Revista de filosofía

Comunidad inmunizada y biopolítica en tiempos de pandemia

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Resumen

Un virus, como potencia vital, al desafiar la vida humana provoca, paradójicamente, la inmunidad al proteger tanto como negar la vida misma. La vitalidad del virus amenaza la vida de la humanidad, se impone y controla las políticas mundiales, de hí que la biopolítica no se trate sólo del control sobre la vida sino también del control de la vida. La vida de la comunidad se ve amenazada por la vida de un virus, y es ante este riesgo que la comunidad debe inmunizarse. Cuando la pandemia pone en peligro la forma de gobierno de la vida biológica de las poblaciones, surgen preguntas como ¿de qué manera la pandemia coloca a la inmunidad como un epicentro estratégico de la biopolítica?, ¿en qué sentido la pandemia hace que la protección y negación de la vida sea el foco sustantivo de control y gestión de la vida biológica de las poblaciones?

Palabras clave: COVID-19, inmunidad, comunidad, biopolítica, Foucault, Esposito.

 

Abstract 

A virus, as a vital power, by challenging human life paradoxically provokes immunity by protecting as much as denying life itself. The vitality of the virus threatens the life of humanity, it imposes and controls world politics, so that biopolitics is not only about control over life but also about control of life. The life of the community is threatened by the life of a virus, and it is against this risk that the community must be immunized. When the pandemic endangers the way of governing the biological life of populations, questions arise such as how does the pandemic place immunity as a strategic epicenter of biopolitics? In what sense does the pandemic make protection and denial of life is the substantive focus of control and management of the biological life of populations?

Keywords: COVID-19, immunity, community, biopolitics, Foucault, Esposito.

 

El 30 de enero de 2020 la Organización Mundial de la Salud declara la epidemia de la enfermedad COVID-19, causada por el virus SARS-CoV-2, como una emergencia de salud pública de preocupación internacional. En poco tiempo, el 11 de marzo, la epidemia se vuelve pandemia al extenderse a una velocidad inimaginable por Asia, Europa, América y África. El virus es un peligro biológico que paralizó a China por tres meses y tiene en jaque a Estados Unidos. La pandemia, no es como un jinete del Apocalipsis, sino como toda una caballería completa de conquista, guerra, hambre y muerte, donde el virus suspende de golpe la vida, tal cual se vivía. Suspender la vida no es eliminarla, todo lo contrario, la enfermedad como esa posibilidad de superación de la propia decadencia, recordando a Nietzsche, es una afirmación y voluntad de la vida.

Un virus, como potencia vital, al desafiar la vida humana provoca, paradójicamente, la inmunidad al proteger tanto como negar la vida misma. La vitalidad del virus amenaza la vida de la humanidad, se impone y controla las políticas mundiales, de ahí que la biopolítica no se trate sólo del control sobre la vida sino también del control de la vida. La vida de la comunidad se ve amenazada por la vida de un virus, y es ante este riesgo que la comunidad debe inmunizarse. Cuando la pandemia pone en peligro la forma de gobierno de la vida biológica de las poblaciones, surgen preguntas como ¿de qué manera la pandemia coloca a la inmunidad como un epicentro estratégico de la biopolítica? ¿en qué sentido la pandemia hace que la protección y negación de la vida sea el foco sustantivo de control y gestión de la vida biológica de las poblaciones? Para esbozar posibles respuestas a estas preguntas el texto está dividido en tres partes: la primera presenta rasgos característicos de la inmunidad y la comunidad; la segunda identifica, en la pandemia, la forma en cómo la comunidad se inmuniza con prácticas biopolíticas; finalmente se presenta un sumario conclusivo.

