Revista de filosofía

Un monstruo de mil cabezas

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La crisis aplicada a enfermedades es una metáfora del lenguaje de los tribunales y significa el cambio repentino que se produce en una enfermedad de cuatro formas: o el paciente se aleja de la enfermedad repentinamente, o experimenta una gran mejoría, o se muere repentinamente, o se pone mucho peor; los dos primeros tipos de crisis mencionados, se llaman crisis sin más, mientras que los otros dos tipos se adjetivan con crisis mala o crisis funesta […] Habéis aprendido que las crisis se producen con algún vaciamiento o expulsión evidentes; sólo los niños rara vez experimentan cambios agudos en la buena dirección gracias a sueños largos y profundos, pero no existe acuerdo en designar estos cambios como crisis.

Galeno

 

La guerra callada conviene a los invasores no solamente por mantener en reserva la ferocidad de los métodos, lo que cuadra de maravilla, sino también porque esconde, como ninguna otra, las auténticas intenciones de la ocupación. O eso suponen los asaltantes.

Juan Alberto Sánchez

 

Resumen 

La pandemia del coronavirus ha explicitado un tiempo de crisis, ha puesto a flor de piel sensibilidades que dormitaban y ha convulsionado el clima político, económico y social en el mundo. También ha despertado algunos temores, expresados por filósofos como Agamben y Byung-Chul Han ante la incertidumbre. Recorriendo los acontecimientos a través de la lupa de una enfermedad que exhibe las de por sí enfermas economía y política, mi propósito es hacer una aportación crítica, –adhiriéndome al proyecto de A. Mbembe–, que quiebre el haz de los análisis y la visión filosófica general ofrecida desde Europa, y un un giro en nociones como “estado de excepción” y “democracia liberal”, proponiendo, además, desde las entrañas políticas y sociales, una perspectiva decolonial sobre el tema.

Palabras clave: COVID-19, crisis, estado de excepción, neoliberalismo, bestialización, democracia liberal.

 

Abstract

The coronavirus pandemic has make this time of crisis clear, also it has raised dozing sensitivities, and irritate some others, disrupting the political, economic and social climate. It has awaken some old fears, expressed by philosophers like Agamben and Byung-Chul Han face to uncertainty. Walking through the events with the polished glass of an illness that nudes both, the ill politics itself an a ill viralized economy, my target is to criticize the european philosophical vision and its narrative, and close to A. Mbembe’s project, make an effort to print a turn on notions like “exception state” and “liberal democracy”, including a proposal, from the inner of the political and social guts, of a decolonial contact.

Keywords: COVID-19, crisis, exception state, neoliberalism, bestialization, liberal democracy.

 

Sería fácil imaginar que en el muestrario de bestias medieval, conocido como bestiarium, figurara una criatura tan monstruosa, tan apocalíptica como tabú, real como imaginaria, sintomática como inaprehensible, desastrosa como indestructible, como el coronavirus. Los scriptoriums de la Europa de los siglos VII al XVI estuvieron afanados en la fabulación de monstruos y enemigos, feroces alimañas, de los que derivan figurines fantásticos, arquetipos de terror, émulos morales, dietas, morbilidades, alegorías del culto cristiano, espantajos infernales, y hasta tronos celestiales. Los bestiarios eran prontuarios de clasificación, jerarquización y estratificación. Los más tempranos no contenían imágenes, se limitaban a ser descriptivos (un ejemplo modélico es el Libro XII de Isidoro de Sevilla de su Etymologiae), los ulteriores llegaron a ser coloridas composiciones ilustradas con sus respectivas narraciones (como el clásico Aberdeen o el Ashmole). Un crisol del orden de las bestias que inundó los cultivos epistemológico, estético y político de Europa. Cuando la corona española se abrió paso a través de la ruta atlántica, 1492, toda su gramática y su silabario de rúbrica bestioidea fue exportado sin hesitar, rápidamente insertado e implementado como dispositivo heurístico y justificativo de la invasión y la conquista. Por lo tanto, como confiscamiento de un orden a través de otro orden impuesto, en el que se desglosaba lo salvaje, lo cruento, lo brutal, lo estúpido y lo inferior. Pero sería ingenuo creer que, por representar un orden, refrendaron sólo el orden de lo visible y lo manipulable. Al contrario, el bestiario alojaba criaturas reales y quiméricas. Por supuesto que el misterio que encerraban estas últimas, su inasibilidad, su esoterismo, su vínculo con fuerzas malignas, o simplemente su conocimiento indirecto a los sentidos, estaba cargado de las connotaciones negativas y más feroces de las que tenía el hombre que apartarse, defenderse, dominar y exorcizar. No es de extrañar que ni siquiera las criaturas reales se ilustrasen no sin deformaciones, ya que los miniaturistas simplemente echaban vuelo a su inspiración a partir de sus lecturas a los textos griegos o latinos. Por lo que ni un elefante, ni un cocodrilo, ni un león, habían sido examinados ni vistos nunca por ellos. Las quimeras, se prestaban bien a la elaboración simbólica y conceptual, no menos que el coronavirus, ese monstruo de mil cabezas.

 

No son tiempos normales

Pero no son tiempos normales.

Es tiempo de liendres.

Es tiempo de crisis.

Es tiempo en que se descoyuntan los hierros que sujetan la yunta del arado, en que se rasgan todos aquellos amarres que impiden que los barcos zozobren, o en que se zafan los equilibrios que mantienen sano al viviente, o que se transige los límites que contienen el desbordamiento.

¿Es tiempo de “excepción” indiscriminada y de mano de hierro?

Es tiempo de crisis. Tiempo de “decisión”. El vocablo griego κρίσις enuncia el momento decisivo, el momento que desafía el ‘juicio’ y que produce un vuelco. Es también por supuesto, concomitantemente, el momento de la crítica: κριτικός, aquel que se abre al juicio. Apoteosis de la ruptura. ¿Qué se rompe? ¿Qué orden se desgaja? Como lo documenta Galeno, κρίσις ha sido un término usado por juristas, pero que, desde Hipócrates, s V a.C., también tiene el significado aquí recogido. Otro borde, en el que también se expresa la crisis y sobre el que queremos hacer rodar el texto, es en la palabra ἔκκρισις, que significa, en el vocabulario de Hipócrates y Galeno, “secreción”. Eso porque la crisis de la enfermedad, como momento de decisión, momento de prognosis, para los médicos era un momento de coincidencia con la aparición de las secreciones. La secreción era la desembocadura semiótica sobre la que se escribía la “resolución de la enfermedad” (κρίσις) y consiguientemente, el viraje de timón del médico, su juicio sobre el alcance del mal.

Husserl en su ya legendaria conferencia de Viena se preguntaba por el “espíritu de la humanidad europea”[1] que, a sus ojos, deambulaba aturdido por una crisis. Para él la razón -ese correlato de la humanidad que piensa y se piensa en términos universales y absolutos, y que es sólo patrimonio del largo trayecto, según él, iniciado en Grecia y cultivado en Europa occidental-, ha caído en una debacle, toda vez que la forma de racionalidad de la época viraba hacia el objetivismo y el positivismo. La suya era una iniciativa para reestablecer la razón como unidad universal de la humanidad, pero hay que repetirlo, de patrimonio exclusivo de la Europa occidental, rescatarla, del deshonor de la crisis y de su eventual desdicha en el olvido. No parece pues que esta conferencia, dictada a las puertas de la guerra de Hitler y las potencias occidentales, probablemente como ave de mal agüero, esté del todo lejos de nuestros tiempos.

¿Qué es lo que una bestia semimacabra como lo es un murciélago y sus liendres minúsculos han puesto en cuestión, y zanjado el camino para que advenga la crisis como tiempo anormal, tiempo de estrépito o tiempo descoyuntado? ¿Nuevamente la ratio de ese “espíritu occidental” presenta su infamado y desdeñoso linaje o se trata de algo todavía más severo, le atacan estertores y convulsiones que la abocan hacia el peligro de la humanidad?

