiere a la incapacidad de un sujeto por comprender las consecuencias de sus actos cuando estos llegan al perjuicio objetivo y mesurable. En el caso de Eichmann (y de aquellos como él) aceptar que sus actos habían sido nocivos no solo habría implicado una aceptación de responsabilidades sino un giro de conciencia personal, lo que al parecer no ocurrió, pues Eichmann no dejo ver que admitía sanción interna o externa, justificando sus acciones y convencido de haber cumplido con una responsabilidad.

 

Planteada de esta manera, la banalidad del mal denota una profunda trivialización de los criterios que racionalmente ayudan a identificar y juzgar las consecuencias perjudiciales de una acción. Denota una incomprensión hacia las claves de un marco ético-moral que dé significado a la categoría del bien, así como una falta de compromiso hacia los aspectos más importantes de la constitución humana. No obstante, esa banalidad se refleja en muchas facetas del quehacer humano por encima de un juicio como el de Eichmann y las consideraciones político-sociales del hostis humani generis.

 

Podría afirmarse que el mal prospera una vez que el tipo de acciones que encajan en su dimensión son asimiladas como “equitativas” por desestimación o desconocimiento de un marco de criterios que las confronten, banalizándose o volviéndose irrelevantes de esta manera. Entre otras, podemos señalar la cosificación animal como una de esas acciones cada vez más recalcadas en los debates filosóficos, políticos, académicos, religiosos e incluso en las reflexiones de la vida ordinaria, aunque el tema aún encuentra cierta resistencia para alcanzar un estatus de preponderancia en dichos círculos de discusión, donde los problemas principales a deliberar son: el trato de explotación, violento y cruel, en contra de los animales y la justificación de su uso como insumo en consideración a su condición de seres vivos y su capacidad implícita para sentir y sufrir.

 

Si por cosificación entendemos una transformación del ser en mercancía,[2] es decir, una revaloración material de las más profundas cualidades de un sujeto con la supuesta finalidad de satisfacer una necesidad, un intercambio o la obtención de un ingreso, la cosificación animal se comprende como la degradación del ser animal como ser vivo con fines precisados en la explotación de sus atributos, práctica que alcanza niveles de banalidad cuando dicha cosificación se “justifica” como un telos, es decir, como una finalidad justa porque es normal para un sector llevar a cabo esta cosificación,[3] “legal” o “ilegalmente”; ritualista o divertidamente, así que existe una cadena muy considerable de actos nocivos donde los animales son usados para dichos fines banalmente, “[…] existe un pensamiento antropocéntrico que justifica la explotación de los animales no humanos”.[4]

 

Así pues, en este trabajo se abordarán dos ejemplos sobre el concepto de banalidad del mal en contra de las especies animales: primero, examinando la crueldad en contra de los animales a partir del texto redactado por el historiador Robert Darnton, La gran matanza de gatos en la calle Saint Séverine, seguido de una reflexión sobre la cosificación de las especies animales a partir de la aniquilación masiva de elefantes en las reservas africanas realizada por bandas traficantes de marfil, llevando al extremo la insolencia y extravagancia de la cosificación en el esculpido de pequeños elefantes en dicho material. Para el desarrollo de este segundo ejemplo se ha tomado como base el texto de Bryan Christy y Brent Stirton publicado en la revista National Geographic. Ambas exposiciones estarán precedidas por un apartado en el que hablaremos brevemente sobre una posible definición de animal en lo filosófico. El texto cerrará, finalmente, con las conclusiones generales del trabajo y las consecuencias de esta banalidad en el espectro social y humano.

 

La condición animal

 

Hablar de una condición animal es uno de los retos más confrontativos en los confines actuales de la bioética. Para iniciar, tomemos las palabras de Hernán Neira al respecto de la búsqueda de esa definición: “[…] no pueden resolverse las diferencias antropológicas en relación con los animales únicamente por constatación y se requiere previamente una decisión epistemológica que pone lo que después el observador encontrará”.[5]

 

TOMADA DE PROVEG INTERNATIONAL

 

En ese sentido, Neira dice que las definiciones de lo animal están permeadas por la propia concepción humana y sus procesos de conceptualización, así que históricamente las propuestas sobre lo que es un animal han sido construidas en función de la relación hombre-animal, por supuesto, de forma vertical. Así pues, la visión global de lo que es un animal tanto en lo biológico, lo cultural y lo filosófico han partido de un conjunto de términos fijados desde la autorreferencia humana: primero se define al hombre, y una vez que se hace se podrá definir al animal. Tal es la estrategia, lo cual, genera una sensación no solo de antropocentrismo sino de separación explícita, incluso, en la jerga de la bioética a través del término “animales no humanos”.

 

Dicha visión autorreferente concibe a los animales a través de ciertas apreciaciones simbólicas de creación artificial como la noción de cinismo, las prohibiciones deuteronómicas, la adopción de mascotas, la representación de animales imperiales como el águila o el león, las corridas de toros, etcétera. Estos ejemplos coloquiales dan muestra de lo que un animal representa en subordinación con la figura humana. Por otra parte, también contamos con las descripciones científicas realizadas sobre el reino animal, realizadas por figuras como Aristóteles, Plinio, los naturalistas renacentistas (Gesner, Topset, Belon),[6] Descartes, Linneo, Lamarck o Darwin. Estas descripciones conllevan otras aportaciones sobre lo que es un animal a partir de un marco epistémico de descripción empírica (una zooepísteme, si se nos permite). No obstante, como Neira sugiere, al final, las definiciones no son más que construcciones derivadas de las incidencias conceptuales humanas, basadas, como ya se señaló, en la dominante jerarquía hombre-animal.