 

Inmunidad y comunidad

El vocablo inmunidad refiere a la negación del munus, el cual se compone de mei, que es propiamente “dar en cambio”, y del sufijo nus, que caracteriza a todo aquello relativo a lo social. Por lo que, en principio, la inmunidad refiere a la negación de dar en cambio algo a lo social. Se trata de quedar exento del regalo o don que obliga al intercambio y a vínculo social, de tal manera que la inmunidad niega toda institución y práctica de hospitalidad, reciprocidad y acogida, por lo que, de alguna manera, rompe con el espíritu del Don, recordando a Mauss, porque se quiebra el vínculo establecido por el dar, recibir y devolver. Ante la pregunta ¿qué fuerza tiene la cosa que se da, que obliga al donatario a devolverla? la respuesta inmunitaria puede ser: por más fuerza que tenga la cosa que se da, no se está obligado a devolver, incluso y sobre todo, no se está forzado a dar.

Se llama inmune a todo aquél o aquello que no tiene ninguna obligación, función o deber, el inmune es quien resulta libre de todo cargo o función, está exonerado de otorgar algún beneficio, ayuda, prestación o servicio, no carga con ninguna deuda o deber social que son comunes a todos. Puede decirse que la inmunidad erosiona todo vínculo social, en tanto siempre refiere a lo propio, es decir, a lo no común. Así, siguiendo a Esposito, la inmunidad está en oposición a la comunidad, y aunque ambas refieren al munus, una lo niega y otra lo afirma. La comunidad[1] obliga al don de hacer, es un deber, una tarea, una ley de producir. Es una ley de algo-otro que está en uno mismo. Algunas características de la oposición entre inmunidad y comunidad son: la inmunidad refiere a lo particular, no porta ninguna carga, no hay deuda, no hay obligación de pago; mientras la comunidad trata de lo general o de aquello que nos concierne a todos, se porta la carga de dar al otro, se está en deuda con un otro, se está obligado a pago.

En términos biomédicos se puede decir que la inmunidad es un proceso de rechazo y neutralización por parte de un organismo ante el peligro de contraer una enfermedad contagiosa. Por ejemplo, un virus penetra la célula, como parásito, para reproducirse en ella hasta infectarla y reproducir más virus, el organismo sólo puede soportar la infección generando una batalla contra sí mismo, una guerra de autodestrucción que, si logra soportar su propio declive, le permitirá, al final de la contienda, producir anticuerpos capaces de neutralizar al patógeno, logrando así la inmunidad. De tal manera que los organismos que sobreviven a la enfermedad COVID-19 son inmunes al virus porque lo niegan y lo neutralizan, porque excluyen al microorganismo patógeno incluyéndolo en el propio organismo. En tal sentido, la inmunidad opera de manera homeopática, es decir, reproduce de forma controlada aquello que pretende neutralizar. Esposito,[2] se refiere incluso a la inmunidad como una dialéctica homeopática, donde la inmunidad no sólo es negativa ni sólo es positiva, antes bien lo negativo está en lo positivo y lo positivo sólo es a partir de lo negativo, para lograr similia similibus curantur.

No puede haber inmunidad si no hay mal al cual enfrentar y, sobre todo, neutralizar. La inmunidad opera en el límite de la vida y la muerte, de la salud y la enfermedad, del bien y del mal, no se trata de vencer al mal sino de neutralizarlo, de incluirlo en el cuerpo como un anticuerpo. La inmunidad no es posible si no hay enfermedad, si no existe riesgo de muerte, si no se presenta la infección. En tal sentido, la inmunidad afirma la vida negándola, rechaza el mal aceptándolo, el cuerpo no expulsa el veneno sino que lo integra como parte de él, se puede decir que incorpora anticuerpos. La inmunidad niega la vida para protegerla, y en esto radica su carácter aporético, ya que para vivir hay que inhibir la vida, y sólo se puede vivir a través de dosis de muerte, en otros términos, la comunidad vive gracias a la inmunidad.