 

Criatura bifronte el coronavirus

Primero bifronte porque se desliza, como todo virus, en la indecidible conducta del viviente y la entidad inorgánica, la célula muerta. En efecto, su constitución nucleica (ARN) es compartida con la de otras células vivientes, pero al mismo tiempo, si no se hospeda en una célula viva es incapaz de replicarse con alguna actividad biológica. Su estirpe arrastra fama de parásitos y vividores sin duda alguna.

Pero bifronte igualmente porque apenas se había visto, tras el primer <<registro ventilado>>,[2] en la ciudad de Wuhan en China, que su capacidad infecciosa avanzaba descomunalmente, y en no menos de dos semanas,[3] se alertaba ya que no sólo enfermaría la vida de la población que se contagiara, sino que la salud de la economía mundial sería sacudida, y su desasosiego, sería limítrofe a la catástrofe.

 

Cierres, paralización y cuarentena

Encontramos que los mismos términos y dinámicas ampliamente semejantes que las que M. Foucault emplea en Vigilar y Castigar para describir el combate y control de las epidemias a fines del s XVII, son ahora reproducidas. Partición espacial estricta, aislamiento, encierro. “Es un espacio segmentado, inmóvil, petrificado. Cada individuo está fijo en su lugar. Y si se mueve lo hace a riesgo de su vida, contagio o castigo”.[4]

Pero vayamos más despacio, la secuencia en el tiempo no es de menor importancia. El vasto país de Confucio y Lao Tse no titubeó en frenar actividades, cerrar fronteras y mandar a todos a resguardo domiciliario. Países como Corea del sur, Malasia y la República islámica de Irán, son los siguientes en presentar contagiados. Lo siguieron Singapur, Hong Kong, Japón, con medidas restrictivas rígidas por parte del Estado. Francia fue la siguiente en sumarse,[5] Alemania e Italia,[6] llegando así al continente europeo. Hacia el 26 de febrero, Giorgio Agamben alzaba un clamor, con un dejo de descrédito y desazón, pergeñando las primeras rimas de sospecha por las acciones que el gobierno de Sergio Mattarella implementaba. Además, señalaba con alarma que las restricciones a la libertad previstas por el decreto, desde la suspensión de escuelas hasta la cuarentena vigilada, fueran augurio de la instalación normalizada del Estado de excepción. Todavía más, minimizó la epidemia arguyendo que fuera sólo un pretexto que canalizara el miedo y absolviera todo autoritarismo, militarización y estandarización de las medidas de excepción, aceptando sin remilgos las privaciones de la libertad.[7]

Es preciso poner de relieve dos posturas que obedecen a dos tradiciones inconmensurables:

De tiempos inmemoriales la cultura china no es ajena a la figura del Emperador que lleva su investidura de poder en virtud de una designación celestial. La justificación de sus decisiones se ampara en la fuerza invisible que es dada por el cielo, y el deber de sus súbditos es rendirse, obedecer. Los súbditos se reúnen en torno a ese poder. Pero el poder tiene siempre una semiología: es legítimo y probatorio cuando el pueblo prospera, cuando hay bonanza, y cuando los momentos de inestabilidad son subsanados. Si la población es azotada por catástrofes, estas representan una furia y devienen la prueba de que ese poder podría perder legitimidad y ser, sin más, retirado. Xi Jinping, el actual mandatario de la República popular China puede que haya sentido ese desvanecimiento de su atuendo imperial. Pero movilizándose, el consejo de Estado tomó el mando, decreto el confinamiento de la población, construyó un hospital en diez días y aplicó un medicamento cubano (Interferón Alfa).[8] Toda vez que las fuerzas destructivas de la epidemia han sido apaciguadas, y después de tres meses China comienza su restablecimiento, Xi Jinping se mantiene en el gobierno, evocación del otrora mandato celeste, y sus ciudadanos, no se retuercen de ánimos disidentes por romper la cuarentena y la vigilancia pormenorizada.

Otro detalle que no es en absoluto anecdótico: las enseñanzas de Confucio o Lao Tse calan hondo en la cultura asiática y en la China en particular. La confianza que se le entrega al mandatario es sin parangón. Casi diríamos incuestionada e incuestionable. Cosa que a la constelación occidental y a su estela occidentalizada, escandaliza sobremanera. Confucio elogiaba al Emperador por sus sabias decisiones que por si fuera poco son alimentadas por sus consejeros. La misión de dirigir, esa de “los hombres destinados a mandar a los otros”, es antes que nada un fenómeno ético: encarnar un ejemplo de rectitud para que los otros simplemente imiten.[9] Dice Confucio: “La equidad arregla las palabras de un Príncipe sabio, y la utilidad pública sus acciones. Sus virtudes son respetadas, imitan su conducta, su persona es amada, y su bondad se hace el ejemplo general”.[10] El que manda, empieza por rectificar su “alma” y moderar los afectos que lo apartan de la rectitud y lo abaten hacia el vacío.[11] En las Analectas dice: “Gobernar es ser recto. Si te comportas rectamente, ¿quién se atreverá a no hacerlo?”.[12] Muestra de que la política es sólo una extensión de la ética.

Para seguir avanzado no puedo dejar de citar al filósofo del Tao Te Ching, Lao Tse: “Los grandes ríos y el mar son los reyes de todos los valles y barrancos, porque aman abajarse; por eso, pueden hacerse los reyes de todos los valles”.[13]

 

La grandeza del poderoso reside en su humildad

Occidente junto a sus archipiélagos occidentalizados, con su larga tradición judeo cristiana, de donde recibe el anhelo de libertad, y por otro lado, con su trillada historia política de mutilación de la misma, de coerciones, dominación, esclavismo y esclavos, monarquías absolutas, tiranías falocráticas, vigilancia ubicua, enconados lastres clasistas, fascismos, dictaduras militares impuestas o dictaduras de partido, o peor aún, dictaduras epistemológicas como lo es su furibundo logocentrismo, esa voluntad de universalidad avasalladora a la que se agrega su ímpetu de conquista expansionista, de univocidad proclamadora de verdades irrefutables, de religión única con un Dios entronizado, y su deriva inmediata, el imperialismo de un “yo” ahíto y soberano. Esta es la encrucijada que desglosa el recorrido: un yo fundado en su soberanía (autónomo, autodeterminado, autárquico, es decir, en último término, capaz de sometimiento) y reafirmado en una añoranza ansiosa de libertad. Para Occidente y sus satélites occidentalizados la libertad es una entelequia ansiógena: soberanía para ser libre, libertad para ser soberano. Adulterando aquella consigna de rebelión de Abraham que no degüella a Isaac, de los esclavos de Egipto que se narran en el Éxodo, o de los profetas de Israel que claman por la liberación de los oprimidos, o del Mesías de un Pablo de Tarso que se rebela al Imperio, apuntaló la libertad al “poder del yo”, hizo de la libertad una facultad individual, un privilegio del que puede decir “yo”, lo adosó al poder del yo que es soberano, luego al poder del Estado, y el surgimiento del Estado-nacional moderno, de corte soberanista, no es sino esa entidad arraigada a los principios propugnados por la revolución burguesa inglesa de 1688 y cristalizados luego por la Ilustración: libertad, fraternidad, igualdad… ¡Qué más da si a costa de la conquista y la destrucción! De libertad para vivir a libertad para dominar.