 

Pero a pesar de que existen mayores consideraciones sobre la personalidad de los animales y sus derechos en la actualidad, el problema no se supera con un señalamiento como el de “animales” y “animales no humanos”, lo cual sigue remarcando un antropocentrismo que se extiende a la explotación del mismo humano, tal como se percibe en el esclavismo, el secuestro, la trata o la explotación, y en otros extremos, el canibalismo o la manufacturación de productos de origen nazi.[7] Este escenario muestra cómo el antropocentrismo vulnera a todas las especies, incluyendo la del hombre mismo.

 

Así pues, el seguimiento para alumbrar una definición de animal requiere de una fórmula que englobe las cualidades del animal en inclusión del hombre y sus facultades dejando de lado dicotomías como la distinción entre lo humano y lo no humano. La sugerencia aquí es que, si un humano se define como un animal, entonces un animal también puede ser definido como un humano tomando en cuenta la similitud de cualidades en el aparato sensitivo y volitivo por las que generamos experiencias del mundo como especie, y en ese sentido, partiré de la aportación hecha por Kant en la Crítica de la razón pura (sin que ello comprometa la postura de este trabajo con la filosofía kantiana), ya que el animal bien puede definirse a partir de lo que explicita la unidad sintética de apercepción trascendental en el “Yo pienso” o el “Yo experimento”:

 

No pueden darse en nosotros conocimientos, como tampoco vinculación ni unidad entre los mismos, sin una unidad de conciencia que preceda a todos los datos de las intuiciones. Solo en relación con tal unidad son posibles las representaciones de objetos. Esa conciencia pura, originaria e inmutable, la llamaré la apercepción trascendental. El que merezca tal nombre se desprende claramente del hecho de que, hasta la más pura unidad objetiva, es decir, la de los conceptos a priori (espacio y tiempo) solo es posible gracias a la relación que con esa unidad de conciencia sostienen las intuiciones.[8]

 

Las intuiciones, como experiencias inmediatas con los objetos espacio-temporales, son una capacidad que no se puede negar en entidades como los animales, sin embargo, se dirá que la diferencia comienza cuando hablamos de conciencia y conocimiento. No obstante, las representaciones y su relación unitaria con las intuiciones pueden deducirse como una facultad hallada en los animales a partir de ciertos indicios en su comportamiento. Para corroborar esta afirmación, se debe tener en cuenta lo que arrojan algunos estudios realizados sobre la actividad cerebral de los animales, ya que se han descubierto rangos de actividad “pensante” cuando estos duermen, mismos que apuntan a una actividad mental como la del sueño en los humanos. La actividad onírica estudiada en dichos animales, a través de una medición de impulsos con electrodos y de la observación de rasgos como el espasmo o las gesticulaciones durante el sueño, indican una posible actividad de ejercicios subjetivos propios de la capacidad de representación subjetiva:

 

Stanley Coren, de la Universidad de Columbia Británica, asegura que los perros atraviesan las mismas etapas del sueño que los humanos, pero con mayor rapidez. En promedio, sueñan a los 20 minutos de haber dormido. Así mismo, sostiene que las razas grandes sueñan por más tiempo, mientras que los perros pequeños tienen sueños más rápidos y frecuentes. En 2007, un equipo de científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, liderado por Kenway Louise y Matthew Wilson, grabó la actividad neuronal de un grupo de ratas mientras descubrían un laberinto. Posteriormente, observaron la actividad de las mismas neuronas conforme dormían. Encontraron que los patrones de actividad eran los mismos, como si estuvieran recorriendo el laberinto en su sueño. Los investigadores Amish Dave y Daniel Margoliash, estudiaron los cerebros de un grupo de pinzones cebra y descubrieron algo similar. Estas aves no nacen sabiendo las melodías de las canciones que emiten, sino que las aprenden. En estado de vigilia, neuronas específicas se activan al cantar ciertas notas. Al dormir, las mismas neuronas se activan en un patrón similar, como si los pinzones practicaran sus cánticos en el sueño.[9]

 

Si la capacidad de pensamiento puede deducirse de la medición en la actividad cerebral, las consideraciones del “Yo pienso”, se extenderían a todo ser capaz de llevar a cabo dicha actividad por sí mismo. Sin embargo, queda la cuestión del entendimiento relacionado con la unidad sintética de apercepción, donde pensar es conocer mediante conceptos, pero si un concepto es entendido como una cadena ad infinitum de representaciones, ¿qué evidencia se tiene para decir que los animales no desarrollan dichas representaciones? De hecho, ninguna, y aunque no se puede conocer el contenido de la actividad cerebral o pensante medida en los animales, dicho cotejo acusa una representación muy básica e instintiva al menos en los límites de su actividad onírica.

