Revista de filosofía

Hacia una resistencia intersticial en la Web y las redes sociales

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Hacia una resistencia intersticial en la Web y las redes sociales

TOMADA DEL FACEBOOK MAL-DE OJO

 

Resumen

Considerando el potencial de resistencia en la Web y las redes sociales, en el presente artículo se pondera la efectividad que pueda tener tal resistencia en cuanto es llevada a cabo en los intersticios o “huecos” de la información y los mainstream sociales en ella. A partir de las posturas críticas de Julian Assange, Howard Caygall, Slavoj Žižek y Axel Honneth entre otros pensadores, se argumenta que la sutileza de tácticas de la resistencia intersticial en los medios digitales se emparenta con la resistencia no violenta.

Palabras clave: resistencia, intersticial, redes digitales, justicia, no violencia, crítica.

 

Abstract:

Taking into account the potential for resistance in the Wwb and social networks, this article considers the effectiveness that such resistance may have as long as it is carried out in the interstices or “gaps” of information and social digital mainstreams. Drawing on the critical stances of Julien Assange, Howard Caygall, Slavoj Žižek and Axel Honneth among other thinkers, it is argued that a subtle tactics of interstitial resistance in the digital media are related to nonviolent resistance.

Keywords: interstitial, resistance, digital web, justice, no violence, review.

 

La efectividad de la resistencia está entretejida indiscerniblemente con los medios y tácticas con la que se organiza. Este hecho es tanto o más relevante que la base teórica —ética o política— que sostiene los movimientos de disidencia e inconformidad social que llevan a la postre a un activismo de resistencia. Si los medios de resistencia se agotan en una confrontación directa con los aparatos de poder con los que luchan —con la policía o con cuerpos paramilitares de contención, pero también con las instituciones y la estructura jurídico-política como bloque— su efectividad estará marcada por la violencia y la capacidad de impacto y fuerza como armas de lucha, pero también estará condenada a su propia repetición cíclica de sus términos tácticos y de su motivación disidente: repetirá sus lemas de protesta en manifestaciones públicas, las tomas de calles y avenidas de forma estática, la ira como pathos inseparable de actos vandálicos en la vía pública, ira que la mayor parte de las veces se agota en su propia intensidad de rabia y de impotencia. La resistencia como confrontación y lucha por impacto corre así el riesgo de agotarse en su propio despliegue de violencia y ser absorbida por una configuración de poder que la domestica al hacer previsibles y controlables sus movimientos, al panoptizarlos.

 

De forma alternativa, se puede pensar en las potencialidades de una resistencia no violenta, diferenciada dinámicamente del sentido confrontacional de oposición, cuya efectividad no se agota en los medios de una lucha con los aparatos de poder imaginados como instancias exteriores que hay que golpear, destruir, incendiar. Es a lo que llamamos resistencia en los intersticios: se trata del despliegue sutil y astuto de los medios de resistencia que no requieren de la lucha oposicional y violenta para ser efectivos. Tampoco requieren de un escape “por fuera” de los aparatos de poder. La resistencia intersticial actúa en las “fracturas” internas de una estructura dada de poder, dentro del poder, entre sus intersticios, por ejemplo, toma ventaja de las ambigüedades y fluctuaciones con las que se emite una ley y las formas en que se “aplica” a los casos particulares; o bien, se aprovecha de las indeterminaciones y ambivalencias de una corriente cultural de valoraciones, hábitos, formas de educación e informaciones que pueden recodificarse o resemantizarse en sentido de resistencia.[1]

 

¿Hay en la Web un potencial real de resistencia que puede ser desplegado en los términos de esta efectividad intersticial? El uso de las distintas plataformas y archivos digitales de información, las redes sociales como Facebook o Twitter, las páginas de organizaciones privadas y públicas, ¿son tecnologías que pueden ser reconducidas con fines de disentimiento, denuncia y un activismo subversivo que impacte en la red de poder social de la que realmente son parte? Ciberactivistas y hackers, los autodenominados cypherpunks y otras organizaciones de resistencia digital, ¿juegan el juego del sistema global de comunicaciones que anularía de antemano su peligrosidad al neutralizarla en forma de flujos controlados de información? O más bien es, al contrario: ¿existe en estos flujos informáticos y el juego disidente de encriptación de mensajes y filtración de datos, la posibilidad de un quiebre de tal sistema global de comunicaciones que sea generado en su núcleo mismo, es decir, en los intersticios de sus nodos y redes?