Para nada extraña el que un filósofo como Agamben haya puesto sobre la mesa, en un tono de emergencia, que el coronavirus avecinaba un estado de excepción en el que se perpetuaran para la posteridad los poderes coercitivos del Estado. En una lógica occidental como es la de delito-persecución o crimen-castigo, no es descabellado sentir angustia de que el Estado ejerza su añejo papel de control y mando. Recordemos que Agamben teorizó el estado de excepción como “vacío de derecho”, o suspensión de los artículos de la Constitución que protegen las garantías de las libertades individuales, en el que la arbitrariedad y sus violencias son directamente la “nueva” forma decretada de derecho. Un derecho o legalidad fuera de toda legalidad, en el que se instala y se valida sólo la fuerza del soberano (léase Estado). Para decirlo en palabras del jurista nazi Carl Schmitt: “el soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción”.[14] En el Estado reside (aglutinado en la estructura del gobierno, en particular en la figura del ejecutivo) y sólo en él reside la ejecución de las decisiones, la conducción de las libertades, nada más que por la imposición de la fuerza y la violencia. En Italia, España y Francia, se vio al gobierno movilizar el aparato del Estado para tomar las riendas y con ello un protagonismo añejo: emite decretos, cancela eventos masivos, cierra comercios y pone a las gentes en aislamiento domiciliario, mientras moviliza en las calles a las fuerzas armadas e impone multas y cárcel a quien incumpla. La estrategia, con ese nivel restrictivo, se replicó en gran parte de Europa, con la salvedad de Suecia, y en las Américas, Chile, y Argentina encabezaron la lista. Bolsonaro en Brasil y Trump en E.E.U.U. tironean hasta el día de hoy para no interrumpir del todo la movilidad comercial y económica, cuidando su imagen política, el primero y el segundo asegurando su campaña para la reelección. A mi entender, el caso de México se cuenta aparte. Pese a las presiones, las notas calumniosas y las embestidas contra el jefe del Estado mexicano, ̶ capitaneadas por poderes fácticos como empresarios afectados en las turbias prácticas de sus contribuciones a las arcas públicas, los emporios televisivos, la prensa y sus opinólogos ̶ , apresurándole a imitar medidas iguales a las de Europa, ̶ cierre de puertos, aéreos y navales, cuarentena anticipada, toque de queda, militarización de las calles, aplicación de la fuerza, sanciones, represión severa, cárcel ̶, el ejecutivo mexicano, de la mano de un equipo destacado de epidemiólogos e infectólogos, han tomado decisiones oportunas, siempre atendiendo a la temporalidad, la secuencia de la epidemia y salvaguardando los derechos humanos, que priorizan la elección de la gente para que coopere y participe por su voluntad, con base en una profusa galería de informaciones y comunicados emitidos a diario, llegado el momento oportuno de la suspensión de actividades escolares y laborales, se interpeló a la voluntad de la gente para que permanezca en sus casas (a sabiendas de que un cincuenta por ciento de la población en México vive de la economía informal), y adopte las medidas de distanciamiento social, depositando en la población un voto de confianza no sólo no visto en México en décadas, sino irreconocible en el mundo. Mientras que a los gobiernos europeos empieza a calificárselos de llevar a cabo medidas autoritarias, el mismo Agamben se sirve de las palabras “frenético e injustificado”, al gobierno mexicano, la prensa nacional e internacional, como era de esperarse, se lo tilda de laxo e incompetente.[15]

 

Debacle económica y financiera

La paralización vino a disparar las alarmas de otra de las cabezas de la plaga: el colapso económico. Los baluartes del capitalismo crujen y se escucha en cada rincón de la tierra. Es el enfermo inocultable. La peste inmunda lo ha contagiado y sus signos vitales son terminales, sumándose a su ya de por sí crónico estado de coma y convalecencia, crisis y restablecimiento. ¿Han comenzado a celebrarse las exequias del capitalismo?

Paralizada la producción en China, las exportaciones se desploman y el consumo mundial se congela. Todas las cadenas de suministro para la producción-consumo interdependientes que se articulan en las redes trasnacionales de los corporativos, cogen la fiebre y las entume el rigor mortis en sus lechos. El sistema global neoliberal, caparazón del vértigo capitalista de mercados, se vuelve, en el ojo de la crisis, un obstáculo para enfrentar la crisis. La última semana de febrero comienza a caer en picada el mercado bursátil, las inversiones de los accionistas se derrumban todavía en mayor proporción que lo que registró la llamada Gran Recesión de 2008-9. El nueve de marzo se hace sonar un tambor luctuoso anticipado, “black monday“, las bolsas han caído; Wall Street junto con la mayoría de los mercados mundiales sufren contracciones: otro agravante, las bolsas han sido sensibles a la guerra petrolera entre Rusia y Arabia Saudita.[16]

Ese mismo día se convoca a un paro nacional de mujeres, en protesta por la ola pandémica de feminicidios que no achata su curva.

Todo está pasando alrededor del monstruo, pero ¿es la pandemia el monstruo o el monstruo viene acompañado de pandemias?

Como era de esperarse se le suplica a los Estados que lancen los “salvavidas” a los mercados para paliar la fiebre del virus: que inyecten miles de millones desde los bancos centrales. ¿Es la nueva excusa para un enfermo que no acaba de morir? ¿La crisis es inoculada por el virus o el virus refleja la crisis continuamente maquillada, a manera de lapsus, de un incurable y, por si fuera poco, provocador de crisis? Por supuesto millones de empleos comienzan a perderse, y la organización Oxfam publica que quinientos millones podrían quedar en la pobreza;[17] se multiplican las personas sin hogar y la desigualdad simplemente viene a mostrarse tal cual grotesca es. En La doctrina del shock, Naomi Klein cita estas palabras de Milton Friedman,[18] que les declamaba a sus Chicago boys: “solo una crisis ̶ real o percibida ̶ da lugar a un cambio verdadero”.[19] O lo que es lo mismo: si quieres resarcir los hoyos del sistema, desgarra sus fibras. Todo lo que viene aparejado a los acontecimientos catastróficos son de vital provecho para el sistema capitalista, los ataques a las instituciones y a los bienes públicos, los derrocamientos de autoridades legítimamente elegidas, el socavamiento de la legalidad, todo ello, para Friedman y su escuela neoliberal, son “atractivas oportunidades de mercado”. Y es sencillamente la operatividad de lo que Klein denomina el “capitalismo del desastre”.

El FMI y el BM, los dos cerebros financieros del capitalismo neoliberal, se lamen las garras ofreciendo a los Estado préstamos millonarios a intereses “minúsculos”, con la finalidad de que los mercados que zozobran sean rescatados. Estos guardianes de la ortodoxia neoliberal, paradójicamente, hoy estimulan a los Estados para que impidan el hundimiento de sus corporativos y contraigan deuda cuanto antes. Los mismos que propugnan que los mercados, iniciativa privada, ejercicio universal del poder del individuo, deben regularse a sí mismos, sin que los Estados, baluarte de los bienes públicos, intervengan en el flujo de mercancías y dinero, son ahora los que impulsan a los Estados a tomar las riendas. Los mismos que propugnan la doctrina de la libertad como sinónimo de “libertad individual” y “libertad de mercado”, ahora, entre manoteos y rasguños, invocan la intervención y el manejo por parte de los Estados. Ya que lo único que es irrefutable es la democratización del hambre y la enfermedad, con esta astuta artimaña se ha buscado sosegar nuestros ánimos y persuadirnos de que el hambre, la enfermedad, la ignorancia, y toda condición de precariedad, son efectos de crisis como las que el coronavirus desencadena, y no la crisis misma. Pero es evidente que se trata de otra más de sus estratagemas para gestionar la crisis, longeva ya, la misma que han esgrimido desde 2008 tras el estallido del modelo de especulación financiera promovido por la banca de inversión de E.E.U.U. Receta de gestión de crisis que permite al capitalismo malabarear entre la tormenta, impedirle que sucumba, salvarle su honor tan vilipendiado, y por sobre todas las cosas, sujetar la relación de dependencia colonial que asegura para los Estados que se endeudan.

En México, de cara al coronavirus, el gobierno ha esquivado las recetas de los banqueros y los grandes consorcios financieros, de inyectar dinero a la economía privada contrayendo más deuda pública. Ha rechazado la consabida estrategia de condonación de impuestos a las ya de por sí empresas endeudadas por miles de millones de pesos con el fisco. Más bien se ha decantado por acelerar y duplicar la entrega de recursos, rubricados al interior de los programas sociales, a los sectores más vulnerables y que más riesgo corren de resentir el descalabro.