 

TOMADA DE DH GATE

 

Desde luego, no estoy diciendo que solo aquello que posea un cerebro y una capacidad de representación mental cuya actividad pueda ser medible merezca ser considerado como animal, “humano” o no, ya que existen especies animales que no poseen dicho órgano (entre otras, las medusas, las estrellas y esponjas marinas).[10] Sin embargo, lo que las mediciones del cerebro denotan, al menos, es una capacidad de subsistir por sí mismo bajo las condiciones naturales que permiten al individuo habitar el mundo con la posibilidad de representárselo y actuar en consecuencia de dicha representación, creando así, al igual que en los humanos, una interacción personalísima que, palabras más, palabras menos, es una apertura a la significación de aquellas experiencias traducidas como formas de vivir.

 

Así pues, el “Yo pienso”, puede equivaler a un “Yo concibo la vida”, y eso es precisamente lo que define a animales y humanos como tal: la síntesis de un Yo.

 

La matanza de gatos en la calle de Saint Severin

 

El historiador norteamericano, Robert Darnton, escribió sobre uno de los acontecimientos más violentos sucedido en el París del siglo XVIII. Con base en un relato escrito por un obrero de la época, Nicolas Contant, Darnton analiza la vida de los trabajadores en las imprentas de la ciudad y cómo ello dio paso a una rebelión suscitada por la desigualdad en dicho ambiente. No obstante, aquella rebelión fue simbólica, por decirlo eufemísticamente, ya que en esta se masacró a los gatos que habitaban en la calle de Saint Severin, ubicada en el distrito 5° parisiense, en el barrio de la Sorbonne.

 

Darnton, historiador de formación, explica las entretelas de la relación obrero-patronal en el siglo XVIII francés, donde los aprendices de imprenta recibían un trato de miseria. El historiador explica que los aprendices dormían en habitaciones frías y oscuras, llevando a cabo jornadas que comenzaban por la madrugada, finalizando mucho después del atardecer. Aun así, su pago no era sino una ración de sobras de comida diarias que a veces eran remplazadas por magras carnes que ni gatos ni perros comían cuando se las arrojaban.

 

El contexto era devastador. Cualquier espíritu se quebrantaría frente a tales ignominias. Sin embargo, Contant describe la astucia con que dos aprendices reviraron la opresión satisfaciendo un levantamiento que, como dice Darnton, “Fue un insulto metonímico, expresado mediante actos y no con palabras”,[11] pues aquellos principiantes, hartos del escándalo nocturno de los gatos, que cubrían el papel de mascotas de los amos en los talleres, se hicieron pasar varias noches por un espeluznante felino que rondaba los techos, hasta que recibieron la orden del patrón para acabar con ese animal que tan atrozmente maullaba, pero que solo era una farsa de los aprendices.

 

Una noche, los muchachos decidieron corregir esta situación. Léveillé, que tenía una extraordinaria capacidad para la mímica, caminó a gatas por el techo hasta que llegó a una sección cerca de la recámara del patrón, y se puso a maullar y aullar en forma tan macabra que el burgués y su esposa no pegaron los ojos en toda la noche. Después de varias noches de sufrir este tratamiento, decidieron que los habían embrujado. Pero en vez de llamar al cura (el patrón era excepcionalmente devoto y la patrona especialmente apegada a su confesor) les ordenaron a los aprendices que se deshicieran de los gatos.

 

La orden dio como resultado una persecución de todos los gatos para después llevar a cabo una pantomima de audiencias falsas con jueces y verdugos asignados en nombre de la “justicia” que pronto se aplicaría brutalmente, ya que obreros y aprendices mataron a palos a los gatos que encerraban por montón en sacos, haciendo gala de una exhaustiva brutalidad:

 

Armados con mangos de escoba, varillas de las prensas y otros instrumentos de trabajo, persiguieron a todos los gatos que pudieron encontrar. Empezaron con Grise (mascota preferida de los amos). Léveillé le rompió la columna vertebral con una varilla de fierro y Jerome la remató; después la ocultaron en un albañal. Los obreros arrearon a los otros gatos por los techos; apalearon a los que se pusieron a su alcance y, con sacos colocados estratégicamente, atraparon a los que trataron de escapar. Vaciaron los sacos llenos de gatos moribundos en el patio. Después, todos los trabajadores de la imprenta se reunieron y realizaron una parodia de juicio, con guardias, un confesor y un verdugo: después de declarar culpables a los animales y administrarles los últimos sacramentos, los remataron en patíbulos improvisados.[12]

 

La escena descrita por Darnton, resulta de lo más explícita con respecto de un acto de crueldad y abuso animal. Sin embargo, el texto del historiador trata de elucidar el fondo clasista de un país con hondas diferencias sociales a través de un episodio que bien pudiera envolver ciertas líneas de folclor, pues el acto mismo permitía ver el simbolismo con que se veía a ciertos animales en la mentalidad europea de entonces. Solo por mencionar algunas aristas de esa mentalidad, los gatos eran asociados con la brujería y la sexualidad, razón por la que eran temidos. Los términos culturales de la época guardaban una enorme relación con la moral que a toda costa trataba de evitar una perturbación sobrenatural en los límites de la convivencia social, como la aparición de una bruja o la presencia del demonio en sus caminos, y por ello se justificaba la crueldad como medio de reconocimiento frente a una maldad acechante: “Para protegerse de la brujería de los gatos había un remedio clásico: mutilarlos. Cortarles la cola o las orejas, aplastarles una pata, rasgarles o quemarles la piel, acabaría con su maligno poder. Un gato mutilado no podía asistir al aquelarre o vagar por las calles para hechizar”.[13]

 

Estas supersticiones modelaron una desafortunada concepción sobre ciertos animales, devaluando la imagen y presencia de aquellas criaturas que culturalmente eran señaladas bajo dicho estatus,[14] lo cual, también se plasma en la matanza de la calle Saint Severin, una vez que los obreros, a la sombra de esta cosmovisión, menospreciaban la importancia de los gatos como seres vivos, y más aún, como seres con personalidad e integridad propias.