 

Tomemos como paradigmático de este uso disidente de la red el caso de Julian Assange y la creación de WikiLeaks. Como se sabe, las filtraciones de información considerada confidencial ha sido uno de los rasgos combativos de esta organización que actúa en nombre de la transparencia de la información como motivación ética y política. Entre estas filtraciones destaca la liberación del video de los asesinatos cometidos por el ejército norteamericano en Bagdad en 2007, filtrados por Chelsea Manning y publicados en 2010, que involucraron también la muerte de dos reporteros de Reuters y por lo que fue titulado Collateral Murder (Asesinato Colateral). Estas y otras filtraciones de cientos de documentos clasificados como de “alta seguridad”, han llevado a Assange a ser acusado de ciberterrorismo, conspiración y espionaje principalmente por parte del gobierno de Estados Unidos, aunque más de una vez en contubernio con el gobierno de otros países. La persecución de la organización y de su fundador se continuaron por múltiples medios: la acusación de “opacidad contable” de las operaciones financieras millonarias que involucra WikiLeaks; la acusación de acceso ilegal a sistemas y archivos informáticos de universidades y agencias del gobierno de E.U.; incluso el indizamiento judicial del propio Assange después de ser señalado como perpetrador de delitos sexuales (se le acusó de violar a Anna Ardin y de acosar a Sofía Wilen, cargos de los que fue exonerado después por el gobierno Sueco). Tras un periplo de huidas por Suecia e Inglaterra, y la exigencia de extradición por parte de Estados Unidos, Assange encuentra refugio político por razones humanitarias en la embajada de Ecuador en Londres en 2012. Asilado en condiciones siempre polémicas, continuó su defensa judicial pero también su resistencia política durante casi siete años, con frecuentes interrupciones de su acceso a internet o cualquier otro medio de comunicación y la censura a sus desplegados políticos. Finalmente, en 2019 le es retirado el asilo político (el presidente de Ecuador lo llama “hacker malcriado y miserable”) y de inmediato es arrestado por la policía británica y encarcelado en la prisión de alta seguridad de Belmarsh, al tiempo que el gobierno estadounidense incauta los documentos que mantenía en la embajada. Los ciberactivistas del grupo Anonymus y muchos otros grupos, incluso políticos, mandatarios e intelectuales de muchos países, denuncian las condiciones de tortura psicológica, aislamiento y deterioro de la salud de Assange, bajo la sospecha de una orquestación para su asesinato “legalizado”.

 

La detención de Julien Assange y las acciones de confrontación de WikiLeaks con el Estado y sus aparatos de seguridad de la información, ¿son sólo una forma de quiebre de la Ley? ¿Es simplemente subversiva la función de este tipo de activismo digital confrontacional? Y cuando se despliega en las redes sociales, ¿tiene la función simplemente de escandalizar para obtener likes, no sólo como compulsión de reconocimiento en un sentido superficial, sino además para obtener los contratos comerciales con marcas que se anuncian en las páginas más frecuentadas por youtubers y otras plataformas digitales? En síntesis, el interés meramente instrumental, ya sea de subversión escandalosa ya sea de una popularidad perversamente ligada con ganancias económicas, ¿es lo que impera en este caso? Y, por lo tanto, ¿finalmente se trata de una falsa resistencia?

 

Para responder a estas preguntas, es necesario distinguir en primer lugar entre el uso meramente subversivo de la red (y de las confrontaciones subversivas en el ámbito de la Ley en general) y un uso orientado con fines de resistencia. Al decir esto, estamos estableciendo una diferencia importante entre la subversión que quiebra un sistema por su fuerza de dislocación y antagonismo con la Ley establecida, pero que muchas veces no tiene la capacidad de organización y extensión en el tiempo, y la resistencia, que de manera preminente en su modalidad intersticial se extiende en el tiempo multiplicándose gracias a una organización desde la base social de las comunidades o grupos involucrados. Este es el sentido de los grupos en resistencia que defienden un uso libre y público de la información considerada confidencial o de “alta seguridad”.[2]

 

TOMADA DEL FACEBOOK MAL-DE OJO

 