Usando la inmunidad biomédica en la inmunidad social se puede ver que no sólo se niega, sino que se neutraliza la vida protegiéndola. Sin duda, la pandemia es una posibilidad para que la inmunidad se evidencie como constitutiva y destructiva de la comunidad global. La comunidad inmune es aquella que incluye en el cuerpo social anticuerpos. En otras palabras, una comunidad inmunizada es la que niega su propio munus para resguardar su vida, la que está contra toda obligación de pago para cobrar su vida, la que se da a sí misma dosis de muerte para mantenerse con vida. Por ejemplo, para sobrevivir a la pandemia es necesario inmunizar a la comunidad mundial, por eso es inevitable, como dosis de muerte, el desplome de las bolsas de valores, el derrumbe de la demanda de petróleo, la caída del empleo, la quiebra de pequeñas y medianas empresas, la pérdida de ciclos escolares, etcétera. De alguna manera, el declive de la economía impulsa la vida económica. Se extrae vida de la muerte o, dicho de otra manera, se incluye la muerte en la vida.

El cuerpo social activa su sistema inmunológico generando anticuerpos. Frente al riesgo inminente de enfermedad y muerte de la comunidad se activa la maquinaria de seguridad y protección a tal grado que colapsa la forma de vida habida. La protección de la vida rechaza la vida. La vida de lo común requiere e implica lo inmune. En la comunidad inmunizada todo lo exterior es interior y el caos es orden, las arterias que conectan lo extranjero con lo nacional quedan expuestas, el desorden generado por la pandemia regula la vida, se hace evidente que lo global está en lo más local y particular y que el orden mundial es anómalo y anómico.

La pandemia es un mal que activa la alarma del sistema inmunitario para mantener la vida de la comunidad mundial. Es interesante que una característica de la pandemia provocada por el SARS-CoV-2 obliga a frenar y reordenar los límites y confines del exceso de comunidad, se está en contra de la contigüidad de la vida común, se busca una toma de distancia, una separación funcional, que aplica tanto a la relación recíproca entre los individuos como a la de cada individuo consigo mismo. Para conservar la vida en común es necesario su reducción al mínimo, esto es, la sana distancia, no tocar nada, ni a nadie, ni siquiera tocarse a sí mismo, no hablar de frente sin cubrebocas, quedarse en casa, todo lo externo a lo propio es una amenaza, de lo que se trata es de activar la inmunidad rechazando todo vínculo social. Una manera de inmunizar a la comunidad es asumir la relación que une en la separación y que vincula en la lejanía y en lo ajeno. Las prácticas de inmunización son el único comportamiento común. Mantener viva a la comunidad es el único objeto de la inmunización.

Aquí la inmunidad tiene algunos rasgos como epicentro estratégico de la biopolítica. Se puede decir que una comunidad inmunizada activa o evidencia su constitución biopolítica porque no puede haber comunidad inmunizada sin gobierno de y sobre la vida biológica de las poblaciones. Toda acción común e inmune es una práctica que pone en juego la relación entre política y vida. Se puede decir que la comunidad no puede vivir sin política, y la política es un anticuerpo para la vida de la comunidad. Ante la pandemia las acciones políticas mutan, en tanto se conforman como anticuerpos que la inmunizan para mantener viva a la comunidad, y en este proceso de inmunización algo de la política muere y algo nace. Foucault[3] dice que “durante milenios el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”.

 

Biopolítica 

¿Cómo se presenta la comunidad inmunizada, en tanto negación del propio munus para resguardar su vida, en la biopolítica? A partir de Foucault se pueden identificar cuatro rutas de acceso a la noción de biopolítica:[4] 1) la nosopolítica, 2) la guerra de razas, 3) el poder de hacer vivir y dejar morir, 4) la economía política del mercado. A continuación se presenta un boceto de cómo la comunidad se inmuniza con prácticas biopolíticas.