 

TOMADA DE PET DARLING

 

No obstante, como Darnton señala, el hecho de preparar una coartada, de perseguir a los animales y matarlos alevosamente, no era sino una forma simbólica de rebelión: “[…] la matanza de gatos sirvió como un ataque indirecto al patrón y su esposa… La matanza de los gatos expresaba un odio a los burgueses que se había extendido entre todos los trabajadores […]”,[15] así que la preparación misma de lo acontecido revela el grado de deliberación detrás de la matanza, dejando ver, en contexto, no solo el desacato en contra de la clase patronal, sino la perversión ejercida en contra de los animales y su consecuente banalización al ser utilizados como pagotes.

 

El hostis humani generis y su terrorífica normalización del mal[16] se ha volcado a lo la largo de la historia en contra de los animales, dando paso a un hostis especies animalis que sistematiza la crueldad, la violencia y el aniquilamiento de las especies animales por deporte, por entretenimiento, por comercio, por consumo o simplemente por morbo y arbitrariedad, escalas que, de fondo, comparten siempre el mismo nivel de brutalidad injustificada, lo que Patrick Llored, en un análisis de la filosofía empedocliana, resume de la siguiente manera: “[…] si los seres sufren la presión de la dislocación, es decir, del Odio o Neikos, es su responsabilidad de no ceder ante ella. Ello hace de la muerte el más banal de los fenómenos, pero al mismo tiempo el acontecimiento más horrible e injusto, en la medida en que es provocado por un ser vivo en su encuentro con otro”.[17]

 

Empédocles hablaba de una dialéctica que daba paso al interminable proceso de la vida y la muerte: la alternancia entre el odio y el amor que engendraban todo cuanto existía. En relación con este principio, su pensamiento contemplaba una zoogonía,[18] un origen de los animales compartido por todas las especies, incluida la humanidad. Para el antiguo pensador, la relación con los animales era más que una vinculación figurativa (como la del animal racional o el animal político, v.g.), observándola como una afinidad sin fronteras, por lo cual, sugería detener los sacrificios animales de la antigua Grecia, así como la ingesta de carne, ya que ello desembocaría en una justicia verdadera entre los seres, afianzando, así, la unidad surgida en la correspondencia de la zoogonía universal.

 

La relación entre el humano y los animales (incluso entre los insectos o la vegetación), no es de ninguna manera ilusoria, muchas son las claves biológicas que lo confirman: los biomas, el genoma, los instintos y muy posiblemente la apropiación del mundo en la apercepción y la representación, de manera tal que la filosofía y las hipótesis de Empédocles fueron visionarias en su momento; no obstante, la consideración que se ha tenido de los animales a lo largo de la historia, dista mucho de coincidir con lo que el autor griego contemplaba.

 

En efecto, podría decirse que la visión sobre los animales ha sido ideológica y no ética, en tanto que ver a las especies animales como seres de insumo o como seres de segunda categoría ha devenido como un principio sin fundamentos (desde los sacrificios religiosos, hasta las pruebas experimentales). Esto queda señalado en el texto analizado por Darnton, y aun cuando las acciones de los obreros se hayan inspirado en una búsqueda de justicia social (“Quizá al juzgar, confesar y ahorcar a varios gatos moribundos, los obreros deseaban ridiculizar todo el orden legal y social”),[19] la justicia entre los seres sugerida por Empédocles fue arrasada y llevada al extremo en perjuicio de los gatos que fueron tomados como figuras simbólicas en detrimento de sus derechos, transformándose así, en uno de los más absurdos episodios de perversidad en contra de una especie animal, la cual fue observada con la irrelevancia y la normalidad de una cosmovisión supersticiosa.

 

El elefante blanco

 

Por otra parte, en el acartonado lexicón político, existe la alegoría del elefante blanco, aplicada a aquellas instituciones cuyo sustento se hace incongruente debido a que los recursos destinados para su gestión exceden los de sus funciones.

 

Cuenta la leyenda que los antiguos reyes birmanos veneraban a los elefantes albinos (ciertos animales albinos representan una singularidad y por ello se transforman en seres admirados), al punto que solían reunir manadas de estos como símbolo de su poder, pero cuando el número era ya considerable, obsequiaban uno de esos elefantes a sus sirvientes que, en vistas de no poseer la riqueza de los dignatarios, debían asumir gastos incosteables para mantenerlos, no pudiendo deshacerse de ellos por ser un animal venerado y un regalo de la majestad, asumiendo así una responsabilidad absurda e inapropiada. De ahí que el término acabara dentro del lenguaje político refiriendo una de las tantas fallas de la administración pública.