 

Sector salud despiadado: biopolítica y necropolítica

Como consecuencia de los recortes y las privatizaciones que promueve la ley del libre mercado, el desvalijamiento de los sectores de salubridad de las naciones, incluidas las potencias, es inocultable. Debido al azote del coronavirus y su salida de control, el sistema de salubridad público colapsa, se desmorona con el abarrotamiento de los hospitales. Italia, España y Francia, E.E.U.U. después (corazón del Imperio, hoy epicentro de la pandemia), echan de menos la suficiencia de camas, y respiradores mecánicos. Por supuesto también de personal médico especializado. Los enfermos se contabilizan por miles sin diferimiento de días, desbordan todo abasto de insumos y de capacidad de brindarles un servicio humano digno.

¿Qué pasó? El desmantelamiento del sistema público de salud, de la mano de la estrategia de privatizaciones y subrogación de servicios, que descargara de obligaciones al Estado, y lo pasara a manos de particulares, mostró ahora su cara más aviesa. En México, este desmantelamiento es un proceso que se ha venido desarrollando desde la administración del presidente Salinas de Gortari (1988-1994), atrayendo la inversión privada con jugosos negocios y corruptelas, en pro de la “modernización”, favorecidos por la desidia, el abandono, el endeudamiento y saqueo de los servicios públicos, declarando su ineficacia, su inutilidad y consecuentemente su supuesta bancarrota, no solo del sector sanitario, sino paulatinamente el de comunicaciones, el educativo, el de aguas, y más recientemente el energético.[20] Por lo que las condiciones hospitalarias responsabilidad del Estado, en las últimas cuatro décadas se volvieron deplorables. En E.E.U.U., sin un dejo de servicio público gratuito, la salud es un lujo inaccesible, y como epicentro de la pandemia actualmente, es el país que acumula más muertes a velocidades inefables. Reino Unido, por su parte, se pronunció abiertamente por lo que otros solamente piensan para sus adentros: <<si se trata de elegir entre salvar la vida de un joven o de un anciano, dada la escasez multiplicada, se elegirá la del joven>>.

Pero la pregunta otra vez reverbera: ¿dónde está la fábrica de muerte? ¿En los brotes en expansión de esa bestia pavorosa llamada coronavirus o en una civilización que promueve relaciones de individuos regidos por una ley sagrada del mercado? ¿Cuál es el monstruo?

Lo que vemos aquí es una reactivación sin demasiados disimulos de la lógica sacrificial inherente a la civilización moderna y sus imperativos, sobretodo la exaltación idolátrica de los valores del mercado. ¡Dejad que la “mano invisible” se haga cargo del bien común, su justicia proveerá! Su ley implacable dejará fuera únicamente a los “prescindibles”. ¡Como supuestamente hace la naturaleza, según el autor de El origen de las especies! Así que el que no tenga los dólares para endeudarse o comprar un seguro médico, el coronavirus plagará sus pulmones y lo exterminará en cuestión de días sin siquiera haber tenido atención y consuelo. El pasado 31 de marzo, Achille Mbembe, filósofo africano teórico de la descolonización, concedió una entrevista en la que arguyó lo siguiente en torno a la pandemia: “El sistema capitalista se basa en la distribución desigual de la oportunidad de vivir y morir”. Y al neoliberalismo lo rebautiza concienzudamente como “necroliberalismo”, porque favorece las potencias de la muerte, con dispositivos a su medida. Agrega que este sistema de <<selección natural>> funciona “con la idea de que alguien vale más que otros. Los que no tienen valor pueden ser descartados”.[21] Este capitalismo rapaz que interconecta y coordina nuestras relaciones y las autoriza o desautoriza, las armoniza o desarmoniza, que define lo que es igualdad y libertad siempre al interior de su marco mercantil, es el verdadero soberano encargado de decidir por la vida y la muerte de las personas. Hace administración de daños, capitaliza la ganancia y desecha a los “prescindibles”, sin tomar a consideración su dignidad humana. Y los “descartables”, puntualiza Mbembe, son los mismos de siempre: los sujetos racializados, las clases subalternizadas y los mismos géneros.[22] Por lo que esta “guerra” del coronavirus, no es ni de broma igualitaria, no golpea con igual intensidad. Mbembe da este salto, llama “guerra” al coronavirus, y como toda guerra es una máquina de matar, no es sino un ejercicio de necropolítica, de reducir la vida de unos a infravida, a vida de <<bestias>>, o de insignificantes, y liquidarla. Candidatearla para la muerte, ahora bajo el argumento de que son escasos hospitales y recursos para salvarle la vida. Capitalismo más darwinismo igual a necroliberalismo. Digamos que Mbembe subvierte el concepto foucaultiano de biopolítica, entendido como movilización de la vida para controlar a la población, así que el poder del Estado (europeo) se hacía manifiesto ya no en la coerción y la amenaza de la espada, sino en la organización de prácticas e instituciones, desde el censo, el cuidado de la natalidad, la educación sexual, con el fin de anudar a la sociedad en un solo hilo de poder reticular: la regulación de la vida mediante el deseo. De una institución estatal que salvaguardaba la vida a manera de control y decisión sobre ella, a base de amedrentamientos, a un Estado desplazado y cooptado que a través de su legalidad y sus instituciones se dicta la muerte por el darwinismo calculador de los dueños del dinero, las grandes multinacionales o transnacionales que manejan los negocios y acumulan en un 1% las ganancias, pauperizando al 99% restante y administrando su prescindibilidad y su muerte a cuenta gotas o a infatuados golpes de ley.

¿Pero contra quién la “guerra” del coronavirus? Byung-Chul Han, el filósofo coreano que piensa como alemán, se equivoca cuando asevera que la humanidad contemporánea está sumida en una especie de aletargamiento porque vive sin enemigos. Hace pues una aseveración nostálgica por un modelo bélico que, según él, está en desuso y hasta atrofiado. Que esta humanidad, en resumidas cuentas, dejó de tener con quien guerrear. Y entonces vive en la positividad apesadumbrante. Según él, la humanidad actual eliminó la negatividad del desconocido o del enemigo. Añade que en el mundo “sin fronteras” del capitalismo globalizado, las sociedades viven en una permisividad sin enemigos, y que la guerra es contra uno mismo.[23]

Reitero, en definitiva, piensa como europeo. Cuando habla de “humanidad”, como es normal en tantos pensadores de esa región del mundo, solo está pensando en la humanidad angloeuropea. Ni el vaivén de las mercancías, ni la hiperconectividad de las tecnologías digitales que comunican en tiempo real espacios (ya no) separados por miles de kilómetros, ni los capitales que viajan a velocidades relámpago y se anidan en paraísos fiscales, ni los mercados bursátiles que intercambian liquideces en microsegundos fragilizando el mercado y detonando su poder ilimitado de destrucción, ni todo ese tráfago de transacciones “libres”, ha podido resolver el problema de la libertad de la humanidad humillada por su color de piel o por su etnia o por su género o por su lengua o su posición social. El eslogan “sin fronteras” es solo un eslogan propagandístico. La época del capitalismo global es la época de fronteras más gruesas, elevadas y sembradas de púas. El derrumbe del muro de Berlín no es referencia para obviar todos los otros muros que no han cesado de erigirse en todo el globo. Y esta no es una metáfora. Dos ejemplos son paradigmáticos. Basta caminar por la Palestina ocupada por el Estado sionista y todo el sistema de registro, exclusión y amurallamiento que se levanta monumentalmente no necesita demostración alguna, o por los barrotes que murifican el paso entre México y los E.E.U.U. Ambos dispositivos racistas y clasistas de detención, persecución, encarcelamiento, todo tipo de vejaciones, y pena capital legalizada. Pero estos dos son sólo ejemplos de la operatividad contemporánea del poder, la cual no requiere de muros físicos explícitos a la vista para ejecutar su lógica de exclusión, desposesión, división, deportación, y exterminio. Lógica de precarización, que le sustrae a grandes grupos humanos su participación política y su acceso a los valores que promulga hipócritamente el capitalismo sin fronteras: libertad e igualdad. La guerra ha estado pues ahí, y lo ha estado de manera permanente.