El primer uso simplemente subversivo de la red, por ejemplo, se lleva a cabo en su registro “profundo” —deep web— que puede decirse que corresponde al trasfondo imaginario-cultural de la sociedad de que se trate. En este registro “profundo”, con razón se habla de la deep web o invisible internet como el conjunto de sitios digitales en los que se exponen contenidos prohibidos normativamente y censurados moralmente, tales como sitios de pornografía infantil o sitios con contenidos sadísticos, de venta de armas ilegales o de promoción de culturas de odio como el neonazismo o el antisemitismo que instiga a la violencia.  Estos sitios, si bien exponen motivaciones personales o grupales subversivas de un medio moral y jurídico-político que atacan en su misma base, no pasan de ser expresiones de intereses privados que encuentran un escape de la presión social de esta manera. Pero la subversión así conseguida, incluso cuando va acompañada de acciones violentas individuales o grupales, no es de inmediato ya resistencia.

 

Hablando de la relación ético-política entre el fenómeno de menosprecio y la resistencia, Axel Honneth es quien ha puesto sobre la mesa de discusión la necesidad del elemento de una orientación de disidencia y exigencia de derechos colectivos para reconducir el  juego de intereses privados al interés de lucha social, es decir, para poder describir a un movimiento o fenómeno social en general con el apelativo de “resistencia” o “lucha social” en el sentido de que implica una denuncia y una acción disidente necesariamente colectiva. Esta lucha social que adopta la forma de resistencia, surge ante una falta de reconocimiento tan significativa que puede considerarse una degradación del valor social de las formas de autorrealización, es decir, la falta de reconocimiento implicada en las situaciones de injusticia, violación de derechos minoritarios, discriminación, silenciamiento político, alienación social y muchas otras circunstancias de violencia y laceración de la integridad personal y colectiva que son disparadoras de una acción de inconformidad colectiva. Esta ausencia de reconocimiento (en el sentido ontológico fuerte hegeliano), puede ser tan grave, insiste Honneth, que se considera un “agravio moral” que conduce a un estado generalizado de “patología social” y de reificación de las acciones. La lucha y una demanda moral y jurídico-política se encarnan en un colectivo que no simplemente quiere subvertir la ley. Esta necesaria orientación disidente colectiva, y no simplemente subversiva en un sentido más general y por lo tanto más laxo, es la que está implicada en “expectativas normativas que son defraudadas” y cuya lucha social sólo alcanza el espectro de una resistencia cuando se articula intersubjetivamente en una “semántica colectiva”, misma que sólo puede surgir en un espacio compartido de disidencia:

 

Si estas expectativas normativas son defraudadas por parte de la sociedad, esto desencadena el tipo de experiencias morales que se expresan en la sensación de menosprecio. Pero tal sentimiento de violación sólo puede devenir la base de esa resistencia colectiva si el sujeto puede articularlo en un espacio intersubjetivo de elucidación que se considera característico para todo el grupo; en esa medida, el surgimiento de movimientos sociales depende de la existencia de una semántica colectiva que permite interpretar las experiencias personales de decepción como algo por lo que, no sólo el yo individual, sino un círculo de otros sujetos, es concernido.[3]

 

Desde la perspectiva de una resistencia intersticial, veremos poco más adelante, este espacio intersubjetivo disidente es lo que aspiran a conseguir los movimientos de seguidores y defensores de Assange y otros grupos en los que el ciberactivismo en resistencia prueba que existe una elevación de las meras insatisfacciones personales o “experiencias de decepción” en el ámbito individual, a motivaciones de lucha colectiva por derechos supraindividuales, derechos que implican la generación de un espacio virtual de disidencia y acción nada pasivo.

 

De manera consonante, respecto a la segunda cuestión que planteábamos sobre los fines de un interés centrado meramente en las ganancias de popularidad y reconocimiento laxo, por un lado, y de ganancia financiera debida a los contratos con marcas comerciales que se anuncian en la página en cuestión, podría argumentarse que el flujo continuo de los videos de los activistas cibernéticos sólo conduce a su propia anulación como consecuencia del debilitamiento paradójico que sufre su mensaje de resistencia precisamente por su índice de popularidad o la afluencia cada vez mayor de visitas que obtiene. Debido a la alta afluencia de visitas, se dirá, se le resta peligrosidad real al insertarse en el mainstream de aquello que se busca y es aceptado como atractivo en una red controlada y aún explotada con fines comerciales por empresas que anuncian sus productos dependiendo de la cantidad de visitantes que tiene la página en cuestión. También puede argumentarse que el control político en dichas afluencias se hace cuanto más posible en cuanto se normaliza su lenguaje en una aceptación popular, y de ahí a la institucionalización de las demandas en forma de aceptación de grupos minoritarios dentro de la lógica del esquema jurídico-político que así se hace más fuerte. Puede decirse, además, que la información multiplicada en las redes sociales y la frecuencia con que un observador puede acceder a ella está “recortada” de antemano por un algoritmo que estrecha lo que se verá en el buscador y pre-conduce la mirada del sujeto que interactúa con los flujos de información así manifestados. Dadas estas condiciones, la resistencia en la Web estaría bloqueada, precalculada y finalmente controlada dentro de los cauces mismos que la hacen posible.