 

Los elefantes son animales muy poderosos y, como narra la explicación, venerados. No obstante, esta especie es una de las más cruelmente explotada debido a su noble carácter, ya que han sido utilizados de diferentes maneras: se les ha adiestrado (compelido) en el desarrollo de actividades como la carga, el transporte, el entretenimiento, la pintura y otras actividades como el recién impulsado turismo ecológico, donde son expuestos al contacto humano en jornadas fatigantes al interior de supuestos refugios de protección y conservación, muchos de ellos en países asiáticos como Tailandia o Singapur. Incluso se les ha utilizado como animales de tortura, de lo cual se tienen diferentes fuentes históricas, entre otras, la Biblia.[20] Pero su explotación no se reduce al plano de las acciones y la exposición, sino que también son blanco de ataques directos y estratificados para arrancar el marfil de sus colmillos, principalmente en los refugios de los parques de conservación africanos. Estos ataques, dirigidos por cazadores furtivos que, motivados por las formidables ganancias provenientes del tráfico del marfil, asesinan con organizada frialdad a estos animales.

 

TOMADA DE NATIONAL GEOGRAPHIC

 

El problema es preocupante, debido a que, prima facie, viola las prerrogativas de una especie por medio de una burda actividad mercantilista, pues en esta cadena de acontecimientos, el marfil es destinado a la creación de artículos “lujosos” comprados por coleccionistas como anillos, dijes, pulseras, esculturas y figuras religiosas.[21]

 

Una escena de las masacres se describe en el artículo firmado por Bryan Christy y Brent Stirton (fotógrafo), “Devoción al marfil”, publicado por la revista National Geographic en octubre de 2012:

 

En enero de 2012, 100 jinetes salieron a todo galope de Chad e irrumpieron en el parque nacional Bouba Ndjidah, Camerún, donde masacraron cientos de elefantes –familias completas- en una de las peores matanzas concentradas desde la adopción de una veda mundial al comercio de marfil, decretada en 1989. Armados con AK-47 y granadas propulsadas por cohetes, dieron cuenta de los animales con precisión militar. Vistos desde el suelo, cada uno de los hinchados cadáveres es un monumento a la codicia humana […] Desde el aire también, los cuerpos componían una insensata escena de crimen que permitía adivinar cuáles animales huyeron, cuáles madres intentaron proteger a sus crías, cómo fue aniquilada la aterrorizada manada de 50 elefantes […].[22]

 

Como material de elevado atractivo, el marfil es muy apreciado por los coleccionistas que admiran su exotismo, su elegancia y su facilidad de esculpido, y aunque hay acuerdos internacionales para la subasta de marfil legal, sustraído de especímenes muertos de manera natural, el contrabando de marfil y la matanza de elefantes como la descrita por Christy, son difíciles de erradicar por el interés monetario que existe de por medio. Por otra parte, la práctica artesanal del tallado y modelado de piezas como las señaladas, incluidos amuletos budistas y figuras cristianas religiosas, estimulan ambas formas de comercio, tanto la legal como la criminal, ésta última fructificando en más de cuatro mil millones de dólares al año para los operantes de dicha barbarie.[23] Sin embargo, el alcance de las responsabilidades éticas se expande más allá de los cazadores, conjuntando a los consumidores por igual, cuyos escrúpulos se reflejan en discursos como el siguiente:

 

Pregunto a mi anfitrión por qué los jóvenes empresarios como él están comprando marfil

– “Por su valor –dice- y como obra de arte”

– “¿Alguna vez se han detenido a pensar en el elefante?”

– “En absoluto”, responde sin ambages.[24]

 

Sin embargo, para reconocer la banalidad del mal por encima de las cifras y el desinterés, la parte artesanal del negocio nos deja boquiabiertos por la descabellada reproducción de una figura que raya en lo grotesco, pues en el colmo de sus disparates, los artesanos se han dado a la tarea de bruñir figuras de elefantes hechas con marfil despojado de los elefantes vivos.

 

¡¿Figuras de elefantes hechas con marfil sustraído de un elefante real?! ¡Qué esforzada manera de ganarse la vida! ¡Qué esforzada manera de rendir tributo a la especie que explotan y qué esforzada manera de querer granjearse una consideración como artífices del modelado!

 

Francamente no creo que exista una palabra más adecuada para calificar esa inspiración que en la legítima y enorme estupidez de un ciego mental, porque la elaboración de una figura que simula al elefante de la que provino, no es más que la equivalencia kafkiana, irónica y cretina de una sequía de comprensión frente a todo aquello en lo que incurre el absurdo tallado de elefantitos blancos, resumiendo, así, el conjunto de acciones y mentalidades relacionados con esta práctica, que van desde quien mata al elefante, quien trafica el marfil, quien diseña la pieza, quien la compra y quien finalmente la posee, haciendo de estas figurillas una extravagancia que nos permite ver las cualidades más bajas del ingenio humano y su tendencia a trivializar la vida en algunos de sus falsamente nobles anhelos: “Para atraer la suerte y como protección contra el mal y la magia negra, muchos tailandeses usan talismanes, a veces docenas de ellos. El mercado de amuletos en Bangkok es enorme y alberga incontables mercaderes que ofrecen docenas de miles de pequeños dijes de metal, polvo compactado, hueso o marfil, y los de más alta calidad pueden costar hasta 100,000 dólares o más […]”.[25]