 

¿Contra quién, pues, la “guerra” del coronavirus?

Las élites neoliberales se reagrupan contra los que se resistan a ser trasquilados, o sea, contra los que oponen resistencia a ser bestializados (viralizados), sometidos, diluidos en el caldo turbio de la “libertad sin fronteras”. El coronavirus es sólo una manera descarnada de hacer evidente el poder destructor de esa máquina de matar que es el capitalismo, y el ave de mal agüero de la destrucción que nos aguarda de camino al cataclismo climático en puertas. Tras el golpe de Estado contra Salvador Allende y la consecuente imposición de Pinochet en 1973 en Chile, laboratorio de implementación del neoliberalismo en el mundo, la resultante ha sido el agrietamiento del tejido social y su pauperización incuestionable. Se logró pulverizar el estado de bienestar en Europa (excepto en Suecia, ¡pero a quién le importa ese país de hielo!) y apolillar los proyectos progresistas de la América Latina en la década de los noventas (todavía en Noviembre de 2019 se concretaba un golpe de Estado contra el pueblo boliviano para derrocar a Evo Morales), dando como resultado más marginación, menos garantías de vivir dignamente, menos derechos sociales, ensanchamiento de la brecha de la desigualdad, empobrecimiento, aplastamiento de la dignidad, y en una palabra, destitución total del poder de las clases trabajadoras y populares.

Cuando Chul Han cree testificar que “el enemigo ha vuelto” (el coronavirus) y que la guerra ha recomenzado, y lo expresa con un cierto aire de alivio, sólo confirma que en Europa piensan con demasiado ensimismamiento.

 

Democracia liberal: enferma de nacimiento

Si lo que constituye a los Estados nacionales es la igualdad y la libertad de sus ciudadanos. Ese proyecto, desde inicio, ha sido un fracaso rampante. El coronavirus es el catalizador más acelerado que desnuda la discapacidad de ese Estado o, mejor dicho, desnuda su capacidad destituyente para explotar, expulsar y matar a los indios, los negros, las mujeres, los migrantes, los musulmanes, las clases trabajadoras, para socavarles la esperanza de empleo a los que están en edad laboral, para arrebatarles el merecido descanso a los viejos con pensiones de hambre, para extirparles la posibilidad de futuro a los niños, en otras palabras, haciendo añicos toda posible constitución del poder ciudadano, que es lo que define y lleva en el nombre la democracia liberal. Es de sobra flagrante que al capitalismo global y financiero le es soslayable la misma democracia y sus preceptos. Su lógica devoradora engulle sus leyes y las adapta a su servicio. ¡Es el estado de excepción permanente! Pone y derriba gobiernos a su capricho sin contemplar los procesos en las urnas,[24] interviene militarmente países inventando consignas de lucha,[25] financia pugnas terroristas y asegura inmiscuirse para luchar contra el terrorismo,[26] endeuda países con deudas impagables,[27] sanciona y extorsiona países para asfixiarlos y someterlos a sus designios,[28] diseña planes de seguridad para apropiarse de recursos estratégicos como el petróleo y otros minerales,[29] despoja a poblaciones enteras de su territorio, los desplaza y extermina en una vigilancia constante y quirúrgica de sus vidas,[30] maneja el mainstream de la propaganda más sofisticada y extendida del planeta.[31] Todo ello sin la observancia de ninguna otra legalidad más que la que defiende las leyes inexorables del mercado.

 

Sí, en efecto, estado de excepción permanente.

Sorprende que la declaración que hace el coreano-alemán Byung-Chul Han en torno a la crisis del coronavirus sea tan simplista. En el fondo su preocupación no dista mucho de la de Agamben. Sostiene que la cultura asiática en general y china en particular tiene una “mentalidad autoritaria”, y una suerte de “incapacidad de conciencia crítica” por lo que se entregan a la vigilancia del Estado sin renuencia. El gobierno chino tiene instalado todo un sistema complejo de vigilancia con tecnología 5G, es decir, de manejo y procesamiento puntual de datos, o big data, que hoy es empleado a su máxima eficiencia para detectar y aislar casos de la enfermedad por coronavirus. “Psicopolítica” le llama el filósofo. Porque se trata de todo un sofisticado sistema de vigilancia que le proporciona al Estado cada detalle no sólo de tus movimientos, sino de tus gustos y deseos. Y lo preocupante, expresa Chul Han, sería que, dado su éxito para combatir la epidemia, China vendiera al mundo este sistema minucioso y exhaustivo de captación de datos para vigilar y controlar a las poblaciones, instalándose con ello el absolutismo del Estado y la privación de libertad e intimidad. La pregunta para Chul Han es la siguiente: ¿acaso le ha pasado desapercibido que esa estrategia de control, regulación y privación de la libertad ya está en marcha en todo Occidente y sus larvas occidentalizadas desde hace tiempo? Sólo que promueve sus dispositivos tecnológicos y sus gadgets y sus aplicaciones de rastreo y sus injertos digitales que modifican, estimulan y direccionan la subjetividad al capricho de los señores del mercado con el mote “este es el paraíso de la libertad”. ¿Dónde está agazapado el totalitarismo? Chul Han piensa en el autoritarismo de la vigilancia diseminada al nivel del big data, pero ¿y la viralización que afecta a los países promulgadores de la libertad con tecnologías que saturan los rincones y se inmiscuyen en la intimidad del sujeto hasta invadir y predecir sus gustos, sus inclinaciones políticas (y motivarlas y pervertirlas), sus decisiones, sus emociones, su dieta, sus necesidades y deseo?

Libertad a cambio de seguridad y protección, libertad a cambio de leyes. Esto es herencia del iusnaturalismo redomado, es decir del pensamiento ilustrado, que le dio forma e inculturación a la que hoy conocemos como democracia liberal y que se patentizó en la experiencia del capitalismo industrial del s XIX. La libertad es un sutil y frágil destello, casi un artificio, que tiene que entregarse a cambio de la “libertas de veritas“, sobre la que actúan las leyes, las normas y las reglas. Sin ley no hay lugar para la libertad. Pero en un juego de introyección más sofisticado, el capitalismo de mercado abrió una brecha mucho más rentable: la ley es la libertad. Ley y libertad no se contraponen más, aquel esquema es aún rudimentario. Ley y libertad son la misma cosa. Lo que quiere decir que el sujeto alcanza el cenit de su realización como subjetividad libre, en el momento en que más sujetado se encuentra. La sujeción le resulta impalpable y se experimenta como enteramente libre. Este es el esquema de la democracia liberal hoy en curso como capitalismo de mercado globalizado o capitalismo neoliberal sin fronteras. La ley del mercado, que rige cada espacio, que estipula el tiempo a su conveniencia según patrones de maximización de ganancia, que hace converger lo que está en disputa irresuelta, que digiere preferencias y deseos según méritos o lógicas de cálculo, pero más aún, que determina la división sexual e internacional del trabajo, que cosifica y bestializa a poblaciones enteras en el trabajo esclavo o semiesclavo, que dota o sustrae de oportunidades, que racializa e inferioriza etnias y poblaciones enteras, en suma, que dictamina quien vive y quien es “prescindible”, es (ley de) la libertad.