 

Si bien lo anterior es verdad, lo es hasta cierto punto en que se pueden invertir las cosas y hacer posible una resistencia intersticial. Se puede argumentar que a partir de nuevas conexiones en la red se rompe este algoritmo y se le obliga a entrar en otros campos de información, que por lo tanto llegan a otros usuarios no previstos: la resistencia se reproduce como un espectro multiplicador de perspectivas y usos subversivos por los intersticios de las redes. La tecnología avanzada de las redes sociales y la extensión de la Web mundial pone en este caso las condiciones de su propia inversión de términos: esta es la catapulta de movimientos de resistencia que ya no pueden ser anticipados, calculados y controlados por el mismo dispositivo que los hace posibles.

 

Como también argumenta Howard Caygall, la capacidad siempre creciente de movilización de la información de las redes digitales tiene un doble rostro jánico que hace posible tanto la capacidad de dominio como la capacidad de resistirse a él.[4] En efecto, podemos agregar que semejante incremento en los flujos de información virtual es, por un lado, el instrumento de extensión y consolidación de un poder global de dominio que utiliza la reiteración de lo recirculado como información predominante o trending topics para cerrar los circuitos de su entrada y salida, de su uso popular que sería extensión de un aparato de dominio del Estado en el sentido althusseriano. Pero, por otro lado, esta misma movilidad de una gran masa de datos hace posible la capacidad de resistir a este poder con los mismos recursos tecnológicos, aunque recirculando la información de otras maneras no pre-calculadas.

 

Para llegar a este momento intersticial no-violento de la resistencia en la red, es necesario considerar como primer momento y desde una perspectiva actual la problematización que hizo Heidegger de la tecnología. Como nos dice Caygall, el filósofo alemán advirtió que el problema de la técnica “no es tecnológico”, esto es, no un problema de los dispositivos mismos y su derivación a una complejidad y una extensión nunca previstas, omniabarcantes a nivel global diremos hoy. Se trata más bien del problema del uso y aún de la actitud frente a lo tecnológico, y esto es lo que ha quedado sin responder como problema: sus implicaciones éticas, humanísticas, políticas, esto es, de lo que Dasein hace dentro de su mundo como cuidado o sentido. Desde esta perspectiva, la posibilidad de resistencia en las redes actuales no es el problema de su complejidad técnica, sino de su uso libre o esclavo, o en otros términos el problema de la actitud dependiente bajo el dominio de un espectro de inactividad dentro del paroxismo de una actividad engañosa. Por lo anterior, en la lectura de Caygall el segundo momento de abordaje del problema lo aporta una relectura de Max Weber sobre las condiciones de la disciplina que quiere alcanzar el Estado en un régimen de economía controlada. Las coordenadas entre política y economía definen el tipo de disciplinamiento que ha de imponerse en una sociedad dada. Lo interesante de la postura weberiana respecto a la resistencia que puede ejercerse en las redes radica en los términos que explica dicha disciplina: a un alto nivel de dominio corresponde una baja capacidad de resistencia, y viceversa, a una alta capacidad de resistencia corresponde la descomposición del dominio. La centralización y el monopolio del poder es la clave aquí: una red de relaciones económicas y culturales estable y consistente hacia dentro mantiene el dominio y la disciplina de las acciones en todos los estratos sociales: la burocracia, el comercio, el transporte, el entretenimiento, etc. Lo que llama Weber “jaula de hierro” depende de esta centralización y monopolio de la fuerza. Pero éstas siempre suponen un juego de contención e inclusión de las resistencias ofrecidas, no su simple anulación. Caygall sigue el modelo de Max Weber sobre la disciplina en el capitalismo para extenderlo a las redes de dominación digitales que se configuran por las relaciones de disciplina y obediencia y su necesaria contraparte de resistencia. A propósito de esta tensión esencial Caygall apunta:

 

La resistencia tiene lugar dentro y contra estas redes y puede ser expresada por la velocidad variable del passage (de los movimientos en esa red) a través de su prolongación, su aceleración y su estasis o a través de su détournement o cambio de dirección al desviarse de rutas especificadas, ocasionando así entradas y salidas no sancionadas, fingiendo una posición o incluso saliendo de la red por completo.[5]

 

El dominio ejercido en las redes, paralelo al dominio social del Estado, depende del control de las velocidades y las confluencias de información, de los puntos de “entrada y salida”, de la vigilancia de las identidades autorizadas, las direcciones y enrutamientos de los datos, todo bajo el modelo weberiano de la monopolización y concentración de las acciones. Pero paralelamente, la resistencia actúa bajo el modelo de la “guerrilla” que interviene en los focos de concentración y los dispersa, o que genera nuestras entradas y salidas de información y con estas nuevas identidades subterráneas, no autorizadas, que corresponden a su vez a desvíos y redireccionamientos de lo antes controlado. En este sentido, se multiplican las creaciones de sitios “no oficiales” para incentivar un uso distinto de la web, más cercano a una “democracia digital”.[6] En contra de la estructura jerárquica de aquello que aparece como meanstream, que emerge tanto de su direccionamiento político como de su explotación comercial, la clave de la resistencia en los intersticios está en conseguir la descentralización de tal estructura y un acceso a las comunicaciones menos controlado y monopolizado, lo que quiere decir que puede incluir incluso infiltraciones y desregulaciones importantes. Este es el caso de WikiLeaks y de otros infiltramientos en datos y codificaciones consideradas a resguardo del Estado por motivos de seguridad nacional.

 

Esta reflexión lleva a Caygall a proponer dos estrategias de resistencia dentro de la red: por un lado, la “profundización en el terreno del archivo” que devela en sentido subversivo las concentraciones de datos y, por otro lado, la resistencia en la superficie que “[…] explota la proliferación de nodos en función de multiplicar las conexiones transversales”.[7] Tácticas de la primera resistencia de profundización es el hackeo, el desencriptamiento de informaciones sensibles o secretas. Tácticas de la segunda resistencia es la diseminación y multiplicación de ligas que hace completamente difícil un control político o comercial de la información y permite una comunicación auténtica en los usuarios. La proximidad con un enfoque derridiano del lenguaje se hace evidente aquí: se trata de dislocar un sistema logocéntrico de las informaciones desajustando sus binomios opuestos que tiene a la base.  Ahora bien, advierte Caygall, este uso subversivo y descodificador puede a su vez ser erosionado y estatizado de nuevo desde un nuevo monopolio del poder político que reasegura su dominio así. El caso de la detención de Julian Assange y su proceso jurídico tiene este sentido de reabsorción totalitaria por parte del Estado. Pero esto sólo quiere decir que la lucha continúa, no que la resistencia fue anulada. En los términos de Gilles Deleuze, podemos agregar que se trata del efecto de desterritorialización-reterritorialización y nueva desterritorialización de un campo de dominio en constante movilidad y pugna que nunca aspira a una síntesis final resolutiva del conflicto al modo de una dialéctica hegelizanizada. O en los términos que lo explica Caygall, la resistencia digital se atiene a la misma dinámica de reglas que gobiernan la “política de la resistencia” en general:

 

Está comprometida en una deslegitimación desafiante de la dominación existente o potencial, pero sin ninguna expectativa de un resultado final bajo el disfraz de un resultado o solución revolucionaria o reformista. Recíprocamente, el dominio y su desafío están implicados en una perpetua lucha en la que la resistencia nunca puede descansar, sino debe adoptar una postura fresca con respecto a la contra-resistencia revigorizada.[8]

 