 

Estas coyunturas recuerdan la semiótica de una de las películas más turbulentas del cine internacional: Saló de Pier Paolo Pasolini, que, en la secuencia final y tras la brutal escabechina de los jóvenes raptados por los “nobles” hombres y mujeres de la república de Saló, se observa una patética cortesía de despedida entre dos pistoleros que, con rifles al hombro, ejecutan un baile chocarrero abrazándose a la puesta del sol… Moraleja: la humanidad, o sólo puede ser bestial y cruel, como dichos nobles, o sólo puede ser ridícula y autocomplaciente, como sus pistoleros. Reproducciones como la del elefante blanco confirman, inmejorablemente, tal mezquindad.

 

La perversión incomprensible con que se elabora ese símil de elefante sintetiza la estrategia vigorosamente preparada en contra de algo que no se tiene derecho a mancillar: la vida misma en todas sus modalidades, y traigo a cuenta el filme de Pasolini por los fines tan soeces con que se trafica el marfil en el marco de una matanza que busca satisfacer los fines lucrativos de un material de procedencia animal, tan afanosamente absurdo como lo que ocurre al final de Saló, si nos apegamos a la definición sobre un animal como un Yo (“Desde el aire también, los cuerpos componían una insensata escena de crimen que permitía adivinar cuáles animales huyeron, cuáles madres intentaron proteger a sus crías[…]”).

 

TOMADA DE NATIONAL GEOGRAPHIC

 

Sin embargo, las figuritas de elefantes blancos de marfil no son el único ejemplo de este comportamiento absurdo. También existe la matanza y mutilación de rinocerontes para la obtención de su cuerno, del cual, bajo las creencias de algunas medicinas populares, principalmente orientales, se dice que tiene usos como cura para la impotencia sexual. Es sabido por igual que en China, India y muy posiblemente otros países asiáticos, la cacería y agostamiento del tigre bengalí por razones medicinales, ha llevado a un verdadero punto de extinción de esta especie.

 

Al paso de esta asimetría, si tan solo un millón del 1.5 millardos de chinos continúan promoviendo infundadamente la matanza del tigre, la conclusión es más que dolorosa para los pocos ejemplares que restan de esta especie en su hábitat.

 

Internacionalmente se han promovido leyes de protección animal, y se han tomado acciones concretas para tratar de detener masacres como las de las reservas de elefantes africanos; aun así, tan solo en el año 2013 se dio la más grande ejecución de elefantes en refugios africanos con casi 40,000 especímenes exterminados por el despojo del marfil, ¿y para qué, para la fabricación de figuritas como la del elefante blanco? Ante dicha banalización: ¿qué podría ser más ameno para el diablo?

 

Hasta ahora puedo comprender los motivos del hambre, pero no los de la gula, y dentro de algunos contextos, matar por hambre nos aportaría, forzosamente, una explicación al hecho, pero llevar a cabo una matanza tan sistematizada solo para que el figurín pequeño y reluciente de un elefantito blanco llegue al cuello de una linda mujer, a una repisa o una mesa de centro por la ganancia monetaria, me recuerda esas caricaturas donde para hacer un mondadientes echaban mano de un tronco de secuoya entero; algo sumamente disparatado, pero llevado a cabo de forma “Terrible y terroríficamente normal […]”, como escribe Arendt, y bajo estas circunstancias, sí que es bizarro ser humano…

 

Hegel entendía el arte como una forma de identificación con lo divino. Para el idealista alemán, el arte es un trayecto del espíritu donde la conciencia se refiere sí misma. De manera concisa, la talla de marfil es una labor artística, pero ni aun tratándose de una exquisita representación de la Virgen María o de un sobrecargado talismán se puede hablar de un reconocimiento del espíritu a costas del siniestro de una especie.

 

Un pasaje literario de Graham Greene, quizá defina las atroces circunstancias que hay detrás de las masacres de elefantes y gatos por igual: “[…] el mal era como Peter Pan, conllevaba el don aterrador y horrible de la eterna juventud”,[26] el mal, entonces, conlleva un ímpetu siniestro que por más que se intente reprimir no cesa, es vigente, y es que, a pesar de que la cacería furtiva de elefantes ha disminuido,[27] principalmente por la prohibición de comercio de marfil en China en 2017, las mafias continúan diezmando con crueldad las poblaciones de elefantes africanos por el tráfico de sus colmillos, y a pesar de que hay una conciencia más ocupada por el bienestar de los animales, las consideraciones a la vida de una especie con personalidad propia han sido allanadas bajo cosmovisiones histórico-culturales como en la matanza de Saint Severin.

 

La banalización de la vida animal, como en los casos presentados en este trabajo, alcanza fronteras aún más peculiares como las relacionadas con lo dicho por Robert Mugabe, antiguo presidente de Zimbawe, que afirmó: “Los elefantes, principalmente debido a sus grandes cuerpos, consumen grandes cantidades de agua y creemos que todas las especies deben pagar el precio de sobrevivir”.[28] Este comentario trataba de sumar razonamientos en contra de una prohibición a la venta de marfil promovida en 1997, dando a entender que los elefantes debían pagar con su marfil una renta por su consumo de agua.