Para Achille Mbembe, muy al contrario de lo que opina angloeurocéntricamente Chul Han, la guerra se ha convertido en “el sacramento de nuestra época”,[32] y eso debido a la inviabilidad y fracaso de las democracias liberales. Por supuesto que el coronavirus es una guerra, una que redobla la agresividad con que actúa, pero que igualmente confirma los pilares viralizados y enfermos de esta forma de organización y de gobierno que es la democracia liberal. Las nociones de igualdad, estado de derecho, y de libertad, en el permanente estado de excepción o estado de guerra que viraliza al capitalismo neoliberal, y con su desenmascaramiento que el coronavirus ha esparcido por el planeta, parece que no hay demasiado espacio para el embaucamiento con añejos mitologemas. La democracia liberal tiene sus cimientos en la disimulación de una violencia vergonzante, y que hoy, sólo por un acto de denegación no se la ve. Recordemos brevemente que la democracia liberal, su primer formulador todavía en términos embrionarios, John Locke, descansaba en el contrato. Un estado de guerra precedía al contrato. Locke escribe en el contexto de expansión del imperio británico y tenía nada lejos las invasiones y conquistas del imperio español del otro lado del Atlántico, que fueron por supuesto modelo y aliento para la corona británica. El estado de guerra que describe Locke es fácilmente asimilable, en su imaginación, a un estado salvaje o incivilizado como el que los europeos quisieron percibir tras su llegada a terra ignota. Y el contrato, el acuerdo, título de civilización, sustituía a la bestialidad y la guerra de todos contra todos. Solo el contrato que era un órgano de regulación otorgaba la “libertas de veritas“, dicho de otra forma, la “libertad contractual” y, por ende, la libertad entre iguales. Los hombres eran todos iguales, sólo en virtud del contrato. La fuerza despavorida de la guerra había sido ya entregada al Estado para que este la regulara. Tenemos ante nuestra mirada al “ciudadano” en ciernes. Libre por el contrato y sujeto a derecho por la fuerza que le ha concedido al Estado: pacificado e igualado por ser hombre. Pero nunca será suficiente señalar que esta construcción antropológica tuvo su contraste con los no-humanos y sub-humanos que fabricó la máquina de la conquista y la esclavitud, de ocurrencia simultánea a los Tratados de Locke. La invasión y conquista de las Américas en el s XVI y la trata de esclavos negros del s XVIII fueron el motor del capitalismo industrial y ambos coinciden en la formación del pensamiento mercantilista y democrático moderno. La democracia moderna, concebida como el tabernáculo de la igualdad de los hombres y del Estado que procura las garantías individuales, consagradamente la libertad, es un gobierno que está parado sobre el trabajo explotado de los indios y los esclavos negros, de su expulsión y desconocimiento como humanos, de su sojuzgamiento y la ignominia de su trato, del despojo de su libertad. Bestializados e infrahumanizados, extranjeros siempre y no semejantes a la comunidad de semejantes, cuando Locke formula la libertad y la igualdad de los hombres, naturalmente no se refiere a los que no son considerados tales. Mientras Europa “da a luz” las primeras declaraciones de Derechos Humanos, y promulga un gobierno de ciudadanos iguales y libres, pisotea al menos a dos grandes grupos humanos, los inferioriza y les arranca sus recursos para la vida, incluida su fuerza de trabajo. Mientras Europa “daba a luz” una sociedad civilizada con un gobierno ya no autocrático sino de iguales, masacraba y hacía correr la sangre de los “dispensables”, al tiempo que saqueaba la vida de la tierra. “Democracia con esclavos” la llama Mbembe: en la que existe la escisión en su seno; por un lado, una comunidad aglutinada de semejantes, regida por la “ley de la igualdad”, y por el otro, “una categoría de no semejantes, o incluso de los que no tienen parte, también instituida por la ley. A priori, los que no tienen parte no tienen ningún derecho a tener derechos. […] la democracia con esclavos no puede ser más que una comunidad de separación”.[33]

Sin ir más lejos, en los fundamentos de la democracia moderna incuba el principio de desigualdad y de separación (la guerra), y la libertad, al ser concebida sólo como “libertad contractual” (de compra/venta básicamente), muestra sus grietas y se desmorona. No nos extrañe que estas nociones sacrosantas ya cortadas por la tijera del homo homini lupus de Hobbes, la guerra por el reconocimiento de Hegel, y, posteriormente el ser-para-la-muerte de Heidegger, se repliquen en un espiral o en un círculo vicioso aparentemente “sin salida”. Para Occidente y sus rémoras subalternizadas (que también se hacen llamar Occidente a título de imitación) el estado de excepción o la guerra no solo es un hecho permanente sino necesario. Necesita la fractura, la oposición, tiene sed de recalcitrar la diferencia, de erigir fronteras, de expulsar, de promulgar “lo propio” e inferiorizar lo extranjero. La promesa del neoliberalismo global auguraba un orden “sin fronteras”, de libre tránsito. Pero su cara más aviesa y brutal ha sido (otra vez) desenmascarada (ahora) por la peste del coronavirus. La libertad sólo significa “libre tránsito” de objetos y mercancías, las fronteras están más rígidas que nunca, visibles o invisibles, dispositivos de bioseguridad, líneas de demarcación, constreñimiento del tránsito humano. Al tiempo que el mercado maniobra fuera de toda legalidad, o en la extraterritorialidad de ley, le es consustancial a sus prácticas globalizadas, disgregar, aislar, dividir, expoliar poblaciones, pauperizarlas, y por consiguiente, hacer de la libertad, una libertad de guerra.

 

Despidámonos de Europa

Si Hegel mostró un entusiasmo señero a causa de que la Europa del s XIX, su Sacro Imperio romano germánico, había coronado y sentado a la silla imperial a los países del Norte, como victoria vencedora del proceso de humanización y espiritualización; Husserl guardaba pequeñas reticencias, no de ese proceso, sino de su secuencia interrumpida. Misioneras, siempre se concibieron las potencias europeas como misioneras de la civilización y del espíritu. Las conquistas que se abrieron paso por la violencia y la crueldad deben ser consideradas, según su agenda, conquistas del espíritu. Nada de responsabilidad, mucho menos de culpabilidad. En 1935 Husserl leía en Viena su conferencia sobre el malestar que le ocasionaba la inminente crisis europea, y profesaba que Europa no era sólo un territorio simple, sino que a ella pertenecían los dominios británicos y el propio E.E.U.U., pero por supuesto, no los esquimales, ni “los indios de las exposiciones de las ferias”, ni los gitanos que vagabundean por Europa.[34] Delimitada su vastedad, “Europa” significa, dice Husserl, “la teleología histórica de los fines de la razón infinitos”. En otras palabras, la concreción y el destino de la idea filosófica (razón universal e infinita), inmanente a la historia de Europa, que se manifiesta en una “humanidad universal”, una humanidad que vive en “la libre formación de su existencia y de su vida histórica a partir de ideas de la razón, hacia tareas infinitas”,[35] o lo que es lo mismo, una humanidad que lleva por racionalidad una continua expansión y desarrollo de sus potencias, ilimitadamente, sin restricciones. Esa libertad ilimitada del espíritu europeo para expandirse como “humanidad universal” es lo que para Husserl ha caído en crisis. Había, pues, que rehabilitarle cuanto antes su privilegio.

Esa Europa con sueños de integración y unidad, mismos que fundamentan su pensamiento democrático liberal moderno, está hoy, en medio de la crisis evidenciada por el coronavirus, deshilachándose. Por lo menos haciendo inocultable esa fisura violenta que fundamenta sus prácticas y discursos. No es que el capitalismo haya entrado en crisis, sino que, digámoslo más decididamente, el coronavirus es un exponente de la crisis permanente del capitalismo. Se acerca el aniversario de una Europa que lleva quinientos años sosteniendo su desarrollo y fortuna económica y sus discursos de suntuosidad y grandilocuencia, su arte opulento, su vida de dilapidaciones, en el saqueo y el despojo, en el sometimiento y la esclavitud, que le dieron la posibilidad de posicionarse como poder planetario, pero también la insolidaridad y el crimen. Hoy vemos a Europa y a la eurozona tapiada con fronteras, arrebatándose los pocos insumos médicos y hospitalarios o prohibiendo que se abastezcan entre países miembros para enfrentar la crisis sanitaria. Desde el sur de Europa, el primer ministro de Portugal, Antonio Costa señala la desunión y la falta de solidaridad de la Unión Europea. Tacha de “repugnantes” las declaraciones del ministro de finanzas neerlandés que en plena crisis pide investigar la razón de que España e Italia no tengan margen presupuestario para luchar contra el coronavirus. Holanda y Alemania como países punteros en la industrialización ponen reticencias para emitir eurobonos a los países más afectados. El estado de bienestar desmoronado y las ayudas entre los países de la Unión Europea se escatiman con recelo. Italia y España más bien son apoyadas por Cuba, China y Rusia.