La consideración de las enfermedades como un problema político y económico es algo que puede llamarse nosopolítica,[5] donde surge el desarrollo de un mercado médico y de una medicina clínica centrada en torno al examen, al diagnóstico y a la terapia individual. Tanto el mercado médico como la medicina clínica se establecen como comunidades en tanto se asumen como medicina social, es decir, se obliga a la reciprocidad con los miembros de la sociedad. ¿Cómo se inmuniza la comunidad nosopolítica? Mantener la enfermedad en la población es el elemento vital para la existencia de la nosopolítica, de tal manera que el mercado médico y la medicina clínica interrumpen el circuito social, se inmunizan al mantener y producir la enfermedad. Si la nosopolítica opera en dos terrenos, a) la infancia y la medicalización de la familia y b) la higiene y el funcionamiento de la medicina como instancia de control social; entonces será ahí en donde ocurre el rechazo del intercambio social. La inmunidad de la nosopolítica está en las enfermedades de los niños y la familia, así como en las infecciones y en la descomposición del sistema médico. Es evidente que la pandemia es un momento privilegiado para inmunizar a la comunidad nosopolítica. El mercado médico y la medicina clínica no son un asunto de la generalidad comunitaria, sino una cuestión de la particularidad de la nosopolítica. La producción, distribución y consumo de recursos para combatir la pandemia, así como todas las estrategias médicas, desde el examen, pasando por el diagnóstico, hasta el establecimiento de la terapia o tratamiento para combatir el COVID-19, son prácticas de inmunidad para la comunidad nosopolítica.

De acuerdo con Foucault[6] la guerra inicia no porque haya diferencias en la población sino porque hay demasiada igualdad, dicho de otro modo, la igualitarización hace que la raza o grupo social dominante intente defender lo que considera su sociedad o sus instituciones. Se puede decir que las razas son comunidades que, a través de la guerra, buscan proteger y ampliar sus dominios y con ello quedar inmunes. La guerra es una manera de inmunizar a la comunidad. Así, por ejemplo, en la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, la guerra se establece entre las comunidades de empresarios, organismos internacionales, como la OPEP o la OMS, grupos de científicos, instancias de gobierno nacionales como, en el caso de México, el Consejo de Salubridad General o la Secretaría de Salud. La batalla se da porque las razas buscan diferenciarse entre ellas, cada raza es una comunidad que carga una deuda social, y una manera de inmunizarse, es decir, de negar la obligación de pago social, es haciendo la guerra. Rechazar el pago social es proteger la propia vida de la comunidad, por ejemplo, la comunidad de médicos se inmuniza al anular la deuda social para resguardar su forma de vida particular. La guerra de razas, como biopolítica de las comunidades inmunizadas, es una forma de dominio sobre la vida biológica de las poblaciones, pero en tiempos de pandemia el virus hace su propia guerra y consigue dominar la vida biológica de todo, no sólo de las poblaciones.

La fórmula “hacer vivir dejar morir” la usa Foucault para indicar el cambio del poder soberano sobre la vida que se ejerce a partir del momento en que el soberano puede matar, donde opera el “hacer morir dejar vivir”, es decir, se llega a la vida a través de la muerte, se trata de un derecho de la espada. Con la inversión de esa fórmula, ahora se llega a la muerte a través de la vida, hay poder sobre la muerte sólo a partir de que se obliga a vivir. Ya no es el poder de la espada, sino el poder de la ampolleta, de la vacuna, de la cirugía, de las prácticas médicas de salud, de la seguridad social, de la alimentación, de los datos estadísticos, de las guías bioéticas, entre otros. La pandemia por el virus SARS-CoV-2 llega a la muerte a través de la vida, esto es, hay poder sobre la muerte sólo a partir de que se obliga a vivir. Se llega a la muerte a través de la vida de la población, de esa masa amorfa de vivientes y murientes que se presentan en forma de demografía, higiene pública, seguridad social o territorio. La población, como comunidad, vive mortificada y muere vitalizada, esto es por su condición operativa, es decir el hacer de la vida y el dejar de la muerte es lo que hace funcionar a la población. Por ejemplo, los individuos que conforman una población viven y mueren de manera operativa y funcional, es decir, los cuerpos vivos y muertos son productivos y funcionales, los vivos hacen cosas y cuentan como dato estadístico de natalidad, empleo, escolaridad, y los muertos se integran a la maquinaria productiva en forma de donación de órganos, velatorios, datos de mortalidad y morbilidad, etcétera.