 

Con acento condenatorio, Mugabe ponía un arancel de sobrevivencia a una especie en nombre de las políticas de comercio internacional.

 

Una lógica como la de Mugabe, reduce el privilegio de la vida al aspecto tributario de un mercado cuyas metas hacen de la racionalidad y la deliberación instrumentos cosificantes, y peor aún, instrumentos de calamidad, victimando, así, los diferentes estratos de la fauna, pasando por alto cualquier entendimiento ético o moral sobre los derechos intrínsecos de una especie: “la existencia del ser humano y la existencia del animal están unidas por el solo acontecimiento de vivir y existir”[29] afirma Hernán Neira, y como se afirma en este trabajo, por ser ambos un Yo.

 

Lo terroríficamente normal, así como la inmarcesible juventud del mal, son parte de una lacia consideración al principio fundamental de los seres vivos inscritos en un yo. La capacidad de habitar el mundo con la posibilidad de representárselo, y de significar experiencias como formas de vivir a través de esa síntesis de apercepción, es una capacidad que muchos animales han manifestado en su comportamiento y personalidad, por tanto, los criterios de distinción planteados a los largo de la historia (la racionalidad o la dimensión espiritual, por ejemplo), no tienen solvencia alguna cuando se trata de demarcar el privilegio humano por encima de otras especies, o más ridículo aun, cuando se apela a declaraciones como las de Mugabe, que abren paso franco al hostis especies animalis.

 

La idea o el argumento del privilegio ha desarrollado una “tradición” de menosprecio en contra de las especies no humanas (y humanas, igualmente, debe decirse), por las cuales, los animales son vistos como pasto y enseres de las necesidades, el comercio, los rituales y entretenimiento humanos. En relación con la humanidad, la vida animal no es más que un dispositivo aprovechable al nivel del cobre o la arcilla, y este principio de dispositivo aprovechable es el fundamento de la banalización de la vida animal y de la banalización del mal en contra de las especies animales, es decir, de carecer de criterios adecuados para comprender las consecuencias perjudiciales de los actos en contra de las especies, por más justificadas que estas puedan parecer.

 

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No obstante, la historia no se agota en esos puntos, ya que el menosprecio va acompañado de una perversidad deliberada que se disfraza de cultura o justificación, es decir, de una normalización de acciones perjudiciales que avalan la visión de los animales como recurso y no como un Yo. La ingesta de carne, los deportes, la industrialización, todo ello tiene puntos de apoyo antropocéntricos donde la vida animal es tratada como un recurso puesto a nuestro beneficio: “los humanos poseemos colmillos; por eso es que somos carnívoros”; “la proteína animal es insustituible para el organismo”; “los toros de lidia son inmunes al dolor”; “la economía de X, Y, Z lugares se basa en el comercio de pieles” … No hace falta esperar a que instituciones informales, como las mafias del marfil, aparezcan para darnos cuenta de que los animales forman parte de los activos de la institucionalidad formal también, cuya participación en las regulaciones del consumo de mascotas, carne, pieles, grasas o espectáculos, es el descargo de una responsabilidad tan grande como el respeto a toda forma de vida existente.

 

Sin importar de qué lado se esté, se debe admitir que la fauna está siendo oprimida en función de las necesidades humanas, y admitir eso como lo “correcto”, es parte de la banalización del mal en contra de las especies animales.

 

Tal vez el hambre sea un de los mayores impulsos para las motivaciones criminales, pero la gula nos hace preguntar hasta dónde se llegará si en la conciencia crítica no se reflejan trazos para detener esta cadena de actos fatales para la fauna, porque en un examen de lo deplorablemente activo en nuestra menda, bajo estas situaciones, sí que es bizarro ser humano.

 

Bibliografía

 

  1. _________, Biblia de Jerusalén, Ediciones Paulinas, México, 1966.
  2. A. V. V., Los filósofos ante los animales, Leticia Flores Farfán & Jorge Linares Salgado (eds.), UNAM-Almadia, México, 2018.
  3. A. V. V., Zooética. Una mirada filosófica a los animales, Paulina Rivero Weber (coordinadora), FCE-UNAM, México, 2018.
  4. Arendt, Hannah, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal, Lumen, Barcelona, 2003.
  5. Christy, Bryan y Stirton, Brent, Devoción al marfil, en National Geographic en español, octubre 2012.
  6. Debus, Allen George, El hombre y la naturaleza en el Renacimiento, FCE, México, 2018.
  7. Greene, Graham, El tercer hombre, Editorial Sol, Barcelona, 2002.
  8. Lukacs, Georgy, Historia y consciencia de clase, II, SARPE, España, 1984.
  9. Neira, Hernán, “La difícil distinción entre hombres y animales”, en Revista de filosofía, Vol. 73 (2017).
  10. Wagon, María, “Críticas y concepciones sobre la concepción arendtiana del mal”, en Factótum, 17, España, Universidad Nacional del Sur, 2017, pp. 49-61.