Pero igualmente los E.E.U.U. están opacados. Todo aquel donaire de cabeza del Imperio y exportador de la democracia, salvador de las naciones oprimidas por el atraso, ha sido subyugado por una epidemia que avanza a pasos agigantados. La capital de la globalización financiera, Wall Street, tullida y asfixiada en las calles de una ciudad neoyorkina que comienza a enterrar los cadáveres en parques públicos y se declara en estado de catástrofe.[36] Más de veintidós millones de estadounidenses pierden su empleo en el último mes.[37] D. Trump ha decidido retirar su financiamiento, el porcentaje más sustancial de las aportaciones totales, a la Organización Mundial de la Salud acusándola de mentir acerca de la pandemia.[38] Y a la postre, en una especie de delirium tremens frenético, Trump profiere que “el presidente de los E.E.U.U. está autorizado a hacer, lo que el presidente está autorizado a hacer, lo cual es muy poderoso”. Y sigue: “Cuando alguien es presidente la autoridad es total… y así debe ser”, todo esto en el marco de reabrir urgentemente la economía de su país, a pesar de los gobiernos estatales.[39] Naturalmente estas arengas lesionan directamente lo que está plasmado en la Constitución, la articulación entre Federación y estados, que es para las “naciones libres” la esencia de la democracia.

Y mientras se registra este amotinamiento de las potencias del Norte Global, incluso, mientras se desgastan en rivalidades por crear y acaparar la patente de una vacuna, por su parte, China, Cuba y Rusia van a la vanguardia del equipamiento de hospitales e insumos y presta de experiencia y servicios médicos en el mundo.

El presidente mexicano ha dado muestras fehacientes de buscar alternativas al modelo neoliberal, al que él evoca como neoporfirismo, porque al igual que aquella dictadura de más de treinta años en el poder, y que favorecía a unos cuantos en sus privilegios, no produce bienestar general, más bien engendra miseria pública y multiplica la violencia. Para el mandatario mexicano es un modelo que no trae crisis, sino que es una crisis permanente en que se socializa la pobreza y la crisis se funcionaliza para que la riqueza se concentre. El 26 de Marzo en la cumbre del G20, su participación propuso el apoyo preferencial a los marginados del sistema, los únicos a rescatar en medio de la crisis excitada por el coronavirus; propuso la regulación de la ONU para evitar la especulación financiera y el acaparamiento de insumos médicos por las hegemonías económicas y que se garantice a los pueblos el derecho a la salud sin distinción, y finalmente, que se haga una tregua entre países en riña, para evitar políticas arancelarias unilaterales que castiguen a los más débiles.[40] Rechazó el racismo e impulsó la amistad universal. Mientras los jefes de Estado en Europa (incluido E.E.U.U., por supuesto), se arrebatan los medios de sobrevivencia, se insultan y postulan desbaratar la Unión Europea, cierran fronteras, militarizan, y vuelven a rescatar a los banqueros y grandes industrias privadas, México llama y actúa en la dirección de la solidaridad, la unidad y la cooperación conjunta.

¿Dónde está el autoritarismo tan temido por Agamben que el coronavirus pretextaba para instalar? ¿Dónde está la erección rediviva del estado de excepción? ¿Hacia dónde virará el mundo con la marca dejada por el coronavirus? Estatismo, soberanismo, proteccionismo y militarización es lo que ha caracterizado las crisis más repugnantes de la historia reciente de Europa. De ahí que para ellos todo lo que huele a Estado y nacionalización, lleva aparejado el discurso soberanista, totalitario, etnocéntrico, y en consecuencia, xenófobo, fascista. Sus críticos lo resienten como un retorno del totalitarismo del s XX, pero también como un hundimiento sin fondo en las monarquías absolutas, en la historia de vejaciones y abuso desmedido del poder. Mientras tanto, nuestra experiencia latinoamericana está lejos de ser la misma. En estas latitudes hablar de “nacionalismo” no causa escozor ni escándalo. Las dictaduras que operaron, desde la Patagonia hasta México (con una particularísima dictadura de partido de más de setenta años), no fueron sino gobiernos impuestos, serviles operarios de los intereses extranjeros, facilitadores de transferencia de riqueza, extensiones de políticas neocoloniales, por lo que no se les puede imputar abanderar realmente discursos nacionalistas. Porque si lo fueron, lo fueron de las naciones para las que vendieron su joroba de lacayos. Discípulos de las peores lacras de sus patrocinadores: se condujeron con duras represiones, mutilación de libertades, torturas, racismos, silenciamiento, pero reescribiendo siempre sobre la plana de sus protectores, de quienes fueron pálidas réplicas, aduladores adoctrinados para la rapiña. Dicho de un plumazo, la soberanía es una experiencia política que ni en nuestra América ni en México en particular, en el escarpado trayecto de la modernidad, se ha conocido todavía, por lo que un proyecto nacionalista y proteccionista, en esta región del Sur Global, a diferencia del Norte Global, es un proyecto de resarcimiento, que nos restablezca del saqueo permanente de nuestros recursos y de la depredación carnicera de nuestros cuerpos, cura de nuestra dignidad y de los agentes materiales para vivir.

¿Hacia dónde habrá de virar el mundo? Hacia modelos solidarios y de bienestar, en los que se robustezcan los lazos y se atenúe la púa de la diferencia que, en particular, en nuestra América se han propuesto desde la década de los noventas y que las hegemonías imperiales le han desvencijado, ridiculizado y soterrado. O hacia la continuidad de la guerra solapada, la crueldad legalizada, y el cataclismo de la vida en la Tierra.

Lo que a una región como la nuestra le urge, y deseamos que el coronavirus plasme ahí su huella, es salir del estado perpetuado de excepción.

 

La Bête

En los bestiarios las bestias hacían gala de su deformidad, su artificiosidad, también su monstruosidad. Era un espectáculo de lo segregado y lo inasimilado para una Europa atormentada por espejos de lo grotesco. Sus aventuras trasatlánticas durante todo el s XVI y XVII, solo les confirmaron que todas las bestias de sus bibliotecas eran atisbos verosímiles de “otro mundo” salvaje y repleto de bestias que había que domar y exorcizar. Comenzó a escribirse un novísimo gran libro, a través de ese espejo invertido, del que las bestias saltaban como de sus jaulas y plagaban la racionalidad europea de sus liendres y su enfermedad.

El coronavirus bien pudo ser una de esas liendres. Retratada monstruosa, feroz, con cuerpo espinoso, diminuto, y que venía acompañada de las peores fiebres.

Por una transfiguración metonímica, nada más que eso debía ser el indio devorador de corazones, y el negro antropófago, bestias brutas y salvajes. La razón de ser de la soberanía española debía ser la de proteger la fe cristiana y al género humano de la amenaza de estas bestias endemoniadas. Todo lo inmundo de las liendres, todo lo profetizado sobre su maledicencia, todo lo ansiado sobre su repugnancia, se consumó en lo “bestial”, “cruel” y “depravado” de esa especie recién parida: lo “infrahumano”, de lo que había que defenderse, someter y exterminar sin remordimientos. De animal salvaje, “bestia” pasó a ser aquella criatura, quimérica y real simultáneamente, por lo mismo monstruosa, que por su inferioridad y bajeza, no deja de caer. Bestia es, lo que no deja de caer, en la hondura de la insignificancia, y de la infravida, ese cieno que hierve al sol las excrecencias y las secreciones, perdiendo potestades, derechos y la misma vida como posibilidad. Bestia es el producto engendrado por el despojo y la ignominia, pero todavía más, es la ignominia sobre la que la ley escribe: “todo está permitido”, el cuerpo, destituido y suprimido, sobre el que la ley promulga: “estado de excepción permanente”.