Volviendo al caso de Julian Assange y su potencial de resistencia en las redes sociales, es precisamente esta implicación en una lucha que no se ha ganado, sino que se continúa permanentemente lo que se pone en juego. De forma transversal o lateral en los intersticios de la red, por ejemplo, una vez censurado el sitio WikiLeaks, con la creación de mirrors por parte de los usuarios: la coacción directa de los Estados es burlada en esta multiplicación incontrolable de ciberactivistas que hacen continuar la proliferación desterritorializada. Otro ejemplo lo tenemos en los “hackers” con motivaciones políticas, tales como el grupo ciberactivistas en Twitter autodenominado #ProtectJulian, que difunde con gran fluidez informaciones de último momento o up dates que generan un espacio de disentimiento colectivo que no puede ser capturado ni bloqueado en el momento mismo de su aparición. Á la Badiou, podemos decir también que se trata de un acontecimiento instantáneo e impredecible de quiebre de la situación normalizada y controlada generado en un espacio digital. Es éste un espacio intersubjetivo en el que el “sentimiento de violación” de derechos y la “sensación de menosprecio” en el sentido que indica Axel Honneth, dan pie a una “semántica colectiva” virtual que a su vez configura una resistencia auténtica que está más allá de cualquier “interés privado” de insatisfacción. Por supuesto, la Internet no es de entrada este espacio colectivo virtual que une a los disidentes, no es estable o siquiera un espacio propicio para la acción de resistencia. De hecho, como el mismo Assange reconoce, hoy día es justo lo contrario a una herramienta de emancipación: palmariamente es una amenaza de coerción y manipulación que conduce a las más peligrosas formas de totalitarismo ya que su poder de extensión mediática alcanza proporciones nunca antes vistas.[9] Los Estados y sus contratistas hacen un solo despliegue uniforme de poder mediático de control, vigilancia y anticipación de las acciones ciudadanas de todo tipo, comerciales, culturales, morales, incluso las propiamente políticas. En esta nueva Gestell virtual, para decirlo con Heidegger, el cálculo parece no tener límites. O para contrapuntearlo ahora con Althusser, es justamente en este despliegue abiertamente obsceno de anticipación y cálculo en el que la Web se hace una con la superestructura ideológica, sus aparatos de Estado y las empresas financieras y comerciales que le hacen juego, es decir, justamente en esta confusión obscena del poder con sus extensiones en la cultura, en donde la resistencia puede tener lugar. Si la Internet es un conjunto desbordado de tales codificaciones de poder extendidas a la totalidad de la cultura, la resistencia comienza por crear “escurrimientos” o “fugas” de las contenciones calculadas del manejo de la información. Es por lo que WikiLeaks opera, dice su creador, sondeando los secretos del “nuevo Estado de vigilancia” desde la ventaja que tiene “la perspectiva de un infiltrado” que sabe cómo operan las cosas “desde dentro”, o dicho con nuestro vocabulario, por entre los intersticios de la Web. Estos leaks o “fugas” de información son el elemento de mediación con la fuerza coercitiva de lo que llama Assange el “mundo de internet”, considerado en su “naturaleza platónica”, esto es, como un archivo trascendente que contiene y reconduce el flujo de ideas e información al parecer operante “por encima de nuestras cabezas” de forma autónoma y arquetípica. Pero frente a esta reconcentración del poder entre el interceptor y el interceptado en tales flujos informáticos de esta vasta red, el hacker, el cypherpunk, descubre una herramienta de resistencia que no puede ser anticipada o calculada, contenida o reorientada con fines de coerción:

 

Pero nosotros descubrimos algo. La única esperanza frente a la dominación total que, con coraje, reflexión y solidaridad, podíamos utilizar para resistir. Una extraña propiedad del universo físico que habitamos. El universo cree en la criptografía. Es más fácil encriptar, es decir, cifrar información, que desencriptarla o descifrarla.[10]

 

La encriptación de mensajes y declaraciones de resistencia, así como de las operaciones de filtración de informaciones consideradas confidenciales, es un arma que vence cualquier intento por programar los efectos de control mediático e informático. No importa la magnitud de la superpotencia que así es desafiada, no importan el alcance de represión o persecución movilizada “en el mundo físico” con armamentos nucleares o cualquier otro medio de violencia ilimitada, dice Assange, la criptografía en el mundo virtual resiste cualquier “bravuconería de los Estados” y crea un espacio en donde la libre expresión y el derecho a la información se mantienen perennes. Por esto Assange anima a los ciberactivistas:

 

[…] codifiquen algo, de modo que todos los recursos y toda la voluntad política de la mayor superpotencia de la tierra no puedan descifrarlo. Y estos senderos de codificación entre personas puedan entrelazarse para crear regiones libres de la fuerza del Estado exterior.[11]

 

En todo caso, esta estrategia de resistencia que describe el pendular de la encriptación o retención a la filtración de las informaciones, no responde simplemente a un recurso tecnológico que pueda ser llevado más allá de sus usos habituales o predominantes. Como advirtió Heidegger en su multicitado artículo sobre el emplazamiento de la técnica en el mundo moderno, “[…] la esencia de la técnica no es de maneta alguna algo técnico”.[12] Se trata más bien de nuestra orientación hacia la técnica desde un habitar el mundo de determinado modo, de tal forma que lo que se emplaza con la técnica es un criterio de la forma de vida involucrada. Y es esto lo peligra en todo caso. Es el estilo de vida que a la postre es objeto de coerción y es arrinconada al silenciamiento de su palabra lo ha puesto en juego la tecnología digital y es contra lo que la resistencia en el ciberespacio que ha dado inicio Assange.