Esta condición operativa del hacer vivir y dejar morir que caracteriza la vida mortificada y la muerte vitalizada es el munus, es lo que establece la obligación de pago o vínculo social de la población como comunidad. Es en el carácter operativo del hacer vivir y dejar morir que se aprecia con mayor claridad la inmunidad como dialéctica homeopática, en tanto la inmunidad asume que lo negativo está en lo positivo y lo positivo sólo es a partir de lo negativo. Con la pandemia se evidencia la manera en que la comunidad poblacional, del hacer vivir dejar morir, rompe el vínculo social de la donación recíproca, ya que la población para vivir debe rechazar todo contacto social para fortalecer sus lazos, debe asumir que la distancia protege la cercanía, debe refugiarse en lo particular del hogar para mantener la generalidad de lo público. Así, en la pandemia cada dato estadístico fortalece el rompimiento de obligatoriedad social, tanto del hacer vivir en forma de empleo, escolaridad, alimentación, higiene, etcétera, como del dejar morir como indicador de mortalidad, grados de morbilidad, territorio de contagio, demografía de infección, etcétera. La comunidad poblacional se inmuniza con su obligación de producir vida y muerte.

La economía política del mercado[7] puede apreciarse tanto en el liberalismo como en el neoliberalismo. En el liberalismo se trata de que el Estado no intervenga en las acciones del mercado, se parte de la fórmula laissez faire laissez pase, es un dejar hacer y dejar pasar del mercado que limita y regula las formas y los ámbitos de acción del Estado. La libertad de intercambio, es decir, la libertad de participación en el mercado es lo que el liberalismo produce. En el neoliberalismo el Estado entra en el juego del mercado, el Estado es parte de la economía política del mercado, ya no se requiere limitar al Estado, sino que éste se integra al propio mercado, no sólo se produce, se gestiona y se asegura la libertad, sino también la pluralidad de libertades que movilizan la competencia, el monopolio, la política social, el capital humano y la criminalidad. Por ejemplo, en la pandemia se establece la libertad de competencia, no sólo entre los individuos para contar con los requerimientos que lo protegen del contagio, también compiten las empresas, sobre todo las de la industria médica, para colocar sus productos en el mercado ante la alta demanda; esta libertad de competencia entre empresas se establece a partir de la libertad que tienen los grandes monopolios para establecer reglas de competencia en el mercado, Johnson & Johnson, Pfizer, Bayer o Novartis sin duda compiten a partir de que ellas mismas establecen reglas mercantiles de sus productos; existe libertad para establecer diversas políticas sociales que ayuden a inhibir la expansión del virus; hay libertad para contar con diversas formas de preparación de capital humano, sobre todo de enfermería y medicina; existen condiciones de libertad para que, el crimen, a través de narcotráfico participe en el mercado, no sólo con la compra-venta y distribución de insumos de uso médico-hospitalario, sino incluso repartiendo despensas entre la población más vulnerable.

Puede decirse que, en la economía política del mercado, liberal y neoliberal, el mercado inmuniza a la economía política, es decir, el individuo respeta el contrato social no porque haya contrato sino porque tiene interés en que lo haya, hay un interés económico particular que permite establecer un vínculo político colectivo. La gestión de la vida biológica de los individuos está en función de la economía política del mercado. La obligación de pago social está en el intercambio económico. Mientras la producción, distribución y consumo de la vida particular e individual se encuentre en el tablero del juego mercantil, en las apuestas de la economía política del mercado, es posible la vida de la comunidad. En el más radical egoísmo está la fuerza del lazo social. La comunidad neoliberal se inmuniza cuando el vínculo de reciprocidad, como el significado más originario de la comunidad, se establece como un asunto individual y egoísta, en otras palabras, los individuos se cuidan unos a otros no por un compromiso comunitario, sino inmunitario, es decir, particular, local e interior.