¿Tras qué túnica se esconde el autoritarismo carnicero?

Una nueva civilización, un orgulloso espíritu, había visto la luz: a la base la sangre y las osamentas de la infravida y de lo no-humano, en lo alto, la grandeza ungida del soberano.

Es esa la civilización que su espejo invertido, las liendres y sus pandemias, ponen a prueba de crisis.

 

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Notas

[1] Cf., E. Husserl, “La crisis de la humanidad europea y la filosofía” en Invitación a la Fenomenología, p. 80.
[2] Se estima que en la provincia de Hubei, China, el 17 de Noviembre aparece el primer caso pero fue proscrito a la comunicación pública. Será hacia fines de diciembre que con el incremento de caso se dé a conocer y se implementen medidas de detección y rastreo. Consultado de una noticia publicada el 17 de abril 2020 en el portal:
<https://www.infobae.com/america/mundo/2020/03/13/una-investigacion-dio-con-la-fecha-exacta-del-primer-caso-de-coronavirus-en-el-mundo/>.
[3] En México, la primera semana de Enero el Subsecretario de Salud advertía que el virus penetraría nuestras fronteras.
[4] M. Foucault, Vigilar y Castigar, p. 180.
[5] El 25 de enero de 2020 para ser exactos.
[6] 21 de febrero, brote en Milán.
[7] “L’invenzione di un’epidemia”, Quodlibet, 26-02-20:
<https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-l-invenzione-di-un-epidemia; texto traducido en: https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/>
[8] “Abre en China el primer hospital construido contrarreloj”, publicación de la agencia noticiosa RT, <https://youtu.be/J2SiC2Q4onA>; ver artículo del politólogo Meyssan, Tierry “Covid-19: propaganda y manipulación” para el portal Voltairenet.org: <https://www.voltairenet.org/article209504.html>.
[9] Cf. Confucio, Vida y Pensamientos morales, Tomo I, XXI.
[10] Ibid., XXV.
[11] Cf. Ibid., XXIX.
[12] Confucio, Analectas, 12.17.
[13] Lao Tse, Tao Te Ching, LXVI.
[14] Cita tomada de G. Agamben, Estado de excepción, p. 23.
[15] Cuando un mandatario como AMLO usa las expresiones “confianza para el pueblo”, “decisión del pueblo”, “poder del pueblo”, “priorizar a los vulnerables” y exalta la “honestidad” como la hoja de ruta ética de toda gestión política, y desborda el paradigma de, incluso la democracia liberal, se lo descalifica de “populista” y “electorero”, con idéntica dosis narrativa con que se desprestigió a Hugo Chávez en Venezuela, a Lula en el Brasil, a Correa en el Ecuador, a Evo Morales en Bolivia. No es coincidencia, sino que atiende a un relato supranacional construido entre la oligarquía local y la oligarquía del Norte Global.
[16] Consulta el 16/04/20: <https://www.jornada.com.mx/2020/03/09/opinion/010o1eco>.
[17] Consulta el 17/04/20:
<https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/oxfam-alerta-de-que-el-coronavirus-podria-sumir-en-la-pobreza-500-millones-de-personas>.
[18] Discípulo de Friedrich Hayek y asesor del dictador general Augusto Pinochet, de la mano del cual impulsaron de manera inaugural el proyecto neoliberal en el mundo.
[19] Klein, Naomi, La doctrina del shock, p. 27.
[20] Son las llamadas “reformas o ajustes estructurales”, todos han sido planes que obedecen no a las necesidades del pueblo mexicano, sino explícitamente se trata de la aplicación de una recomendación o receta dictada por el Washington Consensus. Y lo que lo hace más significativo todavía, como política solapadamente neocolonial, es la urgencia y el soborno que se ha ejercido sobre los gobiernos en el mundo para que se adapten los marcos legales de cada país, y aquellos que históricamente se han considerado bienes públicos y de la nación, pasen a ser de dominio y ganancia privada.
[21] A. Mbembe, “La pandemia democratiza el poder de matar”, en Gauchazh, 31 marzo 2020 Consultado en: <https://lavoragine.net/la-pandemia-democratiza-poder-de-matar/>.
[22] No quisiera dejar de anotar que, en la estadística llevada por el gobierno mexicano, ha destacado el hecho de que es una enfermedad que ha afectado más a varones que a mujeres, en una proporción 3:1, en términos de mortalidad. Los médicos explican que son más las comorbilidades, sobre todo adictivas, que afectan a los varones y por ello los matan con más recurrencia.
[23] Byung Chul Han, “La emergencia viral y el mundo de mañana”, El País, 22 marzo 2020 Consultado en: <https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html>.
[24] En México este es un recurso bien aprovechado y aplaudido por la oligarquía nacional, en la época contemporánea, hay dos ejemplos flagrantes, en 1988 y en 2006. Pero más allá de fraudes explícitos, la dinámica electoral ha funcionado inyectando dosis de apatía en la gente, luego comprando sus votos, y alimentando las campañas con grandes capitales privados que serán pagados como favores y negocios apenas se conquiste la presidencia.
[25] La guerra de Irak en 2003 porque se acusó falsamente que Hussein escondía bombas de destrucción masiva y el ataque a Afganistán en 2001 porque supuestamente el grupo terrorista Alcaeda había sido el cerebro del ataque a las Twin Towers.
[26] La guerra en Siria desde 2011 sin tregua hasta el día de hoy.
[27] Todos los países del llamado tercer mundo.
[28] Cuba es el paradigma con 60 años de terrorismo económico (bloqueos), luego Venezuela, después la nación Persa.
[29] Buscando la integración y absorción (saqueo) de recursos como gas, petróleo, minerales, agua y biodiversidad, y produciendo un apartheid laboral y la exclusión de la población, se implementó en México, un diseño de Washington: la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de la América del Norte (ASPAN) y la Iniciativa Mérida. Tuvo lugar desde la gestión de Fox y Calderón, combinando lo económico-empresarial con lo policial-militar. En África del norte, en 2011, la OTAN, liderada por E.E.U.U., propicia un golpe de Estado para ejecutar a Muamar Gadafi con el objetivo de impedir que el mandatario pusiera fin a la explotación extranjera, y “llevarle la democracia” al pueblo libio. El resultado ha sido la fragmentación territorial, la división política, y el saqueo de petróleo y oro.
[30] El caso por antonomasia es el del Estado colonial de Israel, que desde la segunda mitad del s XX y vigente hasta nuestros días, ha ocupado el territorio palestino, mirificándolo, expoliándolo, expulsando a comunidades enteras, arrinconando a otras y masacrándolas con un control militar capilar extendido. Pero también está el caso de Yemn,
[31] Desde Hollywood hasta la prensa y la televisión, pasando por la industria de la moda y el marketing global con una narrativa única.
[32] A. Mbembe, Políticas de la enemistad, p. 12.
[33] Ibid., p. 33.
[34] E. Husserl, op. cit., p. 80.
[35] Idem.
[36] Consultado el 18-04-20 en:
<https://www.infobae.com/america/mundo/2020/03/16/las-bolsas-y-el-petroleo-vuelven-a-desplomarse-en-medio-del-panico-por-las-consecuencias-del-coronavirus/>.
[37] Consultado el 18-04-20:
<https://elpais.com/economia/2020-04-16/mas-de-22-millones-de-estadounidenses-
solicitaron-las-ayudas-por-desempleo-en-las-ultimas-cuatro-semanas.html>.
[38] Consultado el 18-04-20: <https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52289020>.
[39] Consultado el 18-04-20:
<https://www.infobae.com/america/eeuu/2020/04/19/quien-tiene-el-poder-real-en-estados-unidos-detras-de-la-disputa-entre-donald-trump-y-los-gobernadores/>.
[40] Consultado el 18-04-20 en: <https://www.youtube.com/watch?v=rVghqd9UOMU&t=94s>.