 

TOMADA DE MINUTECA

 

Es por esto que también Slavoj Žižek ha indicado con especial énfasis que la persecución de su activismo y a la postre su encarcelamiento son formas sofisticadas de un “esfuerzo por deshumanizarlo y deslegitimarlo” al grado de emprender una abierta campaña para difamarlo y neutralizarlo cuando lo que en realidad pone en juego es una defensa del estilo de vida en el que tenemos derecho a un libre flujo de la información y a la libertad de expresión.[13] Pero nos parece “natural” su calificación como conspirador, ciberterrorista o amenaza para la seguridad del Estado cuando participamos de la ideología que opera como un trasfondo no percibido que hace pasar la violencia coercitiva con que se le censura y persigue dentro de una “codificación” natural al derecho en general y a los derechos humanos en particular, una “naturalidad” inherente en realidad a todo el entorno político-jurídico que compone nuestra mirada cultural liberal, que tiene necesidad de crear un “otro” como enemigo público, cuando en realidad el truco ideológico es no decirlo todo respecto al objeto que está denunciando este “enemigo” público (los asesinatos hechos evidentes por WikiLeaks por parte del ejército norteamericano en las zonas ocupadas, por ejemplo). Por supuesto, dice el esloveno en otro lugar, no todos los usuarios de las redes sociales, no todos los internautas, son ipso facto —tan solo por su declaración de protesta o de adherencia a una causa de justicia o humanismo— verdaderos agentes de una resistencia que se oponga al sistema del capital en el que opera Internet. De hecho, la mayor parte de las veces estos “geeks contraculturales” ensimismados en su propia imagen en Facebook, por ejemplo, estos “comunistas liberales” de la red como les llama en tono burlón, actúan en su contacto con todo movimiento de resistencia de acuerdo con la misma “desustancialización” que distingue al capitalismo cuando tiene contacto con cualquier cosa, a la manera de la fetichización de la mercancía. La ideología capitalista nos vende productos de mercado que “están libres de sus propiedades perjudiciales” pero privados de su verdadera sustancia, entre los ejemplos que cita una y otra vez el esloveno están la cerveza sin los grados de alcohol, el sexo virtual sin sexo material, el café sin cafeína, la coca cola sin azúcar o, en el mismo nivel de mercancía cultural, el multiculturalismo sin los conflictos entre los grupos culturales o, en el orden de lo políticamente correcto del neoliberalismo, los “nativos indios” incluidos por la política de la acción afirmativa en Estados Unidos sin su raigambre histórica real de segregación y casi exterminio. Precisamente en esta misma “desustanciación” ideológica, el internauta que toma como suyos los movimientos de resistencia lo hacen reduciéndolos a una lucha carismática y narcisista que en realidad no es nada peligrosa para el sistema del capital, una “lucha” autocomplaciente que en realidad pertenece al capital y le hace juego. En este tenor, argumenta Žižek:

 

Los comunistas liberales también aman las protestas estudiantiles que sacudieron Francia en mayo de 1968: ¡vaya una explosión de energía y creatividad juveniles! ¡Cómo sacudieron los límites del rígido orden burocrático! ¡Qué nuevo ímpetu dieron a la vida económica y social, una vez que las ilusiones políticas se desvanecieron! Después de todo, por entonces muchos de ellos eran jóvenes que protestaban o luchaban en las calles contra la policía. Si ahora han cambiado no es porque se resignen a la realidad, sino porque necesitan cambiar para poder transformar realmente el mundo, para revolucionar realmente nuestras vidas. ¿No había preguntado ya Marx qué son las agitaciones políticas en comparación con la invención de la máquina de vapor? ¿No hizo esto más que todas las revoluciones por cambiar nuestras vidas? ¿Y no habría preguntado Marx hoy qué valen todas las protestas contra el capitalismo global en comparación con la invención de Internet?[14]

 

Entonces basta con poner en la foto de perfil de Facebook algún motivo de lucha, por ejemplo, la V de Vendetta entre llamas, o una bandera multicolor a favor de la libertad de género en la foto de Instagram o Twitter, y sumarse a una de las cartas a favor de la lucha por los animales o contra la hambruna. Cualquier motivo de resistencia es así edulcorado y asimilado justamente en cuanto su significación subversiva vuelta aceptable.