 

Notas


[1] Arendt, Hannah, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal, ed. cit., p. 165.
[2] Se toma como base la propuesta crítica de Lukacs sobre el capitalismo moderno y la transformación de la mercancía, donde el marxista húngaro habla de una cosificación como una transformación del mundo en mercancía, es decir, productos intercambiables bajo los criterios de precio y ganancia: “Condición necesaria del proceso de cosificación es que toda la satisfacción de las necesidades se cumpla en la sociedad en la forma de tráfico de mercancías”. Lukacs, Georgy, “La cosificación y la consciencia del proletariado”, en Historia y consciencia de clase vol. II, ed. cit., 1984.
[3] La ingesta de carne, el uso de pieles, las peleas de animales, las apuestas e incluso la tortura vistas como un espectáculo.
[4] Bermúdez Landa, Paulina, “De las cosas, las personas y los derechos. ¿Qué son los animales?”, en Rivero Weber, Paulina (coordinadora), Zooética. Una mirada filosófica a los animales, ed. cit., p. 187.
[5] Hernán, Neira, “La difícil distinción entre hombres y animales”, Revista de filosofía, Vol. 73 (2017), p. 177.
[6] Ver Debus, Allen George, El hombre y la naturaleza en el Renacimiento, ed. cit., cap. III.
[7] Ahí se encuentra el caso de la lámpara alemana nazi fabricada con piel humana, cuyo propietario, Skip Henderson, dice haber adquirido en Nueva Orleans.
[8] Kant, I., 2006, p. 136.
[9] “¿Sueñan los animales?”, Muy interesante, (http://www.muyinteresante.com.mx/medio-ambiente/suenan-dormidos-animales), consultado el 13-02-2019. Para consultas más detalladas sobre estas investigaciones, ver “Rats dream about their tasks during slow wave sleep”, (http://news.mit.edu/2002/dreams); Miller, Kaitlin, “Do Animals Dream?” (https://www.popsci.com/science/article/2012-01/do-animals-dream).
[10] El concepto de vida comprendida a partir del hombre, sería casi imposible de entenderse sin la actividad del pensamiento de por medio, por eso, las capacidades de ciertos animales como los equinodermos, extremadamente “biomaquinales”, se convierten en singularidades a partir de la masa celular de la que están compuestos y, que, de manera precisa y extraordinaria, les ayuda a cumplir funciones de supervivencia y subsistencia como el desplazamiento, la mimetización, la alimentación o la irritabilidad. Dichos animales no desarrollan formas de pensamiento representativo por carecer de cerebro; así que, todo parece indicar que no desarrollan estados mentales, pero sí una serie de procesos sensibles que atañen a una capacidad vital básica.
[11] Darnton, 2002, p.104.
[12] Ibidem., p. 82.
[13] Ibidem., p. 87.
[14] El caso cultural por excelencia es el uso de lenguaje, donde la clasificación especista es discriminatoria. El manual “Discriminación a través del lenguaje” de la Asamblea Antiespecista de Asturias, señala que el lenguaje incluye acepciones de animales para menospreciar o resaltar cualidades negativas entre individuos (animales humanos). Este lenguaje no sería posible si no hubiera una cosmovisión en que los animales son percibidos como seres inferiores.
[15] Darnton, 2002, p. 84.
[16] El hombre ejerce una tortura y una violencia sistemática no solo en contra de otras especies sino en contra de sí mismo. Luis Carrión Beltrán, en su novela, El infierno de todos tan temido (FCE), escribe lo siguiente: “[…] refiriendo la tortura bajo el eufemismo de ‘tratamiento psiquiátrico’ por descarga eléctrica: Menos aún había tomado en consideración lo que ahora, a estas alturas, es inevitable: la aplicación de tratamientos, como disimuladamente nombran a una de las torturas más crueles que poseen los de blanco (médicos) y sus servidores: mozos, barrenderos, meseros y pinches adiestrados”.
[17] A.A. V. V., Los filósofos ante los animales, ed. cit., p. 94.
[18] Ver LLored, Patrick, “El pensamiento animal en Empédocles”, en Los filósofos ante los animales, Flores Farfán, Leticia & Linares Salgado, Jorge (eds.), ed. cit.
[19] Darnton, 2002, p. 102.
[20] En el libro de los Macabeos se lee la siguiente descripción: “Llegado al elefante, se deslizó debajo de él y le dio un golpe mortal en el vientre. El elefante, al caer, lo aplastó y murió allí mismo.” (Mac, 6 – 46). Esta escena es referente antiguo de un elefante verdugo.
[21] Imágenes del cristianismo como la Virgen María o el Niño Jesús, altamente apreciadas en países como Filipinas, así como la talla de talismanes relacionados con el budismo en Tailandia y otras regiones asiáticas.
[22] Ver “Devoción al marfil”, National Geographic en español, octubre 2012. El artículo puede leerse en: (https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/marfil-de-culto-2_6478/14) consultado el 12 de diciembre de 2019.
[23] Idem.
[24] El interlocutor de esta entrevista realizada por Christy, es un empresario chino de nombre Gary Zheng.
[25] Idem.
[26] Greene, Graham, El tercer hombre, ed. cit., p. 96.
[27] Ver: (http://blogs.discovermagazine.con/d-brief/2019/06/03/elephant-poaching-is-decreasing-as-ivory-demand-slows) consultado el 12 de diciembre de 2019.
[28] Ver “Redefinirán el comercio de especies en extinción”, La Nación, 10/junio/1997.
[29] Op. Cit., p. 166.