En la pandemia la vida de la comunidad depende del cuidado que cada persona haga de sí misma. Por ejemplo, con las llamadas “compras de pánico”, se observa tanto la compra-venta como el pánico. Esto muestra tres cosas: 1) que todo aquel que pueda participar del mercado (de la producción, distribución y consumo de lo que se demanda) lo puede hacer libremente; 2) las compras se hacen desde lo personal, lo privado, lo propio, cada individuo compra para sí mismo, con la intención de cuidar y proteger lo propio (cuerpo, familia y casa), donde este cuidado de sí es un cuidado del otro; 3) El cuidado personal es, no porque interese en sí mismo el otro, sino porque ese otro representa una amenaza, un foco de infección, un mal, el pánico de la compra es provocado por el peligro que implica el más mínimo contacto con el otro. En la pandemia del COVID-19 es evidente que el orden personal protege la anomalía y la anomia colectiva. El más profundo egoísmo económico es el anticuerpo que protege, negando la vida política colectiva. El individualismo radical inmuniza a la comunidad.

 

Sumario

  1. La comunidad inmunizada es aquellas que vive de dosis de muerte que se da a sí misma. La pandemia es un momento excepcional donde la muerte biológica y política hacen posible la vida humana.
  2. Toda acción común e inmune es una práctica que pone en juego la relación entre política y vida, porque la comunidad no puede vivir sin política y la política inmuniza a la comunidad, la política es un anticuerpo para la vida de la comunidad.
  3. La enfermedad y la muerte inmunizan a la comunidad conformada por el mercado médico y la medicina clínica, por eso, la medicina como comunidad, enferma y mata para vivir, si hay una comunidad que vivirá a la pandemia es la de la medicina.
  4. Las comunidades, como razas, se inmunizan a través de la guerra. Y así como la guerra inmuniza a la comunidad, la violencia inmuniza a la política, ésta no es la continuación de la guerra ni la guerra es la continuación de la política, antes bien, la violencia es la producción de anticuerpos de la política, es decir, la política logra vivir gracias a la violencia que produce en su interior. Durante la pandemia es claro que toda política de salud es constitutivamente violenta.
  5. La pandemia por el virus SARS-CoV-2 llega a la muerte a través de la vida, esto es, hay poder sobre la muerte sólo a partir de que se obliga a vivir. En el carácter operativo del hacer vivir y dejar morir se evidencia la inmunidad como dialéctica homeopática, en tanto la enfermedad y la muerte están en la salud y la vida, y éstas sólo pueden ser posibles a partir de la enfermedad y la muerte.
  6. En la economía política del mercado el egoísmo se establece como la fuerza del lazo social. La comunidad neoliberal se inmuniza cuando el vínculo de reciprocidad, como el significado más originario de la comunidad, se establece como un asunto individual y egoísta. En la pandemia el cuidado de sí es el cuidado del otro no para fortalecer el lazo colectivo sino para negar toda obligación de pago social.

 

Bibliografía 

  1. Castro, Edgardo, Diccionario Foucault. Temas, conceptos y autores, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.
  2. Esposito, Roberto, Protección y negación de la vida, Amorrortu, Buenos Aires-Madrid, 2009.
  3. ______________, Comunidad, inmunidad y biopolítica, Herder, Barcelona, 2009.
  4. Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, México, 2012.
  5. ______________, Defender la sociedad, FCE, México, 2014.
  6. ______________, “La política de la salud en el siglo XVIII”, en Estrategias de poder, Barcelona, Gallimard, 1976.
  7. ______________, El nacimiento de la biopolítica, FCE, México, 2016.

 

Notas

[1] Esposito, Roberto, Comunidad, inmunidad y biopolítica, p. 25.
[2] Esposito, Roberto, Immunitas. Protección y negación de la vida, p. 127.
[3] Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, p. 135.
[4] Cfr., Castro, Edgardo, Diccionario Foucault. Temas, conceptos y autores, passim.
[5] Cfr., Foucault, Michel, “La política de la salud en el siglo XVIII”, passim.
[6] Cfr., Foucault, Michel, Defender la sociedad, passim.
[7] Cfr., Foucault, Michel, El nacimiento de la biopolítica, passim.