 

Es este el desafío que enfrenta la resistencia en última instancia cuando opera en el ciberespacio de Internet y de las redes sociales: vencer el trasfondo ideológico que naturaliza como convenientes, e incluso ventajosos para la propia imagen de “rebelde” domesticado, los movimientos de resistencia. Desencriptar y filtrar las informaciones que involucran actos supuestamente legales, pero de real injusticia y racismo; desenmascarar los supuestamente políticamente necesarios “daños colaterales” de la violencia coercitiva que resulta de la extensión de lo político en lo mediático, y de la contención de los flujos de información que se hacen en nombre de una seguridad y una paz engañosas porque entrañan una mayor violencia. Sólo en la lucha intersticial que se lleva a cabo en el doble plano de la profundidad y de la transversalidad de ese espacio virtual pueden contrarrestarse tales efectos ideológicos engañosos y alcanzar, siempre parcialmente, siempre en pie de guerra, espacios más libres, más justos, verdaderamente incluyentes.

 

Bibliografía 

  1. Assange, La libertad y el futuro de Internet, Deusto Editorial, Barcelona, España, 2013.
  2. Caygall, Howard, On Resistance. A philosophy of Defiance, Bloombury, New York, 2013.
  3. Constante Alberto y Ramón Chaverry (coords.), Redes Sociales, virtualidad y subjetividades, UNAM-FFyL/Ediciones Monosílabo, México, 2017.
  4. Heidegger, “La pregunta por la técnica”, en Conferencias y artículos, Ediciones del Serbal, Barcelona, España.
  5. Honneth, Axel, La lucha por el reconocimiento, Crítica-Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1997.
  6. Žižek, Slavoj, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Paidós, Barcelona, 2009.
  7. Žižek, Slavoj, “Assange arrest final step in character assassination campaign”. https://nosubject.com/Articles/Slavoj_Zizek/assange-arrest-final-step-in-character-assassination-campaign.html. Visitado por última vez el 26/03/2020

 

Notas

[1]Este artículo presenta parte de los resultados de un libro de mi autoría próximo a aparecer, en el que se indaga sobre las formas generales de una resistencia cíclica contrastada con una resistencia intersticial y sus implicaciones teóricas en la filosofía política y la ética contemporáneas. Cfr. Pablo Lazo, Lucha en las Fracturas. Por una resistencia intersticial (Gedisa, 2020, en prensa).
[2]Incluso puede argumentarse, como lo ha hecho Alberto Constante, que el nuevo fenómeno en las redes sociales es el que privilegia lo efímero y lo evanescente y se comporta de forma “líquida” (siguiendo el término acuñado por Bauman) frente a los dispositivos de seguridad y vigilancia, de intromisión en la vida privada y de generación de miedo. A mi juicio, de este fenómeno podemos desprender una reflexión sobre las nuevas formas de resistencia digital. Véase A. Constante, “Seguridad en las redes, un mito que se deshace”, en A. Constante y R. Chaverry (coords.), Redes Sociales, virtualidad y subjetividades, pp. 295-312.
[3] Axel Honneth, La lucha por el reconocimiento, p. 197.
[4] H. Caygall, On Resistance. A philosophy of Defiance, p. 204.
[5] Ibid., p. 201-202.
[6]Ibid., p. 206.
[7]Ibid., p. 207.
[8]Ibid., p. 208.
[9]J. Assange, Cypherpunks. La libertad y el futuro de Internet, p. 14.
[10] Ibid., p. 19.
[11]Ibid., p. 20.
[12]M. Heidegger, “La pregunta por la técnica”, en Conferencias y artículos, p.9.
[13]S. Žižek, “Assange arrest final step in character assassination campaign”. https://nosubject.com/Articles/Slavoj_Zizek/assange-arrest-final-step-in-character-assassination-campaign.html. Visitado por última vez el 26/03/2020.
[14]S. Žižek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, p. 31.